Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

 

En los orígenes del cristianismo, nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, que los discípulos de Jesucristo acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. (Hch 2,46). Hoy, cercana la Navidad, quiero detener mi reflexión en ese aspecto característico de aquellos cristianos originarios: la alegría.

Pero cuando desde la fe hablamos de la alegría, no queremos decir que cada persona tiene  que programar su vida para vivir siempre alegre y en continua diversión. Se trata, más bien, de que cada uno sepa organizar la  vida de manera que, en el contexto en el que viva y entre las personas con quienes conviva, haga todo lo que esté a su alcance para que los demás se sientan bien, vivan en paz, convivan a gusto y, sobre todo, sean personas tan felices que la alegría se transparente a todas horas en sus rostros. Porque la alegría es una emoción expansiva que se necesita expresar y compartir con los demás.

Seguro que mas de uno se preguntará si es posible hoy la alegría en este mundo magullado por profundas divisiones y rupturas, donde miles de rostros grises son elocuente testimonio de la profunda desesperanza y tristeza por la que transitan muchos seres humanos. En realidad hay poca alegría porque nadie se atreve a cultivarla y porque no tiene tanto prestigio como las tragedias, porque los asuntos espinosos parecen ser en este mundo lo más importante.

 

Pero la  alegría  sigue siendo una necesidad de primer orden para nuestra existencia. El deseo de gozarla está tan arraigado en nuestras entrañas   como la misma búsqueda del sentido de la vida. Nos hace sentir vivos y equilibrados; es una excitación que produce placer y felicidad y es un sentimiento grato que nos obliga a ver el lado risueño y gracioso de las cosas. Por eso son muchos los que buscan infructuosamente esta alegría en las múltiples ofertas del de mercado en que hemos convertido el mundo, donde todo hay que comprarlo, hasta la alegría.   Pero, a la hora de la verdad, si somos sinceros, tenderemos que reconocer que  el consumismo, la búsqueda desordenada del placer por el placer, de lujos, riquezas y confort, la ambición del poder, el hedonismo, son tan sólo supletorios que, como todo sucedáneo, son  una mala imitación de baja calidad,  que no termina de satisfacer  la necesidad de verdadera alegría.

 

Pocas veces al año como estos días de Navidad,  se  trabaja tanto  desde la publicidad en escaparates,  revistas, radio y televisión, donde se promete el no va más, la mayor alegría de la vida, la felicidad plena; y de un modo particular  una paz Un auténtico bombardeo permanente, consciente, premeditado y programado, al que nadie puede sustraerse.


Pero no seamos tan ingenuos para pensar que se nos ofrece toda esa mercancía por un interés filantrópico, para esas ofertas no somos personas, sólo somos clientes. Sin embargo, inconscientemente por supuesto,  acuden a ofrecer, con engaño, la más profunda sed, tocando las fibras más hondas y sensibles del ser humano: la sed de felicidad, la sed de verdadera alegría.

Los cristianos vivimos ya una alegría anticipada a la misma Navidad, no porque desde hace un mes están ya las calles iluminadas y los arbolitos adornados, sino porque vivimos la alegría de la espera. Toda espera transforma de alguna manera nuestras vidas. Imaginaos que esperamos, nada más y nada menos, que a la persona amada. Entonces se ilumina nuestro rostro, se transforma todo nuestro interior, pensando en ese encuentro deseado gozando anticipadamente su llegada.

Si toda esperanza es algo feliz, mucho más lo es para los creyentes saber que a quien esperamos es a nuestro Dios, por ello, en nuestras Navidades siempre hemos gozamos extraordinariamente, porque saber que es Dios el que nos viene, y que además se hace uno de nosotros, ni más ni menos, que uno de nosotros., Pues sí, viene nuestro Dios y se hace hombre, y a Él, es al que esperamos…!  Y ese Dios que viene, se funde y confunde con todo lo que es verdaderamente humano. Por esto  resulta lógico afirmar que Dios se funde y se confunde con la experiencia humana del gozo y la alegría. Porque la alegría es fruto del amor y el Dios que viene es un Dios enamorado, que se revela con  una sonrisa en sus  labios de niño  y con un semblante pacífico. Pues esta es la razón fundamental para que los cristianos  tengamos  esa alegría de Navidad, que es como la alegría  propia de los enamorados.

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