Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Bernanos el gran escritor francés del siglo pasado dijo que cada uno tiene su imagen de Jesús, según una característica o un episodio de su vida, que primaba especialmente sobre los demás.

Esto ya fue una realidad en la vida de Jesucristo. En efecto,  los violentos de de su tiempo le juzgaban como alguien comedido y sumiso. Los guardianes del orden establecido  le consideraban, en cambio, como alguien extremista y peligroso para sus intereses políticos. Los cultos maestros de la Ley le menospreciaban por transgresor de las normas de la tradición  y le temían por su elocuencia irónica.  Algunos potentados se  burlaban de él, considerándolo como un desequilibrado mental. Los dirigentes oficiales de la religión le veían como un blasfemo y un enemigo de su Dios. Es cierto que había mucha gente que iba tras Jesús por los caminos y aldeas cuando anunciaba el mensaje del reinado de Dios, pero a la mayoría de esos seguidores les interesaban más los milagros que hacía y de los que pudieran aprovecharse,  que todas las palabras que salían de sus labios. Era, efectivamente, un incomprendido..

Pero también estaban aquellos muchachos, que dejaron todo -sus familias, sus costumbres y hasta sus negocios- para seguirle enteramente, como aquellos doce primeros amigos, que  morirían pocos años después,  en violentas muertes,  por afirmar “Tu eres el Hijo de Dios vivo”.

Hoy día, también son numerosas y variadas  imágenes fraguadas sobre la persona de Jesús de Nazaret. Desde los círculos esotéricos y  oscurantistas, en los que hay   curanderos que dicen tener sus poderes, exorcistas que aseguran ser capaces de expulsar demonios en su nombre y pitonisas que adivinan la suerte invocando su espíritu, hasta  psiquiatras que analizan su inteligencia, médicos que investigan las causas físicas de su muerte, psicólogos que estudian su capacidad de amar y paleontólogos que buscan la tumba para hallar sus huesos, sin olvidar el campo de la especulación humana,  sociólogos, filósofos y teólogos,  metafísicos,  e incluso  artistas novelistas y cineastas, que son los que mas atraen a la gente, que aprovechan la importancia histórica innegable de Jesucristo, para hacer sus malintencionadas elucubraciones, como “La última tentación de Cristo” de W. Dafoe, llevada al cine por M. Scorsese o “El Código da Vinci” de D. Brown, que llevo al celuloide R. Howard…

Pero también hoy día hay simpatizantes de Jesucristo, que lo admiran como un gran maestro, de una gran personalidad. Otros, han querido verle como un revolucionario social, al que algunas ideologías políticas han querido afiliar a sus partidos, teniendo con él la deferencia de darle el puesto de honor de ser el primero que predicó y practicó dicha ideología. También hay quienes lo han abandonado  y los que han tratado de acabar con su doctrina por medio de persecuciones, claras o solapadas.

¿Quién es este hombre a quien tantos han amado hasta de manera humanamente inexplicable y  por quien tantos, a lo largo de la historia y en la actualidad,  sólo por proclamarse seguidores suyos, han sido  encarcelados y torturados, o han muerto violentamente  con su nombre en los labios como una esperanza y  en cuyo nombre se han cometido también, tristemente,  numerosos desatinos?

¿Quién es, pues, este personaje que parece llamar  a unos al amor desinteresado  y a otros  al odio frontal, este personaje  cuyo nombre -o cuya falsificación- produce frutos tan opuestos de paz o de sangre?

Quien es Jesús nos lo dicen claramente los Evangelios. Otra cosa distinta es lo que nosotros hayamos hecho de él  Porque en la actualidad  siguen proliferando las imágenes falsas de Jesucristo; truncadas, partidistas, adulteradas, interesadas, r fragmentarias, manipuladas…

Pero los cristianos también tenemos que dar respuesta a la pregunta sobre la verdadera personalidad de Jesucristo. Tendremos que manifestar públicamente lo que  nos impulsa a escuchar su palabra, a bautizar a  nuestros niños, a celebrar ciertas fiestas en el nombre del Señor.

Y lo primero de lo que debemos estar convencidos  es que el descubrimiento de Jesús nunca debe ser de segunda mano. Podemos leer mucho acerca de Jesús, escuchar muchas maravillas de él, quedarnos asombrados por los hermosos discursos que hablan sobre Jesús, aún llamarnos sus seguidores y enseñar sobre él, y sin embargo, no ser verdaderos cristianos. Porque ser  cristiano no consiste en conocer poco o mucho sobre Jesucristo, sino  tener un verdadero encuentro personal con Él y dejarnos seducir por su llamada.

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