Manuel Antonio Menchón Vicario Episcopal

En el capítulo 9 del libro bíblico de los Jueces, se nos narra la siguiente fábula: Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano”. Los cedros de Líbano son árboles resistentes a las altas temperaturas… su madera es muy preciada… pesada, densa, fuerte, duradera y aromática. Podemos imaginarnos los árboles que habían ido a pedir rey pues si los cedros del Líbano, que soportan altas temperaturas, iban a ser devorados por la zarza, cuánto más los otros Esta fábula de los árboles buscando un rey que reinara “sobre ellos”, la recitó un tal Jotam a los habitantes de la ciudad de Siquem, cuando eligieron como rey a su hermanastro Abimelec, un asesino que había decapitado sobre una piedra a todos sus hermanastros, menos a Jotán que consiguió escapar.

La fabula y el acontecimiento histórico bíblico siguen teniendo hoy actualidad, sobre todo cuando nos encontramos con personas que tienen una gran ambición de poder y para conseguirlo no dudan en utilizar el juego sucio, la calumnia o el insulto al contrario, como zarzas ardientes que pretenden quemar la trayectoria de los opositores. ¿Qué mueve a este tipo de personas a buscar ansiosamente? ¿Qué intención abrigan verdaderamente en su interior? Los que ambicionan el poder por el afán de mandar e imponer así sus criterios e ideologías a los subordinados, dirán, como lobos disfrazados con piel de cordero, que lo que pretenden es servir y mejorar la situación del pueblo, es decir lo mismo que pretenden los que realmente quieren gobernar honradamente como buenos servidores, pero los árboles se conocen por los frutos y las zarzas no dan bueno frutos, sólo hieren.

Pues bien, en nuestra sociedad hay abundancia de zarzas, que pretenden quemar toda clase de árboles que no sean también zarzales. Por eso, para nuestro propio bien, debemos de cuidar y dar gracias por la presencia en nuestra sociedad de personas que son como humildes y útiles árboles que nos dan tan generosamente sus frutos, sombra y oxígeno, allí dónde estén.

Pero los cristianos ni siquiera pretendemos ser árboles, mucho menos zarzas, nosotros tenemos ya un humilde y servicial arbusto, del que sólo queremos ser ramas de las que salgan los frutos. Me refiero a Jesucristo, que se presentó a sí mismo como una vida y nos invitó a ser sus ramas, sus sarmientos, para que los frutos que demos, sea los frutos de esa vid, no los nuestros, porque separados de él no secamos y podemos terminar quemados por las zarzas.

Entre los sarmientos y la vid hay una comunión de vida con tal de que aquellos permanezcan unidos a la vid. Y ésta es la condición para que el sarmiento dé fruto. "Dar fruto "Y el fruto que Jesucristo espera de sus sarmientos es el amor, que es lo por lo que vivió y murió. Todo lo que sea de justicia debe ser englobado por el amor cristiano. Y hablamos de justicia, cuando reconocemos al otro como a un igual, cuando le aceptamos con su dignidad y derechos, cundo respetamos y toleramos sus ideas y sus creencias o increencias, cuando hacemos por ellos, lo que nos gustaría que hicieran por nosotros. Buscar el bien por amos, no es hacer leyes, el amor no está legislado. Sale de dentro antes de que se crearan las leyes y el derecho. Y por eso es más eficiente, más imaginativo, más humano, más comunicativo…, por eso da mejores frutos.

“Con el paso de los años he observado que las personas más sabias, inteligentes y cultas son las más sencillas, humildes y de trato más cálido y humano. Y las menos inteligentes y sabias son las más soberbias y altaneras. Estas últimas se creen superiores a sus semejantes y con derecho a dirigirlos y humillarlos venido el caso. Es asqueante ver a ese tipo de personalidades en cualquier lugar, pero principalmente en la política y la educación. Son una lacra para nuestra sociedad, nuestro medio ambiente, nuestra evolución y nuestra dignidad. Porque de zarzas está plagada nuestra sociedad, y yo voy a pegar fuego a todas las zarzas del mundo con la palabra. Y voy a abrazar, cuidar y dar las gracias a los hermosos, humildes y útiles árboles que nos dan tan generosamente sus frutos, sombra y oxígeno, allí dónde estén.”

