Nuestra reflexión, al comienzo de este curso pastoral 2010-2011, pretende dar a conocer el Encuentro Mundial de la Juventud que se celebrará el próximo agosto de 2010 en Madrid con la presencia del Benedicto XVI al tiempo que animar a educadores y jóvenes a formar grupos de preparación para los actos que se celebrarán en nuestra diócesis y que tendrán como colofón el mencionado encuentro con el Papa. Mi colaboración, llevado de la mano de la sociología descriptiva, modestamente quiere indicar algunos aspectos relevantes de los jóvenes de nuestro entorno cultural para proseguir más adelante con otras colaboraciones complementarias sobre el mismo tema.

La juventud ha simbolizado siempre el ímpetu de libertad. En el momento presente este aspecto adquiere matices peculiares en España ya que los que nacieron en 1975 han crecido en democracia y disfrutando de las ventajas indudables de la libertad. Nuestros jóvenes, por tanto, no conocen otro horizonte político ni otro entorno cultural que no sea el generado por el ambiente vital de la democracia y la sociedad del bienestar con sus aspectos a favor y en contra. Es evidente la ambigüedad en el modo juvenil de situarse ante la libertad es clara: una libertad a la carta, centrífuga, sin compromisos estables. Lo que los expertos en el tema denominan una libertad-de, pero no una libertad-para; una libertad sin proyecto propio, víctima fácil de todo tipo de manipulación (“Be free”). El reto para el mundo adulto es evidente porque nunca la sociedad podrá acercarse a los jóvenes si no mira de frente sus ansias de libertad. El humorista Forges presenta con trazos certeros este deseo de libertad de la juventud con cierta sorna dramática en una de sus colaboraciones en un diario nacional en el que pinta a un joven reflexionando en solitario y diciéndose en voz alta: “Soy libre. Puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red de telefonía que me time; el informador que me desinforme y la opción política que me desilusione. Insisto: soy libre”.

Otro de los valores esenciales de nuestra juventud es el deseo de tener experiencias (“puenting”). Romper el aburrimiento, hacer algo, vivir lo instintivo, hacer caso a los impulsos inmediatos, disfrutar, no tener que dar razones para hacer lo que apetece. Todo eso de difícil comprensión para padres y educadores son estimados como valores por los jóvenes por mucho que a los adultos nos pueda desconcertar o molestar. Ahí están los deportes de riesgo o de aventura, la pluralidad de experiencias, el interés por experiencias religiosas diferentes, los nuevos juegos animados por ordenador. Alguien ha dicho, con acierto y tino, que la juventud actual no se orienta por brújula, sino por radar queriendo expresar que no tienen un norte fijo al que seguir, sino que más bien experimentan distintas cosas, prueban, reciben estímulos diversos y, a partir de ahí, intentan sacar sus propias conclusiones provisionales para seguir avanzando. Tal estilo de vida es un reto permanente para la sociedad adulta, que deberá ofrecer a los jóvenes algo que experimentar y no meramente ideas, historias pasadas o palabras cargadas de buenos deseos. Obviamente, la búsqueda apasionada de experiencias puede tener también consecuencias dramáticas para los propios jóvenes, pues al verse sometidos a un nivel tal de excitación (sobreexcitación), encuentran cada vez más difícil acceder a alguna experiencia gratificante con el peligro evidente de caer en desencanto y pasotismo ante todo en una especie de “aburrimiento existencial”. La situación descrita sin duda se presenta como gran un desafío para el mundo adulto pues debe facilitar la ocupación del tiempo de los jóvenes en actividades gratificantes y alternativas fuera de la red del consumo y del negocio.

Quizá el símbolo juvenil por excelencia de este momento sea el teléfono móvil («Connecting people»). Siempre los adolescentes y jóvenes se han mandado mensajes en el colegio a espaldas de los profesores. Pero, ahora, con la ayuda de la técnica, la cosa es mucho más eficaz porque se ofrece al joven la oportunidad de estar conectado permanentemente con sus amigos, de mandarles un mensaje, de “darles un toque”, manteniendo la sensación de saberse acompañados en la complicidad. En medio del anonimato y de la soledad, el teléfono móvil, Internet, el correo electrónico, los conciertos de música pop y, especialmente, los macrofestivales veraniegos, el “chateo”, el botellón, ofrecen otras tantas oportunidades de encontrarse con otros, de sentirse acompañado, de experimentar vínculos, aunque éstos sean virtuales, como una nueva manera de “estar juntos”. El reto planteado es grande y no es fácil conectar los deseos juveniles de comunicación con un mundo adulto que tiene otras necesidades e intereses.

En consecuencia, si necesaria y útil es la reflexión sobre los jóvenes desde el mundo adulto viendo, de alguna manera, “los toros desde la barrera”, sin duda alguna, mucho más importante es dejar hablar a los jóvenes para que éstos sean en verdad los responsables y constructores de su historia personal. El mundo adulto del realismo ciertamente necesita la revolución utópica de los jóvenes y viceversa.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal

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