Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

No trato de echar más leña en el fuego al hablar de la crisis. Todos  sabemos que cada día se suman montones de familias - las que hay detrás de cada trabajador en paro o despedido- a la larga lista de la pobreza, sino inminente, remediada por indemnizaciones o subsidios, si en un  futuro cercano, que para algunas familias ya está siendo presente..

El hecho es que nuestras cáritas diocesana y parroquiales han visto aumentada la demanda de ayudas para situaciones de emergencia de primeras necesidades. Los rostros de los que nos solicitan sus ayudas urgentes, no son el retrato que todos tenemos en la mente del pobre pedigüeño, sino que se son personas de las que nunca podría sospecharse que acudieran a esta solicitud. 

Cada uno de los casos, que no son números de una estadística, sino que son perfiles muy concretos de hombres, mujeres y niños, está siendo para los cristianos, o tendría que ser, una nueva llamada apremiante del Señor, que nos dice. “Dadles vosotros de comer”

Hay quienes critican estas acciones caritativas de atención primaria, diciendo que lo que hay que hacer es trabajar por la justicia. Yo no sé si quienes así piensan son o no son creyentes. Pero si entre ellos hay creyentes, deberían recordar es refrán de la sabiduría popular, que dice:  “A Dios rogando y con el mazo dando”.

Es cierto que hay que luchar por una mejor y más justa distribución de los bienes de la tierra y es cierto que a esa lucha tenemos que sumarnos los creyentes. Es cierto que no podemos paliar la justicia con la limosna. Pero mientras haya quien necesita comer o tiene otras necesidades básicas sin cubrir: un techo en que cobijarse, unas medicinas para su enfermedad, una posibilidad de trabajo, una vivienda que pagar, si nosotros  seguimos haciendo tan solo discursos, reflexiones y manifestaciones sobre “otro mundo es posible” y no demos con el mazo directamente a lo más apremiante de nuestros hermanos, los hombres, al que pide pan, todo eso le sonará a música celestial.

La Iglesia tiene, desde hace cientos de años un gran discurso sobre ese otro mundo posible, que es todo el compendio de su Doctrina Social, que entre otras cosas, deja muy claro, que la verdadera crisis, la verdadera carencia en nuestro mundo, es la de los valores humanos y evangélicos. ¿O no son esas carencias la raíz de toda crisis económica?

Una de esas carencias que sería urgente recuperar, en esta situación crítica,  es la del amor o caridad hechas sensibilidad.  Porque nos hemos vuelto indolentes  desde que estamos convencidos que nosotros somos más pobres que ricos. Si nos adoctrinamos a nosotros mismos, día a día, de que somos pobres, resultará  fácil justificación de ausencia total o parcial de solidaridad humana y de caridad cristiana con los más desfavorecidos de nuestra sociedad.  Ante una línea imaginaria divisoria entre los que padecen la extrema pobreza y los grandes magnates de la riqueza, no sentimos ningún pudor en situarnos en un punto cercano a la estrechez de vida.

 

Después de todo- pensamos- nosotros no somos como los que son ricos de verdad. No tenemos coches como los suyos, no tenemos grandes mansiones, no tenemos todos esos adelantos de la técnica instalados en nuestros hogares, etc.

 

Desde ese razonamiento no nos identificamos con esos grandes ricos, que conforman la minoría en nuestro mundo, porque tenemos muy metido en la sesera que no disponemos de mucho dinero y, por lo tanto, si no somos ricos, entonces lógicamente creemos que somos pobres. Más ricos que los indigentes, pero, en conclusión, pobres también. Pero esa conclusión no deja de ser un  engaño, porque si sencillamente examinamos los bienes de que gozamos, nos daremos cuenta de que no somos tan pobre.

 

De todas formas, pobres o ricos, con cestos llenos o con solo cinco panes,  ante la afluencia de los demandan ayudas urgentes, el Señor nos dice “dadles vosotros de comer”. Estar a su lado y ayudarles es criterio de veracidad para saber  si estamos cumpliendo o no  el mandamiento del amor fraterno.

 

No tenemos los cristianos soluciones técnicas, ni políticas, ni siquiera sociales, para esta crisis. Pero, desde la responsabilidad evangélica, y viendo día, a las puertas de nuestras dependencias parroquiales a los más afectados en estos momentos de dificultad, tendríamos que estimular la caridad fraterna, recordando la obligación de compartir los bienes que recibimos del Señor.

 

Pero nunca  nuestra asistencia debe ser excusa para que las autoridades públicas se desentiendan de la gran responsabilidad que les incumbe como primeros responsables de la atención de los más necesitados.

 

Sabemos que nuestras ayudas son parches, pero hay parches para tapar la realidad y los hay también  medicinales.

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