Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Dicen que el origen de la filosofía fue la curiosidad del hombre, su capacidad de admirarse y de preguntarse sobre el porqué de las cosas. Y, por supuesto, esa curiosidad imperiosamente se agudiza cuando se trata de algo que nos concierne  a nosotros mismos y a nuestra vida o a la vida de la gente más cercana

Entre las preguntas más importantes que solemos hacernos los que creemos en una vida futura, destaca ésta: “¿Me salvaré?”

Se nos ha dicho en la vida eterna gozaremos para siempre con Dios, y es lógico, por esto, que  deseemos  que después de la muerte a esta vida,  podamos llegar a esa otra vida y, por consiguiente, que nos preguntemos cómo podremos conseguirla.

Cuando uno desea conseguir algo importante en esta vida: una plaza de trabajo, un buen negocio, un puesto de poder, solemos acudir a las corruptas recomendaciones. Pues bien  también muchos creyentes acudimos con frecuencia a recomendaciones para conseguir la vida eterna: que si el escapulario, que si las tres Aves Marías; que si  las misas gregorianas… que expresan la inquietud por la salvación propia o de los allegados..

Estas prácticas piadosas pueden ser la expresión de una gran fe, en cuyo caso no sería buscar corruptamente una recomendación, sino una ayuda para vivir con más coherencia nuestra fe, pero también pueden ser expresión de querer conseguir sin esfuerzo alguno, lo que a otros les cuesta el  gran coraje de intentar seguir los pasos de Jesús, que dijo que nadie va al Padre, sino es por él.

Cuando el cristianismo se convierte sólo en un cúmulo de prácticas religiosas, nos puede hacer caer en el fariseísmo de querer exigir a Dios una salvación que le hemos comprado a base de acumular puntos. Lo que puede llevarnos al convencimiento de que la vida eterna no es ya un regalo de Dios, sino un derecho adquirido. Recuerdo a este propósito un chiste gráfico del famoso Mingote que, allá por los años del Concilio, en el que se veían a dos señoras a la puerta de una Iglesia, y una le decía a otro: “Al cielo, lo que se dice al cielo, únicamente iremos las católicas de toda la vida”

Si además  esas prácticas piadosas se separan de la vida  se pueden convertir en un intento de querer chantajear a Dios, de comprarle  la salvación por un precio ridículo, de hacer lo que no cuesta ningún esfuerzo y conseguir la seguridad de plaza en la vida eterna.

Y es que la respuesta a la pregunta sobre la salvación hay que encontrarla donde el mismo Dios puso su respuesta: en el Evangelio.  Hay que analizar los pasajes evangélicos  en los que el Señor nos habla de la vida eterna, en los que pone la asignatura sobre la que se examinará a los hombres cuando se encuentren con Dios: la asignatura del amor.  El amor a Dios traducido en el amor al prójimo: dar de comer y beber, de visitar al triste, al enfermo y al encarcelado, de enseñar al torpe, de consolar a los que sufren;

San Juan de la Cruz, captó perfectamente la asignatura y la resumió breve pero rotundamente: "al  atardecer de la vida te examinarán en el amor".

Por eso Jesús dice que hay que entrar por la puerta estrecha. La salvación buscada sin complicaciones serias, es una puerta religiosa ancha y ya sabemos a donde lleva: a entrar  con todo su equipaje, con todas las ambiciones, con todo el amor propio o egoísmo, con todos los deseos de alcanzar lo que el mundo ofrece, con toda su gratificación propia. Sin embargo, esta puerta no lleva al camino que termina en la presencia de Dios. Jesús nos invita a entrar por la senda angosta y la puerta estrecha, que es la puerta por la que entran los que se esfuerzan por vivir fielmente el amor, los que viven al servicio del hermano los que saben vivir con sentido de solidaridad, hombres y mujeres que no gritan demasiado, pero que son generosos, que comparten lo que tienen con sencillez, intentan estar cerca de los pobres y de los que sufren.

Pero la puerta estrecha también requiere la humildad. La humildad de reconocer que no cabemos con nuestro equipaje por ella. ¡Hemos ido acumulando tantas cosas que siempre queremos llevar con notros…!

El gran poeta y filosofo Unamuno, entendió perfectamente este mensaje, cuando se reconocía incapaz de pasar por la puerta estrecha, con las cosas acumuladas en su vida de adulto y rezaba así: Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar;
la hiciste para los niños. Yo he crecido, a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad, vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar.

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