Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

“Entrar con buen pie” es una locución que suele utilizarse para significar el comienzo favorable de una empresa, aunque el dicho es una forma residual de alguna práctica supersticiosa.

Curiosamente, esta costumbre se ha mantenido a pesar de su procedencia pagana.
Por extensión, comenzó a aplicarse el dicho para referirse a la acción que pronostica la buena suerte, necesaria en la iniciación de una tarea y su culminación con éxito.

Pero entrar con buen pie -se supone que es el derecho- constituye un paso en el que ese pie entra y el otro aún esta atrás. Que no debe estar como freno a una decisión, sino como recuerdo, para no perder la memoria de donde se viene. La entrada definitiva se producirá cuando los dos pies se hayan adentrado.

Nosotros hemos llegado ahora a un Año Nuevo y la tradición manda, recibirlo al ritmo de las doce campanadas del reloj y comiendo una a una las doce uvas de la suerte en  la Nochevieja, para que el futuro, que siempre soñamos mejor que el pasado – y si puede ser, mejor que el presente-, sea una realidad en los doce meses venideros.

Sin embargo, a pesar de las uvas y el cava, todavía hay muchos recelosos y miedosos ante la perspectiva de ese futuro incierto que se aviva al nacer el año. Entrar con miedo es creer que el pasado no tendría que haber pasado. Es como si dejáramos el pie izquierdo sin dar el paso adelante para unirse al buen pie.

Pero también los hay ilusionados y entre ellos, los que debemos entrar con buen pie en el Año Nuevo, cargados de esperanza ilusionante, - con uvas o sin ellas- somos los cristianos. Nosotros, peregrinos en esta tierra, siempre tendremos que estar saliendo del pasado – sin renunciar a él y  sus valores-, buscando la felicidad, caminando como nómadas errantes, sin hallar reposo, pues nuestros anhelos rebasan las fronteras de los años y de toda la  vida terrena. El cansancio, el desgaste físico, las seguridades dejadas atrás, la distancia recorrida, la lejanía de la rutina cotidiana, la incursión en tierra extraña, son elementos que nos van introduciendo en una dinámica de ir  despojándonos de todo aquello que nos instala y nos pesa, que son el freno que mantiene el pie izquierdo sin adelantar el paso.

 

Somos los  peregrinos aprendices de un Dios- Hijo que, saliendo del Padre,  peregrinó del Cielo a la Tierra y caminó  en nuestra historia un corto periodo de años para ir de nuevo a la morada de Dios y prepararnos allí habitaciones confortables para todos. Desde entonces esa es la meta de nuestro éxodo esperanzado.

 

Belén, estos días, ha podido ser para nosotros el lugar del contagio de esa esperanza. Siempre un niño es un canto a al esperanza en la vida. En Belén nos ha nacido un Niño, en cuya sonrisa, podemos vislumbrar el proyecto de Dios para nuestro futuro. Es un niño que empieza a caminar con nosotros en este peregrinaje de los años de esta vida, hacía la Vida.Y esa presencia debe disipar todos los temores. Pues como decía san Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?... ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? … Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,  ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

 

Lo que puede frenar esa ilusión de caminantes en algunos, es que en estas Navidades aún no hayamos peregrinado a Belén, y por tanto seamos escépticos ante la esperanza para el futuro o no deseemos, como Herodes,  que la situación presente cambie. Pero si hemos ido presurosos a la cueva de Belén como los pastores y los Magos, nos habremos llenado de inmensa alegría, y habrá resonado en nuestro corazón el más bello mensaje celestial: “No temáis. Os traigo una Buena Noticia. Hoy, en la ciudad de David, os nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. No dice “ha nacido”, sino “os ha nacido. El Niño es  para nosotros. Es de todos. Todos podemos acunarle y besarle y gozar de su sonrisa y ver en su preciosa cara la esperanza de la vida.

 

No se puede entrar con mejor pie que esa Buena Noticia ni de mejor mano que la del Niño en el Nuevo Año. Esa mano, ahora necesitan de las nuestras para aprender a caminar por la vida, pero poco después, cuando vaya creciendo, a lo largo de este año,  él tomará el relevo y como mejor guía que nosotros, serán sus manos las que nos llevarán en volandas hacia el mejor futuro.

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