Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal de Acción Social y Caritativa

El “primero de mayo” tiene una entidad propia, como jornada internacional de los trabajadores, del mundo obrero, por la defensa de sus derechos y hoy más que en otras ocasiones, habría que decir por su derecho al sencillo hecho de poder trabajar. Esta celebración tiene su raíz histórica a principios del siglo XX en la lucha por la jornada laboral  de las ocho horas en la ciudad de Chicago. Paradójica y significativamente en EEUU el primero de mayo no es fiesta del mundo obrero. Pero la generosidad de aquellos anónimos obreros que lucharon por la consecución de una legislación acorde a la dignidad de la persona humana y a los derechos de los trabajadores, es hoy conmemorada en el mundo entero.

Pues bien la Iglesia, por medio del Papa Pío XII, desde el año 1955, cristianizó esta fiesta poniéndola, muy acertadamente bajo el patrocinio de San José, matizando el  aspecto humano de trabajador, de obrero.  

Porque San José fue un auténtico obrero que trabajaba de sol a sol. El evangelio lo describe como “artesano”, palabra que entonces incluía los oficios de carpintero, herrero, albañil, curtidor, tejedor, alfarero, etc. Aunque habitualmente designaba, de un modo especial al que trabajaba la  carpintería. Y así lo ha entendido la tradición cristiana, pues desde el Siglo II algunos comentaristas bíblicos hablaban que el carpintero de Nazaret construía yugos y arados.

Pero, en realidad, no hay prueba decisiva revele con precisión el oficio de San José. Algo puede aclararnos el hecho los datos que dispones sobre el Nazaret del siglo I, una aldea en que las casas o eran simples cuevas excavadas en la roca, o edificaciones construidas con bloques de piedra. En los edificios sólo las puertas eran de madera y muchas casas ni siquiera tenían puerta, sino sólo una  tosca cortina. Apenas existían muebles, el asiento era el suelo y una piedra hacía de mesa.   Por tanto el carpintero del pueblo no debía tener mucho trabajo, salvo  preparar o reparar aperos de labranza, por lo tanto San José se ganaba la vida muy modestamente.

Esto supone  un claro  recordatorio de que Jesús era miembro de la capa social humilde, de la clase trabajadora, de los pobres más exactamente y se hizo copartícipe con las preocupaciones sociales  y la situación de los trabajadores, defendiendo la dignidad de los pobres, de los enfermos, de las mujeres y de los niños.

Desde entonces la solidaridad con los problemas del mundo obrero, especialmente, con los que siendo obreros no encuentran trabajo y con los que trabajando no son respetados en sus derechos  laborales, tiene una entidad teológica y espiritual. Esa solidaridad no es una acción política, como algunos malentienden. Tampoco son preocupaciones meramente sociales y humanas,. Es en realidad, una expresión comprometida de la fe en Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, que se identificó con los pobres y nos desafió diciendo: “lo que hicisteis con cualquiera de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Buen día, la Jornada mundial del trabajo,  para recordarnos que el cristianismo es amor, y que el amor es solidaridad concreta, solidaridad con los pequeños, los humildes, los trabajadores (hoy tantas veces en desempleo, paro, cesantía)… … Y que esta solidaridad es amor cristiano, es caridad, es manifestación de  fe.

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