Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Hay una frase que se repite con frecuencia en nuestra sociedad y sobre todo desde los portavoces o simpatizantes de los gobiernos de turno, cuando la Iglesia hace alguna declaración o manifestación contra algunas propuestas gubernamentales: la Iglesia no debe meterse en política. Con lo que vienen a decir a los ciudadanos que a la Iglesia…ni caso.

La frase sería aceptable sin con ella se nos quiere decir que es poco aconsejable para la Iglesia meterse en ese mundo, si no quiere caer en el evidente descrédito que sufre, no sé si acertada o erróneamente la clase política. Aunque hay que reconocer que el verdadero oficio de la política es uno de los más nobles. Servir a la colectividad dedicando tiempo, esfuerzo y talento en beneficio del conjunto de la sociedad, merecería el aplauso de todos. Pero quizás como en todos los grupos sociales, la mala actuación de unos pocos se generaliza en la mayoría. Eso también le ocurre a la Iglesia. Pero, de todas formas, me parece que no “van por ahí los tiros”. No es una advertencia para que no caigamos en posible descrédito. Lo que se pretende es arrinconar a la Iglesia y a Dios en las sacristías.

Se pretende que las sacristías sean el único foro donde los cristianos podamos hablar de la familia y del matrimonio, del respeto a toda vida humana, incluidos los no nacidos, que por mucho que se empeñen en desnaturalizarlos, son seres humanos, de la educación de los niños y los jóvenes, de la sexualidad, de la distinción, que no primacía de uno sobre otro, entre hombre y mujer, de la justicia o injusticias… Todo eso son cosas del César, se dice, y es el César el que, según su ética personal o colectiva de su grupo, los que tienen que legislar (¿para todos?) sobre esos asuntos. Lo que ha que darle a Dios sería, entonces: Misas, rosarios, inciensos… sin dejar las procesiones y romerías, que si son rentables política y económicamente.

Todo esto tiene e trasfondo ideológico de ese tipo de ateísmo, hoy llamado laicismo, que al contario de lo que defienden, no pueden vivir sin Dios, en el que dicen no creer. No pueden vivir sin tenerlo como enemigo a quien desterrar o exilar: no pueden vivir sin tener a quienes desacreditar porque creen en él o porque desde su ética no comulgan con las piedras de molino, que ellos presentan como píldoras doradas, que sanan todos los males sociales.

Pero lo peor en la Iglesia no son tanto las agresiones que nos puedan venir de fuera, sino el propio convencimiento de muchos creyentes de que lo nuestro es la sacristía y el incienso. Los cristianos somos cristianos para nuestro pueblo, para la gente con la que convivimos en esta sociedad, para los que sufren las consecuencias de una sociedad injusta y para los que tienen miedo a perder su estado del bienestar. Los cristinos estamos obligados por nuestra fe, siguiendo la invitación del Señor, a ser signos de la presencia de Dios en nuestra realidad, abiertos al diálogo y al encuentro con todos los grupos humanos, sin que eso exija perder nuestra identidad y adaptar el mensaje evangélico a las veleidades temporales de cualquier época o de cualquier situación social, como si hubiera, por ejemplo, un evangelio para las misiones en los países del tercer mundo y un evangelio distinto ajustado a los intereses de la cómoda situación de las países del primer mundo.

Entrar en dialogo con todos los grupos y sectores humanos, no significa compartir los valores de todos. El cristianismo tienen sus propios valores evangélicos a los que no puede renunciar si no quiere perder su identidad y debe tener también su propio espacio en la sociedad, pudiendo hablar libremente a todos en nombre de Dios y de su plan de salvación para el bien de la humanidad.

Por eso los cristianos ni podemos ni, en una sociedad libre, debemos permitir la encerrona en las sacristías. Por mucho que haya quienes busquen las tácticas mas adecuadas de callarla, apaciguarla, aunque pretendan hacerlo con amenazas a retirarnos cualquier ayuda económica. Otros pretenden silenciarnos humillando a diferentes personas eclesiásticas, sacando a bombo y platillo en los medios comunicación los errores de algunos sacerdotes, que una vez generalizados, puedan convertirse en el esperpentos de la sociedad… Todo es válido para que la Iglesia calle y vuelva a la sacristía.

Pero no olvidemos que también las sacristías tienen puertas y ventanas que dan a la calle.

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