Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Leyendo un comentario sobre el relato evangélico del discurso del “pan de vida”, me he encontrado con un interrogante que sinceramente nunca me había planteado y no creo que sean muchos los cristianos que se lo hayan planteado. Dice el comentarista: ¿Por qué al Señor Jesús se le llama el Buen Pastor y nunca ha cuajado el título del Buen Pan, cuando todo el evangelio huele a  pan recién sacado del horno?

Jesús nace en la “Casa del pan”, que eso significa en hebreo la denominación de Belén. Jesús se apiada de la multitud hambrienta y la sacia con panes bendecidos y multiplicados. El pan está presente en su oración, al menos así nos enseñó él a rezar: “danos hoy el pan de cada día” Jesús simboliza la salvación de Israel con la oferta de un pan de Dios y así se lo expresará a aquella mujer extranjera que le solicita la curación de su hija. “no está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Y la madre angustiada, entendió perfectamente a qué se estaba refiriendo el Señor, cuando dice que ella se conforma, como los perros, con las migajas que caen de la mesa. Y en la sublime despedida del primer Jueves Santo de la historia, nos dejó, en el Pan, su Cuerpo, para permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos.

¿No merece  nuestro Señor ser llamado el Buen Pan?

En la Sagrada Escritura, el pan es don de Dios y símbolo y resumen  de toda necesidad. El que carece de pan, carece de todo. Es alimento, fuerza, medio de subsistencia. Pero también este don de Dios requiere del esfuerzo laborioso del hombre al que Dios ha dado la tierra que produce frutos. Y algo muy importante en el simbolismo del pan es su  mediación para la comunión  (común-unión entre los seres humanos). El pan que une. a los hombres en la mesa como familia. Es el pan ofrecido al visitante en la tradicional hospitalidad oriental.

Tendríamos que decir que todas esas peculiaridades del pan  se encuentran en el “Pan de vida” con que se define Jesús. Dios, compadecido del hambre de felicidad de los seres humanos, nos regala en Jesús  su Pan del Cielo, que alimenta nuestras mejores esperanzas. Cuando nace el Hijo de Dios, en  éste niño se hace plenamente realidad el dicho popular “cada hijo viene pan bajo el brazo” “Yo soy el Pan bajado del cielo, diría Jesús.. Pero un pan que tuvo que amasar en su vida, con el esfuerzo y el dolor que supuso su deseo de alimentarnos de divinidad: la incomprensión, el rechazo, la calumnia despiadada, la soledad, la traición,  la tortura, la muerte inhumana y violenta. ¡Menuda tarea del Pan y Pandero bajado del cielo, para que ahora nosotros valoremos ese pan  tanto, o poco menos, que el pan abundante de los supermercados!

Un objetivo fundamental de Jesús al ofrecernos su Pan es crear unos vínculos familiares, fraternos, entre todos los seres humanos, sentados como familia en la misma mesa preparada por el Padre, en la que Jesús es anfitrión y alimento. Por eso el Pan de la  Eucaristía se convierte en alimento esencial para el creyente. Es invitación a todos los que están cansados y agobiados o tienen hambre y sed de verdadera felicidad. Es alimento que fortalece en cualquier necesidad de consuelo y esperanza, en cualquier tarea esforzada por la búsqueda de justicia y de libertad, de paz y de fraternidad.

Al alimentarnos con este  divino Pan, dentro de nosotros queda lo esencial de cualquier pan, su levadura. Es decir nos convierte en algo esencial para ser en nuestro mundo quienes fermentemos y hagamos  la vida sabrosa, porque la vida como el pan es un regalo de Dios y mucho más esta vida, que alimentada por el Pan de Vida, se convierte en existencia henchida de eternidad, liberada del amargor con que los falsos dioses nos hornean  y nos “venden” un pan, que tiene breve fecha de caducidad y cuyo peor bocado es el de la muerte, para la que ellos no tienen  ni protección ni medicación, por mas que se empeñan en ofrecernos unas inútiles vacunas contra el ansia de eternidad..

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