Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

La epidemia de  gripe, que unos designan como “porcina”  y otros como “gripe americana” por su origen, está poniendo de manifiesto el miedo de una sociedad del bienestar al deterioro de la salud de los que, a pesar de  la crisis económica,  seguimos disfrutando de una vida mejor que la de los que viven, obligados por la injusticia social,  en crisis permanente y duradera.

De ahí que se hayan disparado todas las alertas sanitarias de las que está bien pertrechada nuestra sociedad y, de ahí, que se haya  convertido en noticia de primeras páginas de todos los periódicos, de todas las emisoras de radio y televisión que, día a día, nos van dando los datos de los pocos fallecidos, hasta ahora, de los muchos infectados y de los mucho más en observación, por si lo estuvieran.

Ha llegado a mis manos, a través de una revista de misiones, la noticia de que en Malí, Burkina Faso, Niger y Nigeria, han fallecido ya, desde Enero hasta hoy, unas mil  personas a causa de una epidemia de meningitis., que supone casi diez veces más el número de los fallecidos por la tan cacareada epidemia de gripe. Si a esto añadimos, sólo en el continente africano, todas las víctimas del paludismo, de la malaria, de la lepra, del SIDA,  del hambre o de las absurdas guerras tribales…,la cifra se multiplicaría exageradamente. No pretendo hacer  un macabro ejercicio de comparación de número de muertos, pues toda muerte es lamentable,  sea en cualquier lugar del mundo o sea por la causa que sea, sin depender del número.

Lo que si pretendo es acometer una reflexión sobre el doble rasero que usamos para  medir los acontecimientos. En cuanto, desde nuestra más acomodada posición, vislumbramos cercanas “las orejas del lobo”, enseguida surgen las alarmas: perdida del nivel adquisitivo por la crisis económica, pérdida de la seguridad en el trabajo o posible perdida de una buena  salud por una enfermedad que se va contagiando. Y las alarmas se convierten en noticia.

Pero no nos hacemos eco, ni nos causa alarma alguna, ni por supuesto ponemos todos los medios que deberíamos poner, cuando eso mismo, pero llevado al peor extremo, sucede en el Tercer Mundo. ¿Acaso es que vemos natural y lógico que esas desgracias son propias de los más pobres, pero no tendrían que afectarnos  a los que vivimos mejor? ¿Por qué ni si siquiera llegan a ser noticia?

El olvido o la conformidad con que miramos las situaciones dramáticas de los desfavorecidos, son un signo mas  de que nuestro primer mundo está deteriorando el amor. El amor del que se habla, quizá más que nunca,  es sólo “gato por liebre”. Es un sucedáneo, un amor manipulado e incluso atrevidamente legalizado al servicio de unos intereses ideológicos de los que dirigen la sociedad. Por eso el amor está perdiendo su fuerza social, su carácter de vínculo familiar, su exigencia de lealtad en lo matrimonios y entre  las amistades, su compasión ante los sufrimientos ajenos, su ternura con toda vida incipiente o menguante de los otros. El amor está siendo sustituido, con ventaja según algunos, por unas relaciones amorosas, efímeras, no vinculantes Se nos quiere convencer de que el amor es sólo un delirio temporal que se va acabando  con los años y la  experiencia de la vida. Y esto afecta también al amor hecho solidaridad, como se dice hoy, a lo que los cristianos hemos llamado siempre caridad.

Pero se nos quiere convencer de algo, aún peor. Se nos quiere inculcar que el amor no resuelve los problemas sociales. Como si los medios que se han utilizado a lo largo de la historia, como la violencia o la guerra, la represión o la legislación hubiesen conseguido solucionar algo de esos problemas, Basta con mirar el ejemplo de África, que hoy he traído a nuestro recuerdo.

Creo que ese amor, que estamos perdiendo, ese amor en el que ya no creemos, ese amor que estamos sustituyendo por cualquier sucedáneo, ese amor increíble es la única fuerza en la que podemos creer, si de verdad creemos, por lo menos, en la vida.

No podemos negar la epidemia de gripe, ni otras epidemias que amenazan la salud de los seres humanos. Pero hay una epidemia peor que es la que está extendiendo un virus muy antiguo, pero que se renueva constantemente, llamado “egoísmo”, que está haciendo estragos con el amor y por lo tanto con la humanidad.

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