“Una mente pura detesta imponerse a sus semejantes y, al igual que Washington, considera que la honradez es siempre la mejor política”.

Con el paso de los años he observado que las personas más sabias, inteligentes y cultas son las más sencillas, humildes y de trato más cálido y humano. Y las menos inteligentes y sabias son las más soberbias y altaneras. Estas últimas se creen superiores a sus semejantes y con derecho a dirigirlos y humillarlos venido el caso. Es asqueante ver a ese tipo de personalidades en cualquier lugar, pero principalmente en la política y la educación. Son una lacra para nuestra sociedad, nuestro medio ambiente, nuestra evolución y nuestra dignidad. He copiado en favoritos este texto, porque me parece magistral todo su contenido. Son pensamientos que siempre me han acompañado y ahora encuentran una forma de expresión sublime en este texto, que leeré una y mil veces (lo he copiado en favoritos). Y cada vez que me tope con algún personajillo, muy abundantes por desgracia, en nuestra actual sociedad, lo recordaré para no deprimirme y para sentirme menos sola. También me voy a aprender de memoria este pasaje de la Biblia, para que jamás se me olvide y venido el caso recitárselo a quien corresponda:

Porque de zarzas está plagada nuestra sociedad; y yo, que, a estas alturas, de santa tengo muy poco y la lengua con el paso de los años se me está soltando, sin freno ni vergüenza, ante los personajillos, voy a pegar fuego a todas las zarzas del mundo con la palabra. Y voy a abrazar, cuidar y dar las gracias a los hermosos, humildes y útiles árboles que nos dan tan generosamente sus frutos, sombra y oxígeno, allí dónde estén.

¿Qué mueve a un hombre a querer reinar sobre otros hombres? ¿Qué intención anida en el corazón del que manda o aspira a mandar? La respuesta de todos los filósofos y estudiosos de la conducta humana ha sido unánime: la soberbia y la ambición. ¿Qué induce a la muchedumbre a querer ser gobernada por individuos semejantes a ella? ¿Por qué los espíritus serviles “buscan abrigo” a la sombra de los que tienen dotes de mando o manías de poder? La respuesta es igualmente unívoca: a cambio de seguridad y cobijo.

¿Dónde está pues el enigma de la servidumbre voluntaria? ¿Dónde el mérito de los líderes y gobernantes que pastorean a los hombres cual simple rebaño administrado? ¿Qué hay de enigmático en esta indigna complicidad entre amos y esclavos, entre soberbios y abyectos? ¡Es todo tan evidente y vulgar!

LA ESENCIA DEL HOMBRE ES SU NECESIDAD

Decía Demócrito que cada cosa existe por una razón y por necesidad. El célebre biólogo francés Jacques Monod prefería creer que el ilustre filósofo de Abdera había dicho que el mundo estaba regido por el azar y la necesidad. Pero dudo que esa, con ser la más común, sea la versión correcta del fragmento citado. Porque el azar no existe; y, como afirmó Einstein, “Dios no juega a los dados”. La necesidad todo lo gobierna con mano de hierro y trata a los hombres como a perros de paja. La esencia de un hombre es su necesidad, sus deseos más apremiantes e insoslayables. La necesidad que nos viene impuesta por naturaleza, eso somos. Decía Nietzsche del apóstol Pablo que “su necesidad era el poder”. Tal vez. Esa es la necesidad común de todos los que se consagran a la tarea indecente de dominar a otros hombres, pues si fueran honestos reconocerían que su máximo deleite consiste en gobernar vidas ajenas. Se les conoce a la legua porque prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león. Son lobos en busca de presa.

Pero, como dijo Ibsen, hay lobos porque hay ovejas. Pues como unos no hallan sosiego si no son mandados, otros encuentran sumo placer en mandar. La necesidad de poder y la de seguridad, la de buscar amparo y la de amparar, se equilibran a la perfección, como uno de esos pares de opuestos de los que hablaba Heráclito.

