La primera cosa que Dios nos dice sobre el hombre y el mundo es que han sido creados por Él. La creación, por tanto, no es una obra del pasado, sino que se encuentra en permanente recreación desde la experiencia divina del amor sin límites. Bien sabemos que el mayor amor de Dios Padre fue y es el regalo de su Hijo Jesucristo. Nos lo ha dicho San Juan: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo para que tenga la vida eterna” (Jn 3,16). Y esa donación no se ha de entender en el pasado, sino que es una obra actual de Dios. Y la consecuencia es que el mundo de hoy es bueno, como el que salió de sus manos, porque es amado con pasión por el mismo Dios.  Esta convicción hay que proclamarla desde los tejados, para diferenciarnos de los profetas de calamidades que ven al ser humano y la creación en colores ausentes de luz y el mundo como enemigo.

Creer que el mundo, en su originalidad primera, es bueno no es tarea fácil. Otra cosa será el uso que hagamos de la libertad que hemos recibido de Dios como un regalo impagable. Anunciar la bondad del ser humano y la humanidad entera es un acto de fe en Dios Creador y Señor del universo entero y supone una nueva mirada sobre el hombre y las cosas de forma positiva centrando nuestra atención y acción más en el bien que en las cosas que van mal que, por supuesto, hemos de evitar y corregir.

La razón de nuestro optimismo existencial no es otra que la certeza de saber y vivir que Jesús Resucitado nos ha mostrado el rostro de Dios como Padre y que esta experiencia nos hace mirar al mundo y leer los acontecimientos con esperanza. Así podemos leer los signos de la presencia de Dios en millares de gentes que trabajan y se entregan con extrema generosidad en todos los campos de la vida en nombre del Resucitado, en personas que viven en silencio la peregrinación personal del paso de las tinieblas a la luz, en fin, en seguidores de Jesús que han vivido y viven, en definitiva, con generosidad y entrega el Misterio Pascual.

Al afirmar esto estamos diciendo que la situación actual del mundo no es definitiva y, mientras estamos empeñados en la transformación de nuestras vidas y el mundo que nos rodea, Dios quiere  y disfruta viendo que el hombre crece y procura ser feliz. No es Dios quien quiere la situación de tristeza y de muerte que hoy viven tantos millones de personas. Él no puede hacer más ni expresar mejor amor. Envía  a su Hijo para convencer al mundo de su pecado de egoísmo y nos invita a una vida plena y nueva. En efecto, Jesucristo, apenas inicia su ministerio, pone de manifiesto esta misión de anuncio del amor de Dios. No faltarán dificultades. Es evidente la oposición de aquellos que no han descubierto la alegría de vivir. No es fácil anunciar al mundo la experiencia única de la paternidad divina. Hasta sus familiares dirán de Jesucristo que está loco y los responsables de la ley que está endemoniado. (Mc 2, 20-30). Distinta es la acogida de la gente sencilla que sabe de amores y desamores. Ante su mensaje de amor se ponen en pie porque saben leer los signos del amor ya que “los ciegos ven, los mudos hablan, los sordos oyen, los cojos andan... y todos saltan de gozo a su lado” (Lc 4).

¡Sin duda es un reto hoy con lo que está cayendo vivir y anunciar el amor de Dios sin reproches ni acritud! Cuando Jesús cura al hombre de la mano seca no le pregunta qué va a hacer con su mano. El bien y el mal lo deja a su responsabilidad porque Jesucristo no juzga al hombre ni al mundo. Sólo ama sin medida.

En esta Cuaresma del año 2009 y en la próxima Semana Santa, una vez más, hemos de tomar en serio las heridas de nuestro corazón para que viendo dónde y cómo estamos nos convirtamos al amor de Dios y, de este modo, podamos renacer a una vida más humana y plena. Lo demás, incluso en momentos tan difíciles como los actuales, vendrá por añadidura.

 

Manuel Pozo Oller,
Vicario episcopal

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