Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Una vez acabado ese tiempo especial de sosiego en algunos casos, o de más ajetreo en otros; una vez acabado el descanso en la montaña o junto al mar;  una vez descansados de de viajes por rutas turísticas, llega siempre con meticulosa regularidad el regreso al trabajo nuestro de cada día, con la obligación de  ser cumplidor ante  una serie de responsabilidades, con el peligro de un stress y con el temor  a que puedan presentarse una serie de circunstancias que no siempre son apacibles.  Es verdad que, después de haber disfrutado de una temporada de de vacaciones  o semi-vacaciones, cuesta bastante trabajo el retorno a las obligaciones, por muy vocacionados que estemos y por mucho que nos guste el trabajo concreto que realicemos.

Lo que hoy día los psicólogos llaman el síndrome pos-vacacional, para lo que ofrecen numerosos consejos para evitar que el regreso a la “normalidad” sea traumático, es lo que con otras palabras más sencillas, expresa la desgana de  toda la gente al volver de esos días de descanso, para iniciar unas largas y  monótonas jornadas. Por eso se oyen expresiones de esta índole: “lo bueno acaba pronto” o “las vacaciones son muy cortas”.  Pero, en realidad el tiempo de las vacaciones se ha medido con el mismo reloj que el tiempo de trabajo.  Cada día ha contado con veinticuatro horas y el mes con treinta o treintiuno días.

Esa desgana pos-vacacional también puede afectar a la actividad normal de nuestras comunidades parroquiales. Tanto  en los responsables de la misión pastoral  como  en sus colaboradores,  esa desgana puede desembocar en  apatía por las cosas que se refieren a Dios y a su Iglesia,  en una especie de negligencia o tibieza.

La tibieza no es renunciar a realizar lo que  uno se  ha comprometido hacer, sino hacerlo perezosamente y de mala gana, buscando con gran inventiva las excusas  necesarias para disminuir el tiempo o el esfuerzo que se ha de dedicar a las tareas pastorales; o poniendo por encima de la generosidad la comodidad.

No sé si son muchos o sólo algunos, pero se percibe en nuestros ambientes parroquiales que hay cristianos que viven su fe sin mucha ilusión, y la poca que les queda para estar en cama agónica. Esta situación  puede ser  consecuencia de una falta de decisión en el compromiso cristiano, pero también puede ser – y esto sería bastante triste- por el convencimiento  de que  hoy la Buena Noticia del Evangelio de Jesucristo ha perdido su carácter novedoso para los hombres de nuestra época. Pero eso es caer en la trampa, a la que nos empujan corrientes ideológicas, que consiste en vivir desde una esperanza que nada espera o tiene insignificantes horizontes.  

Nunca deberíamos perder de vista que los cristianos tenemos algo muy rico y valioso que aportar a nuestra sociedad y a nuestro mundo  Y ese servicio, aparte de los compromisos concretos que cada uno adquiera en su comunidad parroquial,  sólo requiere algo tan sencillo y laborioso a la vez como es estar en el mundo como lo que somos, como creyentes, porque el mundo de hoy, como el mundo de estos más de dos mil años, sigue esperando algo de los cristianos, aunque la gente no sea muy consciente de que podamos ofrecerle algo útil.

Yo creo que hoy sigue siendo muy válido lo que escribía no hace mucho el sacerdote José Antonio Pagola: “La Iglesia atraerá a la gente cuando vean que nuestro rostro se parece al de Jesús, y que nuestra vida recuerda la suya”.

Lo que está muy claro es que un cristianismo cuyos frutos  y repercusiones no traspasen las  puertas de las iglesias no le sirve a nadie gran cosa. El cristiano tiene que hacer presente a Jesucristo y presentar  su credo, como fuente inagotable de alegría y esperanza, de forma  atractiva y ajustada al vocabulario y a los tiempos que vivimos,  en las actividades normales y corrientes, en la manera como tratamos al dependiente de la tienda o a la cajera del supermercado, en nuestra manera de participar de una  comida en el restaurante, en nuestra tertulia con los amigos, en nuestra forma de tratar a los empleados o de trabajar para una empresa, en nuestra manera de realizar ejercicio físico  o conducir o aparcar un vehículo, en el lenguaje cotidiano que usamos y en lo que leemos cada día.

Un cristiano debe estar presente en la fábrica, en el taller, en la escuela, en la consulta médica, en la cocina, en la calle… lo mismo que está presente en la iglesia. Nuestro cristianismo se tiene que hacer evidente a todos por nuestra manera de vivir en el mundo.

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