Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

La palabra de Dios no es un compendio de narraciones para recordar el pasado de la Historia concreta del pueblo de Israel. La palabra de Dios siempre tienen actualidad. Así lo afirmaba Jesús, cuando de visita en su pueblo de Nazaret, acudió a la Sinagoga con el fin de presentar ante sus vecinos el programa de vida y acción que el Padre Dios le había encomendado y para ello, recurrió a un texto escrito casi seis siglos antes: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.” Y para dejar bien claro que esa Palabra de Dios proclamada por Isaías, no era sólo una alusión al pasado, afirmo tajantemente: “Esta Escritura, que acabáis de oír, se cumple hoy.”

Así la aldea de Nazaret vivió su gran segundo Pentecostés de la Historia. El primero fue cuando bajo el Espíritu sobre la muchacha nazarena, María, para engendrar en ella la Palabra hecha carne, hecha actualidad en el tiempo. El segundo, es este  cuando Jesús proclama que el Espíritu está con el para esa hermosa misión, que no es otra que la de dar una respuesta por parte de Dios a una sociedad en crisis religiosa, política, moral y social.

Hoy en nuestro Nazaret particular que es este mundo concreto en que vivimos, esta sociedad y este momento histórico, donde también vivimos en una sociedad en crisis, necesitamos de nuevo que venga Jesús con su Espíritu para renovar con su Buena Noticia, tantas esperanzas perdidas y defraudadas, para derramar sobre el mundo el ansiado, y nunca del todo alcanzado, don de la verdadera libertad, para aliviar el dolor y el sufrimiento de las víctimas de toda crisis, para que  el mundo conozca el abrazo de Dios.

Porque el Espíritu Santo, en Jesús, es el abrazo vivo de Dios a la humanidad, el beso cariñoso de un Dios enamorado de nosotros. Abrazo que agrupa a los alejados y hermana a los opuestos en un “solo rebaño y un solo Pastor”. Este abrazo del Espíritu nos funde en una lengua común, una bolsa común y un solo corazón, las tres grandes expresiones  del amor cristiano.

El Espíritu nos de  un idioma de universal de la comprensión y se hace  mesa redonda para dialogar, el diálogo para que puedan  entenderse a todos los hombres, esa  fuerza del palabra  que acerca, une, rompe barreras, deshace muros, supera perjuicios, y consigue que si nos es posible eliminar las diferencias, se pueda crear un clima para vivirlas armoniosamente, de forma que el otro no nos resulte extraño ni le condenemos como dejado de la mano de Dios.

El Espíritu llena nuestras mochilas de caminantes del don de la solidaridad para que hagamos bolsa común  con los necesitados, del don de palabras y gestos de aliento para los enfermos, del don de la confianza y esperanza en Dios y en nosotros para los que sufren, del don de valentía para implicarnos en la tarea de hacer Reino de Dios, para conseguir un mundo mejor, según los planes de Dios.

El Espíritu cambia los corazones de piedra en corazones de carne, en casa común para convivir, donde  se ama de tal manera que el otro es algo nuestro, prolongación de nuestra propia familia; es alguien cuyas heridas nos hieren profundamente y cuyos gozos nos hacen saltar de alegría.

Jesús fue portador de esa ternura de Dios y exhaló su Espíritu sobre nosotros, los cristianos, para que lo derramemos generosamente en nuestro mundo, pero de un modo especial en tiempos de cualquier crisis, como los nuestros. Porque, a pesar de progresos elocuentes en el camino del entendimiento, el mundo sigue agrietado por los cuatro costados. Las discrepancias de todo tipo, las desavenencias y los enfrentamientos, son nuestro pan diario, dentro mismo de las familias y las comunidades. Pero también en ese pequeño mundo que es nuestra  vida de cada día se dan las que llamamos pequeñas divergencias, que luego no las hacemos  tan pequeñas, aunque las motivaciones sean ridículas e insignificantes cuando las analizamos seriamente.

Por eso nuestro mundo y nosotros necesitamos de el abrazo y el beso de Dios que es su Espíritu, que nos capacite para extender nosotros esos abrazos y besos de Dios a toda la humanidad.

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