Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal de Acción Caritativa y Social

Hay, en los evangelios,  una frase del Señor dirigida a aquellos de sus oyentes que se escandalizaban viéndolo hermanarse y comer con gente considerada de mala ralea: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos”.

Esta máxima, me ha hecho  pensar en un detalle, que subraya un documento de reflexión de la Pastoral Penitenciara, con motivo de la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de las instituciones penitenciarias, que afirmaba, mas o menos esto: la cárcel es el hospital donde se ponen en cuarentena las víctimas de esta sociedad enferma.

Cuando hoy se habla tanto de amenaza de epidemias y pandemias, nadie incluye  entre esas plagas que azotan a la humanidad, la creciente delincuencia y violencia, para la que no existen vacunas, porque las investigaciones que se hacen, por el momento, no están dando resultado.

Esta sociedad en la que cada vez priman menos los valores humanos  -aunque se quieran imponer algunos por leyes -  y religiosos, donde se quiere atajar la violencia con violencia, donde se ofrecen medios de felicidad que no están al alcance de todos, pero a los que todos deben aspirar, donde en la falsa defensa de unos derechos, se vulneran los derechos de otros, donde no hay lugar para asumir responsabilidades serias y el esfuerzo y abnegación no tienen cabida, donde el amor es algo pasajero, donde…

Todos estos virus  están creando – y en aumento alarmante- la proliferación de hombres y mujeres infectados: sin valores, con el sólo deseo de conseguir como sea, con el mínimo esfuerzo posible,  lo que no pueden y otros tienen y, con un concepto de libertad sin límites en el que la vida de otros no tienen ningún valor ante sus intereses económicos o reivindicativos.  Son  los contagiados que terminaran como virulentos terminales o crónicos en esos hospitales que son las cárceles, que no siempre disponen  de la medicación adecuada.

No olvidemos que penitenciario, viene de penitencia. Tampoco podemos olvidar que esa palabra está mal interpretada cuando se traduce sólo en castigos merecidos por malas acciones contra la comunidad.

El verdadero sentido de la penitencia es la conversión, que tomada en serio conlleva un cambio de orientación en el comportamiento. Esto es, precisamente, lo que afirma Jesús en la narración del hijo pródigo: “Se dijo a sí mismo: quiero volver a mi padre y decirle: Padre, soy culpable ante Dios y ante ti, ya no merezco ser tu hijo”. Y tras la decisión pasa a la acción; el hijo se pone en camino hacia la casa de su padre para reconciliarse con él.

La conversión conduce a la reconciliación, a la reanudación de la amistad con Dios, pero también con los demás. Porque la relación amigable se rompe cuando el delito, que infringe las normas establecidas de convivencia,  aparta de la cercanía con los demás.

No sé si los que rigen  la política penitenciaria tiene en cuenta favorecer lo que es la verdadera penitencia, al menos en la reconciliación con la sociedad o están convencidos de  que los delincuentes, malhechores y hasta criminales, sólo merecen castigo y son enfermos irrecuperables.  En la calle sí que seda está visión y por eso los presidiarios y excarcelados son considerados como patógenos crónicos sin curación posible, que han de seguir ingresados en esos lazaretos en que quieren convertir las cárceles.

Es verdad que hay buenos intentos en mantener sana la sociedad, libre de esas enfermedades. Intentan buscar la medicina adecuada quienes administran justicia, quienes buscan la seguridad porque el Estado les ha pedido eso, lo intentan quienes piensan en remodelar todos los centros penitenciarios, pero en realidad, esas enfermedades son afecciones de una deformación del corazón, que el lugar de ser de carne, es de piedra. Para esta dolencia la única medicina posible es la conversión, la recuperación del corazón de carne que  hay en cada ser humano. Y eso sólo puede hacerlo Dios. 

Por ese convencimiento, hay quienes aún mantienen viva la esperanza en la posibilidad de cambio de los seres humanos, por muy contagiados que estén de odios, violencias, fanatismos y hasta crímenes. Son cristianos que merecen toda la gratitud de la Iglesia, por su hermosa labor en los centros penitenciarios. Me refiero de un modo especial, sin excluir otras posibles formas de presencia cristiana, que pueda darse entre los funcionarios de prisiones y los propios internos, a los voluntarios de la Pastoral Penitenciaria con sus capellanes. Ellos han comprendido perfectamente que quienes necesitan del Jesús Médico son lo enfermos que  produce esta sociedad y a realizar esas difíciles operaciones de cambio de corazón están dedicando gran parte de su tiempo y mucho más de su amor.

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