Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Ante un contexto social poco propicio a la fe cristiana, una de las tentaciones del creyente actual es el miedo que se enmascara de silencio precavido. No se oculta la condición de creyentes cristianos a los que son también cristianos, pero no se manifiesta con valentía a los que no lo son.

Hay cierto respeto humano a decir nuestra condición cristiana con palabras y, por eso, hay cristianos que dicen que sólo  expresan su fe con el ejemplo de sus vidas. Es cierto que los  hechos  hablan mas que las palabras y la mejor exposición de la fe es la de hacer el bien. Pero también son necesarias las palabras. Porque la fe llega a través de los oídos y después se manifestará siguiendo el estilo de vida de Jesús de Nazaret. Recordemos lo que decía san Pablo a los cristianos de Roma: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?”

Siempre, en la historia de la Iglesia, han existido, y. por supuesto hoy día también, cristianos que tienen demasiado respe­to humano o miedo al qué dirán los que le rodean a la hora de vivir como verdaderos discípulos de Cristo -que, por cierto, debe ser en todo momento-. Y es que cuando el corazón no está conquistado por un amor consistente o una fe constante, fácilmente nuestra vida de creyentes se queda a supeditada a diferentes miedos.

Si miramos las dos palabras por separado, expresan certidumbres maravillosas sobe la existencia humana. Respeto es el aprecio sobre la dignidad de alguna persona o cosa. Humano es todo lo relativo al hombre, que puede ser sinónimo en ocasiones, de bondadoso, generoso, afable… Así se dice que  un gesto humano es un modo de expresar caridad y nobleza.

Pero, unidas las dos palabras, el respeto humano se convierte en una exageración de la preocupación por lo que puedan pensar o decir los demás sobre nosotros, sobre nuestras opciones y acciones, porque el respeto humano se apoya en la apariencia. A todos, por supuesto, nos gusta  ser bien vistos y admirados por nuestros hechos  y por aquello que decimos o sobre lo que opinamos, pero eso conlleva la incapacidad para nadar contra corriente, en tantas ocasiones, como lo exigen los criterios evangélicos, que no siempre casan con los criterios en boga de la sociedad,

Esta situación es mucho más importante de lo que pueda parecer a simple vista. De­jarse llevar por los respetos humanos se presenta casi como algo insalvable: “¿Por qué tengo yo a dar la cara cuando tantos no la dan?” “¡Qué más da…!”  Y así aparece la apatía, la cobar­día, el temor y la comodidad, que son los peores compa­ñeros para la gran aventura de la vida del cristiano.

Pero ¿a qué se tiene miedo a la hora de manifestarnos públicamente como creyentes seguidores de Jesucristo? Tal vez el temor a no ser acogidos,  a la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de los que nos rodean y con los que convivimos.  Tememos sus críticas, sus comentarios burlescos y, sobre todo,  su rechazo. Por eso nos preocupa tanto quedar bien ante los demás. Nos da miedo hacer el ridículo si confesamos nuestras verdaderas convicciones o si damos testimonio de nuestra fe. No queremos ser clasificados.

Un cristiano común y corriente, no tendrá problemas, nunca será criticado ni se burlarán de él mientras se limite a “cumplir” con algunas practicas religiosas socialmente aceptadas por todos, incluso por los rechazan a los verdaderos cristianos, como pueden ser  bautizos, primeras comuniones, bodas, funerales, procesiones y romerías… Hasta ahí se puede ser cristiano sin ningún problema. Incluso, en algunos casos, hasta se le permite que vaya a Misa dominical pero sin integrarse mucho, lo más lejos posible del altar y lo más cerca que pueda de la puerta, para salir cuanto antes 

Pero la solidez del creyente se pone a prueba o su miedo queda en evidencia, ante los criterios en boga de nuestra sociedad, asumidos acriticamente por una gran parte de la ciudadanía,  sobre justicia y derechos humanos,  dinero y honradez.  sexo y pareja, matrimonio y divorcio, amor y familia, vida y aborto…

Es cierto que en el ámbito eclesial, en las reuniones de grupos parroquiales, en las conversaciones entre los componentes de la asociación o movimiento eclesial – no en todos los casos- se manifiesta el rechazo  a las proposiciones y opiniones incompatibles con el Evangelio y con su propio credo, pero esa actitud de firmeza humilde de fe, fácilmente se pierde cuando llega el momento crucial de tener que mantener la misma solidez ante los que no son creyentes o viven como no creyentes o se han dejado arrastrar por ese falso principio de que la bondad o maldad de las acciones depende de lo que piense y vote la mayoría.  

Quiero terminar con una frase del san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars: “Nada más glorioso y honorífico para un cristiano, que el llevar el nombre sublime de hijo de Dios, de hermano de Jesucristo. Pero, al propio tiempo, nada más infame que avergonzarse de ostentarlo cada vez que se presenta ocasión para ello.”

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