Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal 

En nuestra sociedad que tanto alardea de democracia –que nadie pone en duda-, se siguen dando, en algunos sectores,  actitudes de intolerancia – o como se dice modernamente de “tolerancia cero”- a los que no comparten las mismas ideas sobre el mundo, el hombre y Dios.  Nos raro todavía escuchar a intolerantes seguir utilizando las palabras “facha” o “rojeras”, según la tendencia a la derecha o a la izquierda, porque es mejor descalificar al adversario político, utilizando palabras que pretendemos que sean insulto,  que aceptar algunas de sus aportaciones que pueden ser positivas.

El problema de la diversidad ideológica que debería plantearse como derecho al respeto, aunque se trate de la exposición ideológica de  minorías, se plantea, sin embargo, por algunos,   como una disidencia nefasta al poder, legítimamente constituido, que no admite formas distintas de construir una sociedad ni otras maneras de vivir ni otras concepciones sobre el hombre y la religión.   

Hago esta reflexión a propósito de una nueva, por algunos llamada confrontación social, cuando es solo diversidad de convicciones morales,  que ha surgido en torno al proyecto de nueva ley sobre despenalización de aborto. Cuando aparece la campaña de la Iglesia en defensa de la vida, enseguida en medios de comunicación se ha rechazado esa propuesta de la Iglesia, aduciendo que no debe meterse en política, como si el tema de la defensa de la vida fuese un tema político y no ético o moral, o se acude a  estereotipos, generalizando los errores de ciertos religiosos, acusados de pederastas, y cuando no a la descalificación de la Iglesia que apoyó al franquismo, aunque eso no tenga nada que ver con el tema en cuestión.(Oído y leído en medios de comunicación).

Hay quienes afirman que la Iglesia lo que quiere es imponer sus doctrina moral a los demás, olvidándose que sólo pueden imponer doctrinas, los que tienen capacidad de legislar y los que manejan los medios de comunicación, creando a su antojo estados de opinión. Pero la Iglesia no tiene poder – a Dios gracias- para imponer, pero nadie debe encadenarle la lengua para exponer.

Pero el como de la intolerancia es cuando se usa de forma despectiva el término “fanático”: calificando a las diversas creencias como fanatismos que impiden el progreso y el avance científico. Los que así opinan y algunos han expresado públicamente, no se si se han dado cuenta de lo peligroso que usar este termino para desautorizar las propuestas de los que no están de acuerdo con su forma de entender el progreso y la investigación científica. Porque usar el fanatismo como arma arrojadiza contra otros, es como arrojar un bumerán, que nos devuelve el golpe.

Si por defender unas creencias y sus exigencias morales, se tilda  a los creyente de fanáticos, ¿no podría decirse otro tanto de los que defienden un progresismo al estilo de Rousseau, cuando escribía:”El Estado les obligará a ser libres”? ¿No serán también muy fanáticos los que sólo ven los aciertos de quienes detentan el poder, coincidente con su ideología, y son incapaces de ver sus errores o equivocaciones y, sin embargo su percepción cambia de sentido cuando los que gobiernan no son de “su cuerda” y todo en ellos  son errores y desaciertos? ¿No les  golpeará también el bumerán del fanatismo como arma arrojadiza, a los que sólo ven por los ojos de la ciencia y sus avances científicos, a costa de lo que sea y de quienes sean?

Ser fanático de unas ideas o creencias no es nada insultante. Defender el derecho a exponer las propias convicciones sociales, políticas o religiosas, no es fanatismo. El fanatismo se da sólo en los ultra-fanáticos, que no son únicamente un sector de hinchas deportivos o de grupos neo-nazis – por poner ejemplos-. Ultra-fanáticos se dan, por supuesto,  en las religiones, cuando hay creyentes que quieren imponer a los demás sus dogmas y mandamientos, pero no están ausentes también entre los simpatizantes de  ideologías políticas, cuando sólo ven por los ojos de sus líderes, o en los defensores de un progresismo nebuloso, que nadie sabe con exactitud lo que es, pero al que todos quieren apuntarse, o los que no tienen más dios que la ciencia a la  que hay que sacrificar todo, incluso la conciencia.

Trabajemos todos por una verdadera sociedad democrática, en las que podamos expresar libremente lo que pensamos y sentimos, sin descalificar a los que no coinciden con esos pensamientos y sentimientos. Y mucho menos con pretendidos insultos, porque el bumerán que arrojamos contra otros, nos dará también a nosotros en plena cabeza pensante.

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