Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Hay una sordera, que no es una deficiencia física, y que padece gran parte la humanidad y padecemos también muchos cristianos y que se manifiesta en nuestras oraciones.

Con mucha frecuencia, cuando decimos que oramos lo que hacemos es escucharnos a nosotros mismos, como un sordomudo, que sólo escucha lo que medita en su interior. La sordera, bastante común en la piadosa práctica de la oración, consiste en centrarnos en nuestros propios apuros y ambicionar, además, que Dios sólo se ocupe de nosotros y nos solucione lo problemas.

Dicho con otras palabras, acudimos asiduamente a Dios para que nos escuche, no para dialogar con él, que supone hablarle y dejar que él nos hable: Además cuando le exponemos nuestras contrariedades, le exigimos también la solución que nosotros queremos y si no viene esa solución, resulta que el sordomudo es Dios. No queremos que se haga su voluntad, sino la nuestra, porque nosotros sabemos mejor que él lo que nos conviene.

Es cierto que Jesús nos dijo “pedid y se os dará” y “todo lo que le piáis al Padre en mi nombre os lo concederá”. Esa actitud manifiesta una confianza en Dios como Padre y expresa, también, un talante de humildad y una profunda fe. La misma humildad y confianza que manifestábamos, de niños, cuando acudíamos a los padres, solicitando una ayuda, que sabíamos que no nos iba a ser negada. Pero la respuesta de los padres, con una visión más amplia que la nuestra, no siempre coincidía con lo que nosotros les pedíamos. Y nos ha ido bien en la vida con esa ayuda y esa confianza en ellos.

Pues bien, dejemos a Dios ser Padre y ser Dios, que tiene una perspectiva mas grandiosa que la nuestra, porque su mirada abarca pasado, presente y futuro, que nos responda como él crea conveniente, que seguro que será mejor solución que la que nosotros le proponemos.

Es verdad que muchos de nosotros, de niños, aprendimos en el catecismo aquello "Orar es elevar el alma a Dios y pedirle mercedes". Lo malo es que esa fórmula nos ha llevado incontables veces a esa sordera ante Dios, pues a fuerza de sólo pedirle, no dejamos lugar para que pueda hablar él y podamos nosotros escucharle.

No intento decir que esa definición del catecismo sea falsa, lo que si me parece es que es deficitaria, pues habría que añadir que también es oración escuchar a Dios, con el deseo de hacer su voluntad o que se haga su voluntad. No creo que el Señor se equivocara cuando en el Padre Nuestro, expresaba: “hágase tu voluntad en la tierra, como ya se hace en el cielo".

Es necesario, creo yo, una reeducación en la oración, aunque sea simplemente para que nuca dejemos a Dios “con la palabra en la boca”, como si fuese un desprecio, aunque estoy seguro que no lo hacemos conscientemente.

La paciencia de nuestro Padre Dios sigue siendo ilimitada. Consciente, como es, de que con frecuencia, lo dejamos “con la palabra en la boca” no ha perdido la esperanza de que seamos capaces de hacer aunque sea un breve silencio y le escuchemos. Por eso no cesa de hablarnos, aunque sus palabras “se las pueda llevar el viento” .

Dios se sigue comunicando en Jesús, la Palabra, hecha vida, que habita entre nosotros; Dios nos sigue hablando en su Palabra Escrita, que él mismo inspiró, para que su mensaje permaneciera revelándose por todos los siglos, expresándonos en ella su voluntad y amor; nos habla, además, por las personas que nos rodean y por sus circunstancias concretas, invitándonos a la generosidad y al diálogo.

Pero Dios también nos sigue hablando hoy por su Iglesia, en la que su Espíritu vive y mediante la cual continúa realizando en el mundo la misión evangelizadora que comenzó su Hijo Jesucristo, a la que hoy nos envía a nosotros, para difundir por todo el mundo que no estamos huérfanos de divinidad, que tenemos la suerte de poder gozar la cercanía de un Dios es Padre que no es sordomudo, pues sigue dando oídos a nuestras súplicas y sigue hablándonos del amor y con amor, calladamente, cuando cerremos nuestros oídos a la algarabía de los dioses de este mundo y los abramos a su susurro cariñoso.

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