Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Con frecuencia empleamos palabras “radicalidad” y “radicalismo” en un sentido más o menos análogo, pero esa aplicación puede ser bastante imprecisa, que  de lugar a confusiones.

Tanto “radicalidad” como “radicalismo”,  significan ir a las "raíces". En el hecho religioso sería una llamada necesaria a ir a la raíz de la fe y en el cristianismo equivaldría a  volver a la autenticidad de una vida de estilo evangélico, seria, eficaz y comprometida en la tarea de construir un hombre nuevo y una sociedad nueva, es decir el Reino de Dios, anunciado  e iniciado por Jesucristo.  

Nuestra raíz, por tanto,  es Cristo y ser  cristiano “radical”,  es ser fiel a Cristo.

Pero aunque las palabras puedan tener el mismo significado, el “radicalismo”, sin embargo, crea un cierto confusionismo. Si por “radicalismo” entendemos un seguimiento de Cristo, llevado adelante con fidelidad, a la que todos los cristianos somos llamados, estaríamos de acuerdo en usar cualquiera de las dos expresiones.

Pero muchas palabras terminadas en “ismo”, pueden significar  la degeneración de algo que en si puede ser bueno. Así, por ejemplo, hoy,  por confusión con la palabra “liberalismo”, en lugar de entenderlo como un sistema  filosófico y económico, como otros,  que promueve las libertad de la persona frente a cualquier forma de despotismo, asistimos a un endiosamiento de la libertad personal, que se manifiesta en una actitud irrespetuosa ante ley, la ética o la moral o las creencias religiosas.  Lo mismo puede suceder con la el término “nacionalismo”  que debe ser un sentimiento  de pertenencia a la nación propia,  pero se convierte en una actitud beligerante, cuando no violenta, y segregacionista, que niega la existencia una realidad nacional superior. Y no digamos nada de la palabra “egoísmo”, que es la exaltación del propio “ego”, por encima del bien común, de la generosidad y, sobre todo, del amor.

Claro que no todos los “ismos”, vienen a ser tergiversaciones de de algo positivo: ahí están los términos atletismo, altruismo, dinamismo…, por poner algunos ejemplos, como también  el uso que se hace para precisar unas determinadas creencias religiosas: judaísmo, islamismo, cristianismo, catolicismo...

Pero en todos los casos, mal interpretadas las expresiones  acabadas en “ismo”, pueden  significar un actitud intransigente, y muchas veces furiosa y agresiva, ante ideologías, creencias o actitudes distintas de las nuestras.

Y esa ambigüedad  puede manifestarse también cuando hablamos de “radicalismo cristiano o evangélico” Ya sé que los cristianos hemos pecado, a veces - y la historia es innegable-, de radicalismo e intransigencia ante credos y conductas personales y públicas que contradecían nuestros propios dogmas religiosas.  El Papa ya ha pedido perdón varias veces y nosotros, los cristianos, debemos, igualmente, pedir perdón.

El radicalismo  evangélico,  si queremos vivirlo -y debemos-, nos hace verdaderos discípulos de Jesús, pues nos permite vivir tal como Él vivió. Quienes así viven, manifiestan su fe con profundidad, coherencia y solidez y no con prepotencia, intolerancia y hostilidad. Por eso, para evitar confusiones, me gusta más emplear la palabra “radicalidad evangélica”, pues se trata de vivir el Evangelio al ciento por ciento, ofreciendo nuestras vidas para que Dios haga oír su voz y revele su deseo de salvación, en esta sociedad en que no son pocos sus dirigentes que pretenden  esconderse de Dios o esconder a Dios y marginarlo al baúl de lo que no sirve.

En la realidad social en la que hoy vivimos debemos predicar y vivir nuestra fe con “radicalidad”, pero no con falso “radicalismo”. Respetamos y amamos cristianamente a todas las personas y el amor cristiano nos impide actuar con fanatismo y sectarismo. No pidamos a Dios  que baje fuego del cielo para acabar con los que creemos  nuestros enemigos.

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