Manuel Antonio Menchón Vicario Episcopal

En los Evangelios encontramos una escena tierna y entrañable, que podemos enriquecer con la imaginación. Llegan Jesús y sus discípulos a una aldea de Galilea, siguiendo esa especie de slogan que Jesús se había trazado, en su misión de anuncio del Reino:“Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”. En esa aldea, unas madres que se encuentran charlando entre ellas, mientras sus niños corretean jugando a su alrededor, al enterarse –en los pueblos vuelan las novedades-de la llegada de Jesús y sus seguidores, del que seguramente ellas habrían oído hablar, por aquello de que “su fama se extendió por toda la región de Galilea” y decían de él: “un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”.

Pues eso, aquellas mujeres, a las que su fe no alcanzaba a ver en Jesús, sino un “gran profeta”, pensaron que si ese “hombre de Dios”, bendecía a sus niños, es como si el mismo Dios los bendijera y los protegiera. Por eso, todas a una, decidieron llamar a sus niños y llevarlos ante el profeta de Dios.

Los amigos de Jesús, en este caso, más guardaespaldas que discípulos, con buena voluntad, por supuesto, pensando que el Maestro, lo mismo que ellos, estaría cansado de la caminata, rodean a Jesús, como muro de contención, intentando impedir que aquellos “pequeños revoltosos” acaben con la serenidad del descanso merecido.

Pero de nuevo, como en otras ocasiones, Jesús tiene que enfadarse con ellos, porque no había forma de que entendieran cual era su verdadera misión. Porque la misión de los discípulos nunca puede ni debe ser apartar a nadie del Señor, sino acercarlos para que se sacien de su misericordia y su amor.

Por eso Jesús, enojado, le dirá:”Dejad que los niños se acerquen a mí”.

Hoy día Jesús sigue repitiendo esas palabras, en el marco de unas escenas parecidas, salvando la distancia del tiempo y las circunstancias. Me refiero a esos momentos gozosos en que madres y padres llevan sus hijos para que se acerquen a Jesús por el Sacramento del Bautismo o para que se acerquen más íntimamente a él, recibiéndolo en la Eucaristía. Tal vez, muchas familias, no entiendan del todo qué sean estos Sacramentos de la Iglesia. Tal vez no sabrían dar una respuestas adecuada si se les preguntará por el significado de tales sacramentos. Pero si que hay, al menos en muchas de ellas, el deseo de que a través de esos actos religiosos, Jesús y dios Padre, bendigan y protejan a sus hijos.

Y, por supuesto, la Iglesia, haciéndose portavoz del Señor, les dice en ese momento. “Dejad que los niños, se acerquen a mí”. Pero no olvidemos la segunda parte de la frase de Jesús. “No se lo impidáis”. Frase que hoy repite, no sé si con el mismo enojo o tal vez con mucha comprensión. Pero en este caso no sólo se lo dice a los que hoy han heredado la misión de los apóstoles, sino que también va dirigida – ¡gran contradicción!-a los mismos padres que, en esos sacramentos, han acercado sus hijos al Señor.

Porque se da la paradoja, en nuestra Iglesia, que con frecuencia, son los mismos padres que piden el Bautismo o la Primera comunión de los niños los que después o a la misma vez, los retiran o los van retirando de la cercanía con Jesús, cuando se despreocupan totalmente de su formación religiosa y sobre todo de darles un ejemplo de verdadera vida cristiana, dejándola en manos exclusivamente de unos catequistas o unos profesores de religión, cuyo contacto con los niños son un escasa hora semanal.

Cuando en la casa nunca se reza, cuando nunca se habla de Dios, ni de Jesucristo, ni de la vida cristiana…, se está alejando a los niños de la cercanía con el Señor. Cuando en la casa se habla mal de alguien, se insulta, se orienta a los niños a que se defiendan con violencia, se les inculca actitudes egoístas de indiferencia ante los necesitados, se está alejando a los niños del Señor, porque el Señor no sólo está presente en los Sacramentos, en la oración y en la Iglesia, sino también en los hombres, que son su viva imagen.

Yo creo que ahora que lo que Jesús nos quiere decir a todos, especialmente a esas familias, lo dice sin enojo; yo creo que es comprensivo con nosotros, porque sabe que no hay mala intención, sino despreocupación porque el tiempo nos lo ocupan otras preocupaciones, entre las que se encuentran el porvenir de sus hijos.

Por eso, creo que lo que hace es pedírnoslo por favor: ¡Por favor no se impidáis!... ¡Es por su propio bien! ¡ Es por su más sano porvenir!

Pin It

BANNER02

728x90