Los árboles quemados

Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

 El verano es un tiempo aprovechado por los que disponen de unas vacaciones para viajar, no sólo a las más afamadas playas, como puedan ser las de nuestro litoral almeriense, sino también a la montaña.

Seguramente hemos admirado con frecuencia esos preciosos paisajes de montañas cubiertas de altivos pinos, engreídos de sus frondosas copas, de sus aromáticas resinas y sus robustos troncos. Y seguramente hemos despreciado los molestos matorrales, las zarzas y la maleza de hierbas inútiles.

Pero siempre llegan en verano los fatídicos incendios, provocados por la mala intención humana, por intereses económicos, o por las mismas fuerzas naturales. Testigos de esto estamos siendo estos días en distintas zonas de nuestra provincia. Hectáreas de arboleda abrasadas, cientos de hectáreas de monte bajo arrasadas. Sucumben los pinos y sus copas son antorchas incendiarias que, al caer, prenden en otros árboles; sus resinas son buen combustible para propagar el incendio; sus gruesos troncos son, a veces, un estorbo para los equipos de extinción.

La montaña quemada se configura con una hermosura especial,  placidez de cementerio - porque la montaña siempre es serena-  donde se contemplan unos palos ennegrecidos de muerte, como picas hirientes, como horribles trofeos de saqueo. Nada queda de su arrogancia y su empaque pasados.

La montaña nunca  pierde del todo su belleza. Si nos adentramos en ella y no nos limitamos a contemplarla desde los miradores de las carreteras, veremos que sigue verde, joven y fresca, porque la hierba, los matorrales y helechos engalanan sus rincones. Son las malas hierbas para unos, la maleza, pero son las que conservan el verdor, porque se recuperan antes que empiecen a dar las más mínima señal de vida. los rebrotes de los árboles altivos.

Algo parecido está aconteciendo en nuestra sociedad. La mayoría admiramos la esbeltez de aquello que sobresale y nos deslumbra: los grandes avances científicos, el desarrollo tecnológico que nos proporciona cada día lo que llamamos calidad de vida (y de los que huimos en vacaciones, curiosamente, buscando calidad de vida). Nos sentimos orgullosos de este mundo que hemos construido y nos contagiamos de la presunción de “estos árboles”.Nos endiosamos endiosando lo que hemos creado: sólo nos adoramos a nosotros mismos, que somos los adoradores de la ciencia y de la técnica, de los “árboles fornidos”.

Pero hay por ahí quienes andan pisando tierra, no solo mirando con catalejos la hermosura que hemos creado, y descubren el verdor menos llamativo, el verdor de las hierbas y los helechos, de esas cosas que no pueden enorgullecernos porque no las hemos creados nosotros como el amor, la esperanza, la fe en un Dios no fabricado por los hombres, la humildad, la solidaridad, la búsqueda de la justicia...

Para algunos esto es la maleza que impide el desarrollo, pero para ellos esto es la belleza, que debería acompañar al desarrollo y que queda en nuestro mundo cuando los grandes árboles caen... ¡y mayores que  los nuestros han caído!

Hay un empeño en algunos dirigentes de  nuestra sociedad de plantar  grandes árboles, a cuya sombra quieren obligar  cobijarse a todos, la llamada sombra del bienestar, tal como lo entienden los que dirigen el plantío: el dinero como la aspiración suprema, el placer ante todo y contra todos, el negocio como valor absoluto y el propio bien por encima del bien común...

Y ese tesón lleva consigo arrancar la maleza, querer sacar la gente de la contemplación de la belleza del humilde verdor de las hierbas y arbustos, que apenas dan sombra, pero es la sombra que independiza del cerco de los colosales árboles. No sé si lo conseguirán, esfuerzo, propaganda e ironía bien se gastan. Pero sería bueno que pensaran que si un día “arde” esta civilización, ¿qué quedará de belleza, de verdor, en nuestro mundo?

¡ Feliz día del Señor a todos los que amáis la belleza de las cosas sencillas!

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