Informativamente hablando los primeros días de este mes de julio han estado ocupados en recordarnos la cantinela habitual de años pasados al comienzo de la época estival. Recomendaciones sobre la prudencia en la conducción en las salidas masivas de automóviles de las grandes ciudades, informaciones varias sobre el estado de las carreteras, exhortaciones sobre la necesidad de descanso y sobriedad en los conductores y los imprescindibles partes meteorológicos. Ante la falta de originalidad de los medios de comunicación pareciera que cada verano el mundo girara en torno al círculo del eterno retorno donde las palabras del autor sagrado “nada hay nuevo bajo el sol” se actualizan y reviven inexorablemente en cada ciclo estacional.

En el verano, además del recurso a los tópicos, no hay más que leer los saludas de los alcaldes convocando a las fiestas, en estos últimos años hemos de añadir la necesidad de ir de un sitio para otro, a ser posible al extranjero, de tal suerte que quien queda trabajando o por diversas circunstancias descansa en su ambiente cotidiano tiene que superar el nuevo trauma de no poder viajar. Recuerdo una viñeta del conocido y genial humorista Martinmorales donde retrata esta situación de constante movilidad aunque él lo aplicaba hace varias décadas a la sangrante realidad del paro. Hablando dos paisanos comentaban con admiración “¡Aquí no hay paro! Aquí está todo el mundo de un lado para otro buscando trabajo”.

Es tal la mentalidad de disfrute y vacación que no está de mal recordar que en estos meses hay mucha gente que trabaja para que otros descansen. Por eso nos alegra saber que en estos meses sube la contratación laboral porque eso significa que hay más puestos de trabajo y muchas familias pueden vivir mejor sin olvidar que, en muchos casos aunque no esté remunerado ni en muchos casos reconocido, igualmente aumenta el trabajo doméstico ya que el periodo estival supone por lo general un plus en el trabajo de la mujer-madre. En consecuencia, no todo el mundo está de vacación ni todo el mundo puede estar de vacaciones.

Pero la verdad es que en cierta manera este verano ha comenzado distinto a otros pues hemos aumentado ante el televisor nuestra autoestima personal y comunitaria en las retransmisiones del campeonato mundial de fútbol y los fastos y fiestas que siguieron a la consecución de la copa del mundo por nuestra selección. Ahora, al menos algunos, después de tan magnas fiestas, nos hemos metido en la rutina de otros años y seguimos con interés en la hora de siesta las peripecias de nuestros corredores en el Tour de Francia.  

         Quizás por el ajetreo de estos últimos días puede que para muchos les haya pasado desapercibida la noticia del accidente de un grupo de cooperantes españoles en Perú en el que murieron cuatro jóvenes al precipitarse el pequeño autobús en el que viajaban por un barranco de unos 300 metros de profundidad cerca de la ciudad de Cuzco. Los nueve pasajeros del vehículo se encontraban en Perú para participar en un proyecto conjunto en la localidad de Quenco, en colaboración con la ONG peruana Sembrando.

Lorena Herrero era una de las cooperantes. Santanderina de nacimiento, granadina por vínculos familiares, almeriense en cuanto profesora del IES de Aguadulce en Roquetas de Mar. Joven de veintisiete años. Según mis informaciones tenía previsto ocupar su verano colaborando en un proyecto de desarrollo y promoción de la infancia en la región de Cajamarca (Perú) para después viajar a Inglaterra para perfeccionar su inglés que le serviría para impartir con mayor capacitación su asignatura de informática. Emociona constatar que todos los datos que hemos leído de su biografía nos dicen que era una chica de su tiempo, capaz en su trabajo y feliz en su vida personal, con “la sonrisa siempre en la cara”. Sin duda un ejemplo para todos, especialmente para los jóvenes que deben aspirar a ideales nobles y altos. Así lo hacía notar su novio en su funeral cuando leyó algunos correos electrónicos recibidos en días anteriores donde Lorena relataba “con mucha alegría cómo estaba viviendo la experiencia”. Era opinión generalizada entre su familia, amigos y alumnos “lo valiente que era” y su “capacidad de afrontar los retos más duros”, así como su “compromiso con la sociedad, con los niños y con los más desfavorecidos”. Todo un programa de vida y un compromiso con las personas y pueblos más desfavorecidos digno de toda imitación.

         La muerte de Lorena y sus compañeras me ha recordado a los miles de jóvenes que en este tiempo de vacación escolar dedican su tiempo para ayudar a los demás encontrando pleno sentido a su vida en la realización de proyectos de desarrollo en países de la tierra pobres y en extremo necesitados. También me hace tener presente a otros muchos que aprovechan la vacación para seguir aprendiendo e incluso ocupan su tiempo trabajando como temporeros a fin de ahorrar y hacer frente a los gastos que comportan sus estudios y necesidades. Unos y otros son muchos y ciertamente son jóvenes ejemplares, esperanza para la humanidad.

         Desde estas líneas mi homenaje y mi oración por Lorena y sus compañeras junto a mi deseo de pronta recuperación de sus compañeras heridas. La vida de esta joven profesora y su muerte nos muestran el rostro luminoso y esperanzador de una juventud sana y limpia, con ideales nobles, con corazón sensible y bueno junto a un sinfín de valores que auguran una sociedad y un mundo mejor. He leído en alguna crónica que la gente espontáneamente a la salida del féretro de la Iglesia parroquial de Peligros (Granada) prorrumpió en una sentida y larga ovación a la que me uno de corazón por la vida de la joven profesora Lorena y sus tres compañeras al tiempo que rindo homenaje a tantos jóvenes que saben compartir su tiempo y su vida haciendo más felices y mejores a los demás y más prósperos a sus pueblos sin escatimar esfuerzos ni obviar dificultades.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal

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