Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Los psicólogos utilizan con frecuencia, me parece a mí, una técnica que consiste en hacer una pregunta y que el paciente responda lo primero que se le ocurra o que le sugiera la pegunta. Si, de pronto, a bocajarro,  a los cristianos se nos lanzara la siguiente pregunta: ¿Morada de Dios? es muy posible que en un porcentaje altísimo contestáramos: el Templo o la Iglesia (como edificio). Porque todos tenemos la idea de que a Dios le encanta el silencio de los templos. Todos tenemos la idea de que Dios tiene que estar en un lugar especial dedicado y reservado  exclusivamente para él y a donde hay que entrar en silencio.

El Dios de Israel se sintió muy bien con su pueblo mientras habitaba en las tiendas de campaña como los demás. Cuando lo encerraron en el templo, lo escondieron tanto, que más que un gesto de amor, parecía un secuestro en toda regla y el pobre Dios sólo podía ver la cara de los sacerdotes que se turnaban en su servicio. Lo cual me imagino que tenía que ser bien aburrido. Porque eso de ver solo a los que van al templo debe ser poco de divertido.

Cuando Jesús dijo aquello de que el futuro a Dios no se le daría culto ni en  el templo de Jerusalén ni en el monte Garizín, sino en espíritu y verdad, yo creo que quería decirnos que Dios quería escapar del secuestro y volver  a encontrarse con su gente,   con a su pueblo. Aunque da la impresión de que esa escapada le ha durado poco, porque aún nosotros tenemos la manía de volver a querer encerrarlo en los templos. Unos porque creen que Dios estorba la sociedad actual y que la religión debe ser cosa individual o a lo máximo de se puede expresar en los templos. Otros, con buena voluntas y nos escasos de fe, porque siguen mintiendo un pensamiento veterotestamentario del templo como único lugar de residencia de la Divinidad, aparte del cielo. Parece ser que no hay forma de perder la manía. de encerrarle, pensando que allí está más seguro y con mayor respeto.

No  pretendo con esta reflexión hacer tabla rasa de los templos de piedra o cemento. Porque es verdad que necesitamos de signos que nos recuerden la presencia de Dios. De realidades materiales  que faciliten y nos recuerden que Dios sigue vivo entre nosotros. Además no olvidemos que el cristianismo no es una religión intimista, como pretenden convencernos los laicistas extremistas, ideología predominante hoy, que pretenden que sus “creencias” sean las de todos y tengan cauces sociales para poder manifestarse, el mismo derecho que no están dispuestos a reconocer a las creencias religiosas y más concretamente al cristianismo.

Bien, pues,  aunque cada cristiano sea un templo vivo de Dios, forma parte de una comunidad de creyentes que necesitan lugares donde reunirse. Porque el cristianismo es tan privado como público, al ser la fe de un colectivo, no desdeñable, al que nosotros llamamos pueblo o familia de Dios o comunidad creyente o Iglesia. El templo, en ese sentido, nos ayuda a celebrar y vivir, escuchar y evidenciar el amor que Dios nos tiene, a cada uno y a toda la familia de sus hijos. Por eso la verdadera belleza de los templos nos son tantos sus adornos ornamentales, cuanto los que participan en las  asambleas de fe, la comunidad que celebra y se congrega dentro de ellos. Es un lugar al que acudimos, no sólo para encontrar a Dios, al que podemos encontrar, y muy a gusto dentro de nosotros, sus templos vivos, sino también para dedicarle enteramente un espacio de nuestro tiempo o de nuestra vida, junto a los que tenemos la suerte de haber recibido el don de la misma fe.  

Hoy, tal vez más que nunca, en los tiempos en que nos encontramos, creo que  nuestras iglesias están llamadas a ser y convertirse en recintos de silencio. En una especie de  oasis de esperanza, en este mundo desértico de cielos.

Nuestros templos ante todos son signos y los signos, en el ámbito religioso están para recordarnos aquello que corremos serio peligro de olvidar.

Así,  cada iglesia que podemos encontrar en todos los rincones de nuestro mundo , se convierte en un enseña que pregona la presencia de un grupo que espera, intenta vivir y seguir las enseñanzas de Jesús Maestro.

Pero no podemos olvidar que Jesús nos ha dicho que la verdadera morada de Dios es el propio cristiano. A él, al cristiano, dice Jesús que vendrá con su Padre para morar en él.

Lo más hermoso y convincente que los cristianos podemos hacer es precisamente vivir lo que escuchamos y celebramos dentro de nuestras  iglesias. Lo contrario…sería un decorado con sonidos de campanas, altas torres y bonitas fachadas…..pero con poco cimentación y base.

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