En el día de Pentecostés, al final de la cincuentena pascual, la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a la Virgen María. En este día la Iglesia celebra también el día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica pues no en vano la efusión del Espíritu Santo supuso para aquella primera comunidad de seguidores de Jesucristo un cambio profundo que les transformó su vida y les convirtió en testigos de lo que habían visto y oído.

La experiencia de Cristo resucitado llevó a los discípulos a la evidente convicción de que el anuncio de las verdades cristianas es inútil si no es en íntima comunión con el mismo Jesucristo que envía. Nadie está exento de la tentación de caminar por libre olvidando al Señor convirtiendo así la tarea apostólica en campo estéril como les ocurrió a aquellos discípulos que bregaban en la mar sin fruto alguno. ¡Cuántas veces nos afanamos por miles de cosas con olvido de lo esencial! De aquí que la primera preocupación de todo bautizado deba ser la unión con Cristo, unidos a Él como los sarmientos a la vid, pues de lo contrario nuestra acción pastoral será un continúo bregar sin frutos de santidad.

La Comisión Episcopal de Apostolado Seglar de la Conferencia Episcopal española nos propone celebrar la solemnidad de Pentecostés bajo el lema, tomado de la carta de san Pablo a los Romanos (10,15), “¡Que hermosos son los pies de los que anuncian la buena noticia!”. El lema nos recuerda el encargo hecho por el Señor a sus discípulos de ser “luz del mundo y sal de la tierra” y el consiguiente compromiso de colaborar en la misión apostólica que, en palabras de Pablo VI, constituye para la Iglesia “su dicha, su vocación y su identidad más profunda”.

La Iglesia y, por tanto, sus movimientos y asociaciones, hoy más que nunca han recibido el encargo de manifestar al mundo el misterio del infinito amor de Dios a sus criaturas defendiendo la dignidad de todo ser humano. No es tarea fácil pero hemos de seguir en el empeño sin desfallecer trabajando por el reconocimiento de los derechos humanos entre los que destacan el derecho sagrado a la vida desde la concepción a la muerte natural, el derecho a la libertad religiosa y de conciencia, el derecho al trabajo y a una vivienda digna, la promoción del matrimonio cristiano y de la familia y la promoción de la paz. También, de manera especial, el Apostolado seglar en este momento de crisis económica que afecta sin duda de un modo especial a los más desfavorecidos de la sociedad, debe denunciar las injusticias sociales y hacer constantes llamadas a impulsar el compromiso caritativo de todos los miembros del pueblo de Dios, como alma y apoyo de la solidaridad para con los más necesitados.

Estamos convencidos, como nos dicen nuestros obispos, que “El Espíritu Santo, que enriquece a su Iglesia con múltiples dones y carismas, continúa actuando en el mundo y en nuestros corazones para que, desde la contemplación del amor de Dios, trabajemos por la comunión eclesial y vivamos con entusiasmo a la misión”. Y, prosiguen nuestros Obispos, “cuando surjan las dificultades y las incomprensiones, poned vuestras vidas en las manos del Señor, pedid su ayuda y seguid el ejemplo de los grandes evangelizadores como san Pablo. En este año paulino, en el que conmemoramos el bimilenario de su nacimiento, sigamos las huellas de quien supo buscar el momento oportuno y la palabra adecuada para anunciar a Jesucristo”.

En resumen, para ser testigos y trabajar por la extensión del reino de Dios en nuestro hoy, nada más esencial que actuar siempre en nombre del Señor y en nombre de la Iglesia.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal

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