La semana pasada celebramos la solemnidad de Pentecostés y, como es tradicional, el día de la Acción Católica y el Apostolado seglar. La Vigilia que precedió a la gran fiesta del Espíritu Santo se celebró, coincidiendo con el año paulino, en la parroquia de san Pablo Apóstol de la barriada almeriense de las Quinientas Viviendas con una gran participación de laicos pertenecientes a los diversos movimientos y asociaciones implantados en nuestra diócesis. La ocasión a que nos referimos me brinda la oportunidad de reflexionar una vez sobre la presencia de los laicos en el mundo y, más inconcreto, como miembros de asociaciones sean propiamente eclesiales o bien seculares donde participan activamente en la construcción del mundo como “sal y luz”.

Parece necesario en el momento actual del mundo y de la Iglesia que las asociaciones propiamente eclesiales desarrollen un fuerte sentido de comunión y de unidad, en la doctrina, en la vida y en los objetivos y prioridades apostólicas, en estrecha relación con el obispo y los sacerdotes, en una conciencia fuerte de unidad de vida y de misión. Es un error y una tentación la actual tendencia a subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor a lo específico que a lo común,  apropiándose con frecuencia como notas propias de un movimiento o de una asociación las notas y bienes que son comunes y propias de toda la comunidad cristiana. Esta tendencia a hacer prioritario lo específico, dejando en segundo lugar lo que es común, que es siempre lo más importante, no favorece la conciencia de la unidad, dificulta la colaboración y debilita el vigor y la capacidad apostólica de la comunidad eclesial en su conjunto.

En cambio, cuestión diferente son las asociaciones seculares en las que militan los cristianos donde conviene que tengan la mayor autonomía posible, para que se muevan en el terreno de las instituciones seculares con la misma libertad y los mismos derechos que los demás, dejando la vinculación eclesial a las relaciones personales de los cristianos con los responsables y los miembros de su comunidad eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones cristianas en la elaboración de los estatutos, selección de objetivos y realización de sus actividades.

Estas asociaciones seculares pueden ser promovidas por cristianos con una inspiración cristiana en su misma estructura, o bien pueden ser asociaciones seculares que han surgido por otras necesidades y cauces, en las que los cristianos puedan actuar cómodamente según su conciencia. Es evidente que los cristianos pueden militar en cualquier asociación con tal de que sus fines no sean expresamente contrarios a la doctrina y a la moral católica. En cualquier caso el mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en una asociación secular no confesional es que tengan la suficiente libertad y el suficiente respeto como para poder disentir de todo aquello que sea contrario a su conciencia y no encuentren un rechazo sistemático a los argumentos y sugerencias inspiradas en la tradición cristiana. Tenemos el derecho a preguntarnos si hoy los católicos que militan en ciertos partidos políticos, sindicatos u otras asociaciones semejantes, tienen esta libertad y sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus puntos de vista siempre que estén comprometidos los juicios y valores de la conciencia cristiana. Más en concreto, ¿los cristianos que militan en nuestros actuales partidos mayoritarios pueden discutir y exponer sus argumentaciones y su visión del aborto, del respeto a la vida en sus diferentes fases, de la protección del verdadero matrimonio en los órganos competentes, en igualdad de condiciones con los demás? ¿Lo hacen de hecho? He aquí una grave cuestión. A veces tiene uno la sensación de que algunos cristianos comprometidos políticamente critican más a la Iglesia desde los presupuestos de sus partidos respectivos, que los programas políticos de sus partidos desde los presupuestos de la Iglesia. Puede más la identidad partidista e ideológica que la identidad eclesial y cristiana. Siempre ha sido difícil, en palabras de Jesucristo, “estar en el mundo sin ser del mundo”.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal.

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