Por eso es tan difícil encontrar la verdadera grandeza. Hoy, como ayer, ni con la linterna de Diógenes encontraríamos en la política -o en otras muchas profesiones copadas también por los más ambiciosos-a un ser humano auténtico, libre, íntegro, equilibrado, un verdadero Hombre en suma, que sea dueño de sus pasiones y no consienta que se adueñe de él ni la mezquina abyección ni la manía de grandeza.

No dudo ni un instante de lo dicho por Camus: “Los que llevan en sí una grandeza, no hacen política. Y así en todo”. Los que son portadores de alguna grandeza no hacen hoy política (en el peor sentido del término) ni se consagran a ella, porque no teniendo necesidad de ser poderosos tampoco podrían dejar de ser honrados. Una mente pura detesta imponerse a sus semejantes y, al igual que Washington, considera que la honradez es siempre la mejor política. Ni el olivo ni la higuera ni la vid renunciaron a su naturaleza propia “para ir a ser grandes sobre los árboles”. El olivo prosiguió dando su aceite, la higuera su dulzura y la vid su mosto, honrando, endulzando y alegrando respectivamente con sus frutos naturales la vida de los hombres. Sólo la zarza, de aspecto desapacible y fruto despreciable, fue lo suficientemente soberbia como para dejarse seducir por la tentación de reinar.

LA VERDADERA GRANDEZA Y LA POLÍTICA

¿Para qué otra cosa sirve una zarza? ¿Y cómo podría encumbrarse a tal altura, incluso por encima de árboles mucho más nobles, sin un arrebato de soberbia y despotismo? “Si en verdad me elegís por rey, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano”. ¡La zarza, un simple arbusto, amenazando con calcinar, caso de que no aceptaren abrigarse “bajo su sombra”, incluso a los mismísimos cedros del Líbano, tal vez los árboles más majestuosos del mundo! La verdadera grandeza se muestra en el servicio, no en el mando. Y aunque es hermoso guiar e instruir a los hombres, para que sean más felices, son muy pocos los que saben hacerlo con modestia y humanidad. El único fin legítimo del gobierno es la felicidad del pueblo. Si alguien se esmera en guiar a los demás racionalmente, obra movido por un sentimiento justo y consecuente que le convertirá en un buen gobernante, pues sólo él podría desarrollar una política con corazón: “Quien se esfuerza, no en virtud de la razón, sino empujado por la pasión, en que los demás amen lo que él ama, y en que los demás acomoden su vida a la forma de ser de él, actúa solo por impulso, y por ello se hace odioso… Pero quien se esfuerza en guiar a los demás racionalmente, no obra por impulso, sino con humanidad y benignidad, y es del todo consecuente consigo mismo”.

Spinoza, además de lo dicho, ya había observado, en su “Tratado político”, que “la característica de los que mandan es la soberbia”; mucho después, Montesquieu en “El espíritu de las leyes”, consideró que “es una experiencia eterna, que todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él, yendo hasta donde encuentre límites”. De cuya verdad extrajo su famosa conclusión: “Para que no se pueda abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”.

¡Cuánto más seguro sería para todos el “autogobierno”, y no “crear” la necesidad artificial de poder, ni para gobernar ni para ser gobernados! ¡Ojalá amanezca pronto el día en que los hombres comprendan que, incluso a los ojos de la democracia, como dijo Tocqueville, “el gobierno es un mal necesario”! Entretanto, si sabemos lo que nos conviene, distingamos con claridad entre poder y grandeza, entre ansias de mando y espíritu servicial.

Hay razón suficiente para pensar que en ser fiel a su naturaleza íntima y en obrar conforme le dicta su peculiar forma de ser, radica la dicha y la gloria del Hombre. Hasta el que se cree superior a todos y se siente legitimado para cabalgar a lomos de otros hombres, si modera su ambición, podría encontrar su verdadero destino.

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