Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

Tenemos un Dios ideal. Y cuando digo ideal no quiero decir imaginario ni tampoco ideólogo, quiero decir que es lo mejor que la humanidad puede tener. Porque Dios es más grande que nosotros.

Hoy son muchos los que piensan que a la humanidad no le hace falta ningún Dios y, además, ya se encargan de propagar esta idea, como si quisieran hacer un favor a la sociedad,  eliminando a Dios. 

Presentan como prueba los grandes pasos agigantados que se han dado en la ciencia y en la técnica sin necesidad de Dios.  Ahora, dicen,  podemos vivir  con muchas más comodidades y ventajas que nuestros antepasados; ahora podemos trasladarnos a cualquier lugar del mundo, en pocas horas, a una velocidad  superior que del sonido; ahora el mundo en todos sus aspectos está en nuestra manos a través de Internet… Esos y muchos más son avancen innegables; ahora la sanidad ha conseguido prolongar la vida y curar enfermedades antes incurables… Pero ¿hemos progresado en humanidad? Reflexionemos sobre estos elocuentes datos: desde 1960, los crímenes violentos se han incrementado en un 560%; el índice de suicidios en adolescentes se ha incrementado en un 200%;  cada día, 6.000 personas en todo el mundo contraen SIDA; alrededor de 750 millones de personas sufren la plaga del hambre; sólo en España en el 2007 se practicaron  112.138 abortos y, por supuesto, no me voy a olvidar de los casos de depravación sexual, de violencia de género o de agresión callejera…

La lista puede ser mas larga si añadimos las guerras, las epidemias, el terrorismo fanático…

Pues, a pesar de esto, se nos quiere convencer de que no hay más dios que la misma humanidad y su progreso: pero, parece que ese dios, por lo visto, no está haciendo bien su faena.

¿No será mucho mejor tener un Dios que sea más grandioso que la humanidad? ¿No será mejor tener un Dios que sea más como un padre, un hermano o un amigo? Alguien con quien poder hablar sin necesidad de rellenar un formulario o una solicitud de para entrevista; Alguien para quien nuestros problemas no sean datos estadísticos, como los que hemos apuntado antes, sino dramas reales de personas concreta, con quienes él mismo sufre; Alguien que haga promesas que cumpla y no que regale los oídos  con falsa esperanzas para que le voten democráticamente; Alguien que nos ofrezca algo más que dinero y muchos cachivaches para vivir cómodamente; Alguien que no tiene enemigos, ni siquiera los que no le aceptan o le rechazan, sino que los ama profundamente; Alguien tan respetuoso que por no imponer a nadie sus ideas, ni siquiera impone la fe; Alguien con quien relacionarnos de tú a tú, sin barreras de guardaespaldas y sin que tengamos que conectar el televisor para verlo o escucharlo; Alguien con una memoria prodigiosa, capaz de almacenar en el corazón para  conocer y recordar a cada ser humano con sus nombre y apellidos, sin necesidad de recopilarlos en el disco duro de un ordenador; Alguien que nos conozca verdaderamente por dentro y por fuera y no sólo a través de un DNI o del ADN o de las huellas digitales; Alguien que por fin nos juzgue bien, comprendiendo nuestros errores, y ante quien no tengamos que tener miedo al “qué dirá”. Alguien así de ideal merece ser reconocido como nuestro Dios.

A la  mayoría de de las personas nos gusta y deseamos ser aceptados y queridos. Nos agrada que la los cercanos se preocupen por nosotros y nos presten sus cuidados, ante nuestros problemas, dificultades o sufrimientos. Pues bien, tristemente algunos – también cristianos- piensan en Dios como un ser aislado remoto y lejano, al margen del dolor, del sufrimiento y de la maldad en muestro mundo. Pero, a través de Jesucristo, hemos sabido que realmente le importamos, aunque las apariencias quieran desmentirlo.

Porque la cercanía de Dios no es para que  la vida se convierta en perfecta y maravillosa, sin problemas, ni dolores, ni sufrimientos. La vida no se vuelve perfecta, pero el camino se hace mas llevadero, de la mano del que nos ama, y nos lleva hacia la verdadera felicidad.

Un Dios así de ideal es el único Dios posible y si somos su imagen y semejanza, deberíamos ser también creyentes ideales.

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