Hace años visité Haití. Fue con motivo de la celebración de una asamblea mundial de sacerdotes. Desde entonces he mantenido correspondencia con haitianos y conozco de primera mano el país y, más en concreto, la vida de muchas comunidades cristianas.

Para los almerienses puede ser interesante conocer que el colegio que se derrumbó desgraciadamente encima de más trescientos escolares fue levantado y sostenido por una ONG promovida por el padre redentorista D. José Miguel de Haro, natural de Cuevas del Almanzora, al que conozco personalmente desde mis años de párroco en la ciudad de Vera.

Recuerdo que mi entrada en Haití desde la vecina Santo Domingo, nada más cruzar la frontera, me produjo un impacto grandísimo porque me encontré con centenares de niños, desnudos o casi desnudos, que pedían limosna a los turistas para poder comer. Recuerdo que viajábamos en un todoterreno por unos lugares verdaderamente agrestes. En las poblaciones además de miles de incomodidades estábamos rodeados de un olor nauseabundo provocado por el calor y la falta de higiene por la ausencia de alcantarillado. En las aldeas y en la misma ciudad de Puerto Príncipe la vida de la gente transcurría normalmente en la calle. Recuerdo ver peluquerías improvisadas, venta de carne con miles de moscas revoloteando alrededor de cada puesto, arroyos de agua fétida corriendo por las calles. Todo un poema.

Me alojé en Puerto Príncipe en casa de una maestra jubilada y recordaré siempre los apuros de aquella buena mujer para ofrecer un mínimo de comida cuando nos sentábamos a la mesa. En este contexto escuché una frase lapidaria de labios de un teólogo chileno amigo: “Mientras unos mueren de hambre, otros mueren de empacho”. Se refería con lo del empacho, como es obvio, a nuestros países ricos de Europa y América del Norte. Podría contar muchas experiencias vividas pero creo de más interés transcribir algún trozo de los muchos correos electrónicos que he recibido en estos últimos días cuando los corresponsales de las televisiones de las principales cadenas han regresado a sus países  y los pobres ya no son noticia abandonados a su propia suerte.

Elijo unos párrafos de una amiga religiosa. Me escribe así desde Puerto Príncipe días pasados: “A los tres meses del terremoto, las noticias no son alentadoras. Estamos en un atasco (...) El millón y medio de damnificados que perdieron sus casas en el terremoto siguen viviendo en campamentos más o menos organizados y sin esperanza de encontrar refugios más sólidos en la temporada de lluvias que ya ha comenzado (...) Los colegios no han recomenzado porque antes hay que demoler y desescombrar los que había para poner tiendas de campaña y poder tener clases al aire libre. (...) También hay que construir plazas, iglesias, sedes para los ministerios, para las oficinas gubernamentales, hospitales, comercios (…).

Cerca de la casa donde vivo, hay un campamento que alberga a unas 65.000 personas. El hacinamiento es espantoso. Algunas familias han conseguido tiendas de campaña pero la mayoría continúan viviendo en chabolas construidas con cuatro ramas, sábanas y grandes plásticos. El suelo es siempre tierra que, con las lluvias, se convierte en barrizal (...). En la actualidad ya se han cavado algunas letrinas e instalado unos cobertizos para duchas. También van teniendo carretillas y palas para recoger la basura que crece por todas partes”. El testimonio, aunque más extenso, es impresionante y suficiente.

¡Pobres haitianos! ¡Ya no sois noticia! Pero ahora, más que nunca, no podemos dejar a nuestros hermanos haitianos en el olvido y en el abandono. Los cristianos sabemos que dando de comer, de beber, procurando vestido al hermano, es a Dios mismo a quien servimos.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal

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