Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

“¡Un niño nos ha nacido!”. Las palabras lejanas en el tiempo  del profeta Isaías  había sido pronunciadas para anunciar a Israel una paz  cuando  una guerra amenazaba ya  a la ciudad santa de Jerusalén.  Ese niño anunciado era la señal para anunciar la llegada de la paz. La ternura del sollozo de un recién nacido se encaraba  así a la violencia de los humanos y la vida  que comenzaba en aquel parto era el más bello contraste a las muertes que engendra la violencia  

Como entonces, que algunos pensaban que sólo las armas podrían defender la ciudad amenazada, también hoy la mayoría estamos convencidos de que sólo con guerras se puede conseguir la paz, así hasta lo ha afirmado, paradójicamente, el último premio Nobel de la paz.

Pero la Navidad viene a decirnos, que sigue siendo válida la señal de Isaías, que un Niño nos ha nacido y en la cuna de nuestra humanidad, para  proclamar con su llanto y sonrisa una esperanza 

En ese Niño, Dios se ha  llenado de humanidad, para que la humanidad se inunde de Dios  y de lo divino. La gloria en las alturas y la paz en esta tierra, es el programa-proyecto que trae a la tierra este Niño que nos ha nacido.. Y anunciar ya su llegada salvadora para todos,  es la tarea a la que nos llama y nos convoca el Misterio de Belén, a partir de esa noche que ha sido bautizada con tan bello nombre: Noche Buena. Menudo mensaje para los prepotentes de nuestro mundo. Decirle que un Niño débil  ofrece una paz  al mundo, con sus armas y sus retóricas y sus leyes.

Buena es la Noche porque es la Noche de esa bondad que se refleja en el rostro del Niño  y que nos invita a hacernos todos niños Noche  en que dejamos que  sean los corazones los que hablen y no sólo los puros razonamientos que creemos que nos endiosan, pero el Dios hecho Niño, nos dice que es al revés, lo que nos endiosa no es el orgullo de nuestros raciocinios, sino la ternura que todos llevamos en el corazón, que nos hace semejantes a los niños. Si Dios es Niño, solo siendo niños podemos ser divinos. 

Por eso la Navidad nos recuerda tanto nuestra infancia y es la fiesta por excelencia de los niños, que se  expresa en villancicos, luces, ternura, gozo familiar, bondad e ingenuidad. Noche en la que sale fuera el niño que somos por dentro.  Noche en que habla sin poder todavía balbucear palabras el Niño del pesebre,

Los niños son especialistas en amnesia. Pronto se   olvidan todo todos los roces y malos ratos   en la familia o con los amigos y vecinos, porque puede más en ellos el amor.

Así es el Dios-Niño que nos ha nacido. Es la muestra más palpable de que Dios es también muy olvidadizo, se le han borrado de la mente nuestros ingratitudes, nuestras ofensas, nuestros desprecios, nuestra falta de generosidad para responder a su amor. Y la imagen sin palabras aún de ese Niño, viene a decirnos que todos necesitamos olvidar. No solo perdonar desde el orgullo de creer que hay quienes  han herido nuestra dignidad,  manteniendo siempre encendidas las ascuas del  recuerdo de la ofensa. ¡Todos somos heridos y heridores!

¡Un Niño nos ha nacido! Curiosamente en la noche de Belén la Palabra hecha carne, no tiene palabras, solo llantos que pronto se transforman en sonrisas cuando se siente acunado en brazos de amor.

El Niño en los brazos alternativos de José, María y los pastores, es un misterio inexplicable, para nuestra indigente y hosca razón humana. El Dios Amor   se hace un  niño necesitado de amor; el Dios eterno se hace hombre llamado a la muerte; el Dios todopoderoso se hace un niño impotente e indefenso; el Dios inabarcable cabe ahora en un pesebre y en unos brazos que lo reciben con ternura.

Y todo este grandioso misterio, ¿para qué? No se puede dar una respuesta más contundente y bella que aquella que expresaba  san Ireneo, "el Hijo de Dios se hizo hijo del Hombre para que el hombre llegara a ser hijo de Dios".

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