Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Más de una vez, no muchas por cierto, nos han sorprendido los medios de comunicación, con el tremendo escándalo de que sacerdote se ha negado a bautizar a un niño. Son noticias de esas que no hay que dejar escapar, pues mueve el morbo de los que buscan el sensacionalismo en las crónicas.

Por supuesto que en estas, no muy frecuentes, situaciones que suelen darse el culpable siempre es el sacerdote, Para nada sirve que el aporte las razones serias que le hayan podido llevar a tomar esta decisión, que si ya de por sí es difícil, se hace aún mucho más complejo por las consecuencias noticiosas que conlleva.

Pero lo que me sorprende de estos medios de comunicación, que sin más información que la que les facilitan los familiares que han solicitado el bautismo y de la misma sociedad que se escandaliza y reprocha la actitud del sacerdote,  Sorprendente, pero así es: la misma sociedad, son los mismos medios y la misma sociedad  los primeros interesados en que los cristianos no ejerzamos nuestro compromiso bautismal.

¡Cuántos gritos no se darían en todos los periódicos, si un sacerdote no sólo se opusiese  a bautizar a un niño, sino que además tuviese la osadía de aconsejar a ciertos padres que no bautizasen a su hijo!

Pero no se oye ningún grito, no hay ninguna denuncia contra esa sociedad que trata de sofocar todo brote cristiano y que margina inexorablemente a quienes tratan de vivir auténticamente el Evangelio, o la doctrina social de la Iglesia.

Yo no soy quien para juzgar las decisiones que, en esas contadas ocasiones, hayan tomado algunos sacerdotes. Pero estoy seguro que deben ser muy meditadas y consultadas,  dada la trascendencia social que puede derivarse de ellas.

Por supuesto que no estoy abogando por la negación del bautismo a los niños, solamente me limito a reflejar lo que puede darse en muy contadas y muy especiales ocasiones.

Es cierto que hoy existe una presión social que empuja a la  administración del bautismo a los niños. Por eso, no es fácil a los sacerdotes negar el bautismo a  pesar de  que hay situaciones en que es poco clara la educación cristiana de los niños, ya que no podemos olvidar que la gracia de Dios actúa en nuestra vida, a pesar de nuestra inconsciencia y dejadez.  

 

Pero,  al mismo tiempo se da una no menos fuerte presión social que  va en sentido contrario de lo que significa el bautismo: se pide insistentemente el bautismo  de los niños, para después empujarlos con no menos insistencia a vivir de forma distinta a  lo que significa ese bautismo.

 

El bautismo no es un malabarismo mágico, un mero rito ancestral, una rutina rito heredada. El bautismo ha de partir de la fe. Jesús mandó predicar el evangelio: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos…”. Luego, es el discípulo que aceptaba ese mensaje, el que se bautizaba. Somos bautizados si creemos en Jesús, si nos adherimos totalmente a él, si nos comprometemos con su palabra. El Bautismo así nos hace Hijos de Dios. Y seremos hijos bien nacidos si amamos a todos los que, como nosotros, han nacido de Dios. Somos hijos de Dios si observamos sus mandatos.

 

Pero después vino el bautismo de los niños Y entonces  ha sucedido y sucede, con frecuencia, que hay como una especie de convicción tácita de ya no hay necesidad de de ayudarles a crecer como discípulos de Jesús,  como si Dios lo tuviera que hacer todo. Esa responsabilidad de la educación en la fe quedó encomendada, siempre, a la fe de los padres y, por supuesto, a la fe de la Iglesia.

 

Lo importante del Bautismo no es evidentemente recordar un rito, sino agradecer la fe que ha marcado nuestra vida ya desde niños y asumir con gozo renovado nuestra condición de creyentes en el seno de la Iglesia, pues el bautismo también nos hace hijos de la Iglesia.

 

Está claro, que en todo momento todas las personas deben saber “quiénes  son” y estar dispuestas a “demostrarlo”.

 

Pues el bautismo nos da una nueva identidad: identificarnos con Jesucristo. Pero da la impresión de que, a pesar de haber pasado por la tradición bautismal, hay muchos cristianos, que andan sin identificarse con su bautismo, por negligencia, por carencia de formación o porque así lo desean, como si viviesen permanentemente con un carnet caducado.   

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