Al iniciar este capítulo de reflexión desde la fe –la mirada de la fe-, quisiera tener ojos que pudieran mirar despacio, que no fueran sólo a lo evidente y menos quedarse con lo aparente, que no se deslumbren fácil sino que  miren despacio; quisiera que mis ojos miraran con detenimiento, que mi mirada fuera confiada. Pido a nuestro Dios que nos conceda lo que el Papa Benedicto XVI en la primera encíclica que regaló a la Iglesia, Deus caritas est, afirmaba como el programa de la Iglesia en orden a la caridad: «un corazón que vea» (nº. 31).

La llegada de septiembre después del periodo estival, la vuelta al cole, reemprender el trabajo, encontrarse con quienes compartimos tanto tiempo, parece que lo vemos con optimismo, por una parte, y por otra es motivo de desesperación. Depende. Además sabemos que hay situaciones que siguen igual que antes de irnos de vacaciones, pocos cambios o mejoras. Sigue habiendo coyunturas económicas que urgen a la cautela y causan miedo a muchas familias.

Desde la realidad concreta, dirijamos la mirada al Evangelio, por ejemplo al del domingo: las parábolas de la misericordia (Lc 15).  Son el modo de hablar de Jesús, en cuanto parábolas, pero las de la misericordia son el modo de ser y vivir de nuestro Maestro y Señor. Nos interesa que nos hable así siempre, de este modo sencillo, para que no se nos escape ningún detalle ni se nos quede algo en penumbra. Háblanos Señor de la misericordia, ayúdanos a entender lo que nos quieres decir. Pero en verdad ¿nos solucionará la vida la misericordia? Déjame decirte que eso no es la misericordia; sería reducirla o asemejarla a la magia; la misericordia va más allá. Por la misericordia eres capaz de levantarte cada mañana sin perder la perspectiva del cielo nuevo y de la tierra nueva; por la misericordia tu vida y la mía merecen la pena vivirlas con toda intensidad, emprender nuevas etapas con convencimiento y de verdad. La misericordia de Dios ha recreado nuestra persona entera y nos ha hecho renacer. Por la misericordia hemos sido redimidos.

La misericordia es el otro nombre de Dios. Dios es amor, Dios es misericordia; el amor de Dios es  misericordioso. ¿Sabes lo que entiendo? Que Dios nos ama con nuestra miseria; no se asusta, simplemente nos ama como somos; nos comprende y sonríe... Que su amor es tan misericordioso que se acerca para que podamos superar nuestra miseria. Perdidos nos busca y se emociona en el encuentro; tiene los brazos y nos carga sobre los hombros. Dios no es como nosotros, es más grande, precisamente por ser el que es, a ti y a mí, como somos… nos quiere como a hijos.

Me gustaría que describiéramos nuestra experiencia de Dios, sabiendo que es algo abierto; nuestra experiencia de Dios es una historia de amor, de mirada desde el corazón, cada vez más profunda y penetrante. Es historia de salvación.

Para el creyente, para el que tiene fe, precisamente esto es lo que entiende por empezar de nuevo: avanzar en el océano inmenso de la misericordia que nunca se agota y moldea, con las manos tendidas y abiertas, con ganas de acariciarte y dejándote siempre bucear en tu libertad.

La reflexión me ha permitido acercarme a la misericordia y al amor de Dios, experiencia fontal para todos, con la imagen del corazón que vea, en el ahora de un comienzo de curso. Pero en modo alguno quiero detenerme en algo que parece que se habla menos y no es para nada menos profundo, me refiero a la alegría de Dios. Es la alegría del Padre. La alegría de un padre es siempre alegría de un hijo. Las parábolas de la misericordia revelan la alegría del Padre y la alegría de Jesús. Contemplar la alegría nos lleva a descubrir la misericordia. Dios es amor, sí, y también ¡Dios es alegría!

El regreso del hijo pródigo en la casa del Padre era motivo de alegría y de fiesta; el hijo mayor no quería entrar y por eso no estaba alegre, se enfadaba. Amigo lector, quiero terminar hoy invitándote a entrar en la casa del Padre, ahora en septiembre al reemprender la normalidad después del verano, con lo que estamos viviendo y como tú vives. Entra en la casa y descubre de nuevo la misericordia y la alegría. Para esta experiencia de estar en la intimidad de la casa,  que podamos compartir la alegría y aprender a mirar con el corazón, con amor, te propongo que reces el Padrenuestro. Goza llamando a Dios Padre. Lo aprendiste hace mucho tiempo, lo has enseñado, lo haces. En los hombros de Jesús escucha de nuevo cómo te enseña a llamar a Dios Padre, a buscarlo, a sentirlo cerca. Que en el Padrenuestro encuentres la orientación de tu vida. Piensa en todos los hijos que llamamos a Dios Padre y somos hermanos. Que Dios sea tu alegría. Rezo por ti un Padrenuestro.

Antonio de Mata Cañizares
Vicario Episcopal

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