Aunque queda un tanto lejana la fecha de Pentecostés (22 de mayo) he creído conveniente compartir la reflexión que un grupo de laicos agrupados en torno a la Vicaría episcopal para el Apostolado seglar me ha hecho llegar. Todavía en aquellas fechas estábamos en plena celebración del Año Sacerdotal y el lema propuesto por la Comisión Nacional para el Apostolado seglar para estos encuentros no podía ser más oportuno en cuanto recogía las palabras de Jesucristo “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20, 28) a la que añadía el subtítulo “Servidores en la comunidad. Sacerdocio común – sacerdocio ministerial”.

La reflexión partió del testimonio de dos seminaristas mayores que compartieron su itinerario vocacional. Desde el calor de las experiencias expuestas los presentes en diálogo abierto reflexionaron sobre el papel del sacerdote y su relación con el laicado valorando la generosidad de una vida entregada completamente en el seguimiento a Jesús y al servicio de la comunidad cristiana estimando en gran medida la cercanía con el resto de cristianos bautizados. Asimismo se constató que la vida entregada en el sacerdocio ministerial supone para el resto de los bautizados comprometidos una fuerte interpelación evangélica que se concreta en cercanía con las alegrías y sufrimientos y el compartir diario de la vida y la fe. También en este análisis de la realidad se ponderó la exigencia del sacerdote hacia los laicos en la línea de la corrección fraterna y el rigor evangélico. La primera parte de la reflexión terminó con la lectura de un párrafo del documento del Concilio Vaticano II sobre la vida y actividad de los presbíteros que de forma magistral sirvió de corolario: “Los presbíteros, por tanto, deben presidir de forma que, buscando, no sus intereses, sino los de Jesucristo, trabajen juntamente con los fieles seglares y se porten entre ellos a imitación del Maestro, que entre los hombres «no vino a ser servido, sino a servir, y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20, 28) (PO 9)”.

La segunda parte de la reflexión se abrió preguntando a los presentes sobre qué debe esperar una comunidad cristiana de su presbítero. Las intervenciones, aunque válidas para ayer pero de rabiosa actualidad por el momento en el que nos hallamos, pedía un sacerdote para el servicio de las comunidades íntegro y con amplitud de miras; abierto al diálogo con el mundo a pesar de las dificultades; disponible para todos y constructor de comunidad de tal modo que su tarea sea unir y sumar esfuerzos al tiempo que sembrar esperanza. En el diálogo no se olvidaron las notas de la vocación específicas al sacerdocio ministerial al tiempo que su tarea de animador en la fe, que sabe potenciar respetando la creatividad de los dones de cada uno y orienta a los cristianos laicos en sus necesidades y quehaceres evangelizadores, de manera especial, en su vida diaria y en la trasformación del mundo. Los presentes hicieron notar que el sacerdocio ministerial es incompleto y se ve necesitado de la corresponsabilidad de todos los miembros de la comunidad cristiana al tiempo que recordaron que el laicado supone para el presbítero una ventana abierta para el conocimiento del mundo y, como consecuencia, para su evangelización. No faltó quien bajando a lo concreto de la cotidianidad pidió que presbíteros y laicos vivieran relaciones de igualdad marcadas por el trato mutuo atento, cariñoso y humano.

Por último se recordó otro párrafo del documento conciliar citado anteriormente en el que se dice que «los fieles cristianos, por su parte, han de sentirse obligados para con sus presbíteros, y por ello han de profesarles un amor filial, como a sus padres y pastores; y al mismo tiempo, siendo partícipes de sus desvelos, ayuden a sus presbíteros cuanto puedan con su oración y su trabajo, para que estos logren superar convenientemente sus dificultades y cumplir con más provecho sus funciones» (PO 10) dando lugar al planteamiento de cómo han de ser las relaciones en el seno de la comunidad entre laicos y presbíteros eliminando la prepotencia de unos y la pasividad de otros ya que ni el sacerdote lo es todo en la Iglesia ni el laico debe desentenderse de su misión y compromiso dentro y fuera de la misma. De ahí que se concluyera diciendo que se deben fomentar experiencias auténticas de comunidades cristianas promotoras de vocaciones cristianas que nacen en el bautismo y que se han de complementar con la búsqueda concreta de nuestras vocaciones particulares, bien sea en la pluralidad de carismas del sacerdocio común o del sacerdocio ministerial.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal

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