Esta suele ser la respuesta que, desgraciadamente, muchos hijos oyen de sus padres a los que le han planteado que quieren ser sacerdotes; resulta paradójico, ya que siempre hemos oído que unos padres desean lo mejor para sus hijos. Entonces, ¿es que ser sacerdote hoy no es lo mejor para un chico? Hay que tener claro que resultará lo mejor si ese joven tiene “vocación” para ser sacerdote, igual que otro que tiene vocación para el matrimonio o la chica que se plantea ser religiosa. La clave está en descubrir el plan que Dios tiene para cada persona, ya que toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios, es la historia de la relación entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde. Estos dos aspectos inseparables de la vocación, el don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre, aparecen de manera clara en las palabras con las que el evangelista san Marcos presenta la vocación de los doce: Jesús “subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a él” (3, 13). Por un lado está la decisión absolutamente libre de Jesús y por otro, el “venir” de los doce, o sea, el “seguir” a Jesús. Este es el modelo constante, el elemento imprescindible de toda vocación: la de los profetas, apóstoles, sacerdotes, religiosos, fieles laicos, la de toda persona. Ahora bien, la intervención libre y gratuita de Dios que llama es absolutamente prioritaria, anterior y decisiva; es suya la iniciativa de llamar. Por ejemplo, ésta es la experiencia del profeta Jeremías: “El Señor me habló así: “Antes de formarte en el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré; te constituí profeta de las naciones” (Jr 1, 4-5). Y así nos lo muestra Jesús cuando afirma: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16). Ahora bien, al “ven y sígueme” de Jesús, el joven rico contestó con el rechazo, signo –aunque fuera negativo- de su libertad: “Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes” (Mc 10, 22). Por lo tanto, no puede haber vocaciones si no son libres. De aquí la importancia de que en las familias se ofrezcan las condiciones favorables para el nacimiento de las vocaciones.

El día seis de enero de este año fui ordenado diácono y siempre tendré que agradecer el apoyo que me ha mostrado mi familia; quizás al principio no entendían muy bien mi decisión, tomada después de finalizar mis estudios de Filología Hispánica, pero han comprobado durante mi tiempo en el Seminario que la vida sacerdotal es un camino precioso de felicidad y de realización personal. Cuando uno descubre que Dios te ama y además, que te llama para hacerlo presente en medio del mundo, no puedes acallar esa llamada. Como nos decía tantas veces Juan Pablo II: “Os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!”.

Como cada año, con ocasión de la solemnidad de san José celebramos el Día del Seminario. El lema de este año, con motivo del bimilenario del nacimiento de San Pablo, ha sido el de “Apóstol por gracia de Dios”. Ojalá que muchos jóvenes respondan a la llamada que Dios sigue haciendo hoy al sacerdocio y que  nunca más se tenga que escuchar lo de “Sacerdote, ¡ni hablar!”.

Francisco Jerónimo Ruiz Gea, Diácono.

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