Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Que la palabra prójimo sea sinónima  de “próximo”, es algo que todos sabemos. Pero a la hora de interpretar el mandamiento del amor al prójimo, tendríamos que acudir a la definición  que hace el diccionario: “Cualquier persona respecto de otra en la colectividad humana”, lo que significa que todos somos próximos, no sólo los  miembros de la propia familia, o los amigos o cercanos en el grupo social o cultural, es decir, aquellos con el que nos unen estrechos vínculos de sangre, intereses o simpatía. Esos serían los prójimos que se nos dan por herencia genética y los que nosotros nos buscamos. Pero el prójimo al que hay que amar, si es cualquier persona, no puede ser sólo alguien de nuestra misma sangre, ni sólo alguien elegido por nosotros porque sentimos una predilección especial, o porque nos sentimos agradecidos, o porque  su amistad nos interesa por su rentabilidad.  Si fuese así, entonces, el mundo del amor sería reducido y pobre en lazos de afecto. Sería un amor exclusivo y exclusivo significa que destierra a otros del amor. Con lo cual se saca la conclusión  de que la fuente del amor, que es el mismo Dios, que nos dio la capacidad de amar para hacernos semejantes a él, también es exclusiva. Es decir que Dios ama a unos , seguramente a los que le aman a él y aparta de su amor a otros, seguramente a los que no le aman o no creen en él, o quieren desterrarlo de la vida de los hombres.

En definitiva, que al final terminamos invirtiendo los papeles, en lugar de ser nosotros imagen de él, lo hacemos a él a nuestra imagen. Y quisiéramos que amara a los que nosotros amamos y rechazara a los que nosotros rechazamos.

Pero da la casualidad de que el amor de Dios no se ata ni limita a los apellidos, como puede ser el de “cristianos”, ni a los predilectos por ser muy buenos, ni siquiera a sus intereses, a los que trabajan por hacer crecer su Reino,  junto a estos ama también a los que tiene otras creencias, a los que trabajan por sembrar el mal en el mundo, y los que son “malos”, porque la razón de su amor no está en lo que nosotros hacemos, sino en lo que él quiere. No nos quiere porque seamos buenos, sino porque él es Bueno. Su bondad rechaza la maldad, pero no rechaza al que la comete, pues siempre tiene unos brazos abiertos, un perdón sin reproches, una casa y una fiesta preparada, esperando con paciencia eterna, el cambio de corazón de sus hijos más depravados.

El amor de Dios, que nos mostró Jesús,  es muy sencillo, es poco complicado.  No se amarra en llamar hermano o hermana, primo, prima, tío, tía, padre, madre... familia. Jesús, a la hora de amarnos y decirnos como Dios nos ama, rompe los lazos familiares excluyentes  y amplía la familia haciendo que el amor salga del nido cómodo del hogar y el linaje, para complicarse en el más difícil amor a todos, incluidos los enemigos …

Para ser semejantes en el amor a Dios, tenemos que empezar por llamar y tratar como hermanos  a esos amigos de toda la vida que han tenido con nosotros gestos de amor y nos agradan la vida con su cercanía; a  valorar en los padres y madres, que tenemos o hemos tenido, a todos los que, como una  bendición, ha sido también  como padres que nos han cuidado, orientado, aconsejado y custodiado en nuestras vidas; ser hijos de quienes nos tratan como hijos, que podemos ser familia inseparable de quienes nos alegran y alegramos en armonía con el amor.

Y así la familia, que Dios nos ofrece  es ancha, extensa, infinita como el amor, tan sólo con tomarnos de la mano y caminar juntos deseándonos y procurándonos unos a otros el bien, eso nos hace familia, si busco el bien de los demás, entonces soy hijo, padre o madre, hermano, tío, primo, sobrino... soy familia de los demás que buscan el bien al igual que yo, pero también de los que se quieren considerar cercanos, de los que no buscan y recrean el mal, de los que odian, de los egoístas, de los que llamamos malvados. Serán o seremos – que nadie está libre-  “garbanzos negros” de la familia de los hijos de Dios, pero hijos de Dios, al fin y al cabo a los que él ama y dese su conversión. Y si Dios los ama, ¿Quiénes somos nosotros para excluirlos del amor que Dios nos ha regalado?

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