Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

La historia de la humanidad esta plagada de revoluciones, unas con algún éxito y otras, las más, fracasadas. Pero todas, en su origen, han tenido el con el mismo objetivo: el cambio o transformación radical y profunda respecto al pasado inmediato. Se puede producir en varios ámbitos al mismo tiempo, tales como económicos, culturales, religiosos, políticos, sociales, militares, etc. Se trata de una ruptura del orden establecido o una interrupción evidente con el estado anterior de las cosas, que afecte de forma decisiva a las estructuras.

¿Pero, hasta ahora, las revoluciones habidas  han conseguido ese cambio radical? Pues habrá que echar un vistazo a la realidad que estamos viviendo y para poder contestar a esta pregunta. Ya sabemos que una sociedad es algo muy complejo y la mentalidad de sus individuos es muy difícil de cambiar de un siglo para otro, mucho más difícil hacerlo de la noche a la mañana, como han pretendido los movimientos revolucionarios. Por eso apenas han conseguido convencer a unos cuantos de la necesidad de un mundo más equitativo en las búsqueda de la desaparición de las injusticias.

Hoy se habla de una nueva revolución llamada globalización. Hacer del mundo una aldea global .Pero da la impresión de que es una revolución, como tantas descafeinada, pues en el fondo en esa aldea global seguirá habiendo palacios, mansiones, casuchas y chabolas. Habrá calles y jardines bien cuidados y calles llenas de barro y suciedad. Habrá supermecados donde no falte de nada para quienes puedan comprar y habrá quienes no puedan comprar. Tal vez por eso han disimulado la palabra revolución, que puede sonar  a otro mundo distinto radicalmente y la han cambiado por “progreso”, que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana.

¿Pero que mejora? Mucho me temo que sólo sea la económica y tecnológica, para los que ya tienen una economía sana y una tecnología en avanzada.

La mejora de la condición humana, el verdadero progreso, debería ser la mejora del talante humano, que es un sinónimo de condición.

No estoy seguro de que muchos hayan oído hablar de una revolución  que tuvo sus inicios en el siglo I, que no ha fracasado, pero tristemente tampoco ha avanzado mucho y que, como toda revolución, hemos terminado por domesticada, para que deje las cosas como están. Me refiero a la “revolución de la toalla”. Eso si que es un cambio radical.

Recordemos sus inicios: Una vez el Señor, que estaba cenando con sus discípulos, se levantó, tomó una toalla, se la puso y empezó a lavar los pies de los comensales, como hacían los esclavos en las casas nobles de la época....

Desde entonces, podríamos decir que se produjo el cambio más radical de la historia de la humanidad. Si hasta entonces los hombres se arrodillaban como esclavos ante Dios, ahora es Dios quien se inclina y sirve a los hombres. Y lo más sorprendente es que abre un camino para lo que tiene que ser una verdadera revolución. Porque como todos los seres humanos, nunca están conformes con lo que son y el puesto que ocupan, siempre quieren ascender en la escala social y, sobre todo económica, siempre nos gusta ser servidos por otros, siempre os gusta divinizarnos.  Jesucristo, respetando esa tendencia humana, ofrece un nuevo camino. Se puede ser el primero, se puede ser más que los otros, se puede ser divino, pero se es cuando más se sirve a los demás. No en un sentido pasivo, como realizar algo a lo que te obligan otros, incluso bajo amenaza, porque eso dejarse esclavizar y situarse al  nivel de los animales y de las cosas. En el fondo, servir no es, en absoluto, hacer simplemente las  cosas para el otro o hacer las cosas del otro. Eso pueden ser acciones va­cías, porque no brotan del cora­zón. El verdadero servicio nace de dentro y lleva el sello de la libertad, del amor, de considerar al otro lo que es, de la en­trega de la propia vida, de hacerse esclavo voluntariamente. El servicio según el Evangelio sólo es comprensible desde la clave del amor.

La imaginería religiosa, muy respetable, nos ha presentado la figura de Cristo Rey, con su corona y cetro, sentado sobre un trono y el mundo bajo sus pies. Pero a mi personalmente me gusta mas la imagen del rey que inició la “revolución de la toalla”, de rodillas y lavando los pies como esclavo, por aquello de que en mi Reino, quien quiera ser el primero (y el primero es el rey), sea el que mas sirva a los demás.

Si continuáramos, cogiendo la toalla, esta revolución, aunque solo en esa lucha estuviéramos los que nos decimos cristianos, a lo mejor podría ser la última y definitiva revolución, que el mundo necesita.

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