Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Todo hombre siente en su interior el deseo de quedarse en el mundo y dejar en él algo de sí mismo, de marcharse quedándose. Dejar unos hijos que prolonguen y recuerden su memoria, dejar una casa construida, un árbol plantado, una obra de carácter científico, literario o artístico...  Es lo más humano. Como es muy humano dejar un deseo o un recuerdo no sólo de él mismo, sino también  de su tiempo, de sus amigos, de sus amores.  Ese deseo no es sino un reflejo de la sed de eternidad, es una manifestación de  una pretensión de no caer en el olvido, de que la muerte no sea el punto y final de nuestra historia.

Sin embargo, a pesar de ese deseo de eternidad,  no resulta fácil para todos creer en la otra vida. Hay quienes viven tan bien aquí en esta vida, que es difícil que puedan imaginar otra vida mejor. Y otros viven tan mal, tan atrapados por la pobreza y la miseria, que no quieren imaginarse una eternidad para seguir sufriendo así. Además ya se encargan los intelectuales de turno de no dejar resquicio para que puedan imaginarse esa otra vida y, mucho menos, si se les ha dicho que es mejor, porque según ellos eso es alienante.

A pesar de todo, son muchos los que, tarde o temprano y por distintas razones, reconocen que esta vida no merece llamarse vida,  que tiene que haber algo distinto, que esto que ahora viven y sufren  no puede ser  todo.

Decía el gran maestro Unamuno que no sabía si merecíamos un más allá y que aunque la lógica no lo demuestre,  “digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo necesito! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada”. Es muy cómodo esto de decir: “¡hay que vivir que es la única posible, hay que contentarse con esta vida!”  ¿Y los que no nos contentamos con ella? A esta pregunta se podría añadir ¿y los que no pueden, auque quisieran, estar contentos con ella?

Los creyentes confesamos que hay  otra vida, la vida eterna. Y, en contra de los que afirman que difundir esa creencia es crear alienación, es una de las pocas actitudes razonables, pues, si bien todos estamos convencidos de que no podemos vivir como si no tuviéramos que morir, también es lógico preguntarse  ¿pero podemos vivir sólo  para morir?

La fe en la otra vida se presenta, desde un punto de vista puramente racional, como la única victoria para los aparentemente  vencidos en nuestra sociedad. Sin esa fe, la historia sería sólo la crónica de los vencedores, de los poderosos, de los opulentos, de los que manejan la ciencia,  de los más fuertes, de los violentos, de los que no dudan en matar para conseguir sus propósitos. Si la vida termina con la muerte, matar es una  solución final, “muerto el perro se acabó la rabia”.

De otra parte, la fe en la otra vida es la única que puede dar sentido humano a la historia y al tan cacareado progreso, confundido hoy día con la expresión ambigua de “progresismo”, que viene a identificar como progresistas, sólo a los que aceptan mis ideas o las ideas del líder de turno.

De antemano todos estamos anticipadamente derrotados por el enemigo común que es la muerte Pero si esa muerte el final definitivo la historia humana no se diferencia en nada de una historia natural, en la que los individuos mueren en beneficio de la especie.

Pero tristemente a esa concepción de la vida y de la muerte, o mejor del deseo de luchar contra la muerte, eliminando unos a favor de la salud de otros, le hemos llamado progreso.

Hay otra vida, es decir, otra forma de vivir, ya aquí en la tierra. Y son muchos los que buscan con ilusión  y se esfuerzan con esperanza  en esa alternativa de hacer un mundo mejor, que no es lo mismo que un mundo más cómodo, sino más justo.

Jesús es, para los creyentes, la puerta de las ilusiones, esperanzas, alegrías... de los hombres. Y con su muerte y resurrección, ha venido a decirnos que Dios Padre, que ha sembrado en nuestros corazones un deseo de eternidad,  luego nos va a hacer la mala jugada de decirnos que éramos unos ilusos al creerle.

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