Manuel Antonio Menchón Vicario Episcopal

Entre una minuciosa serie de "obras de misericordia", esas que permitirán al Señor separar las ovejas y cabras, según la parábola sobre el final de los tiempos, se encuentra la de “visitar al enfermo”. Algo tiene de especial valor, para que Jesús así nos lo haya pedido, como una voluntad del Padre.

La visita y, sobre todo, el cuidado de los enfermos es una forma maravillosa de llevar la caricia de Dios a sus hijos sumidos en el dolor de la enfermedad, ternura que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta delicadeza de Dios es fuente de esperanza permanente, aún en esas situaciones en que la vida pierde colorido y se nos muestra de un gris oscuro. Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento angustiado rompe la serenidad ante los acontecimientos de la vida, por muy consolidada que creamos tenerla; sabemos que la enfermedad carcome los cimientos sólidos de las creencias, llegando incluso, frecuentemente, a desmoralizarnos, como si la vida no tuviera ningún sentido ni valor.

La enfermedad es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo. Cuando el cuerpo se va deteriorando y perdiendo fuerzas, cuando el sufrimiento doloroso nos hace incapaces de representar el papel de protagonistas de nuestra historia y nos lleva al lista de los papeles secundarios, es necesaria una presencia amorosa. En esos momentos, para que nuestra historia siga siendo historia viva, buscamos entonces no sólo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de aquellos con quienes nos unen las cuerdas de la fe. Q

ueremos que esos afectos íntimos sigan mostrándonos todo su amor...Y ¿quién más íntimo que el mismo Jesús? El, más que nadie, es capaz de comprendernos y calcular la dureza de nuestra lucha contra el mal y el sufrimiento.

En la Carta a los Hebreos leemos que el Señor tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso”. Su misericordia se manifiesta hoy, a través de nosotros, en la caricia de Dios a los que sufren y a los que luchan, y se sienten empujados de dar la espalda a la vida. En ese tierno gesto está quedamente guardado el ánimo para continuar la lucha contra la dolencia y a favor de la vida. También esa caricia es portadora de una esperanza que nos ayuda a aceptar sin desconfianza ni desengaño dejar este mundo, cuando Dios considere que es el momento más oportuno de que podamos llevarnos la maravillosa sorpresa de verlo cara a cara y de sentirnos abrazados y arrullados por el.

Es cierto que el Señor, se hace hoy visible, audible y palpable a través de nosotros, sus discípulos. Pero él quiso tener una presencia más íntima con los hombres, más de tú a tú, mas directa y sensiblemente cercana, cuando decidió que el pan y el vino eucarísticos fueran su presencia real y no una representación por delegación en otros. Pues esa presencia insustituible es necesaria, de manera muy especial, a los que sufren enfermedades o tienen algún impedimento en sus cuerpos.

Este año, la Campaña mundial de los enfermos, que se inició el pasado día 11, fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, tiene como lema: Creer, celebrar y vivir la Eucaristía” El Señor sabe muy bien que para cada uno, el sufrimiento es siempre un extraño. Su aparición repentina nunca se puede disciplinar. Por eso es difícil de soportar y, más difícil aún ser admitido como un ingrediente más de nuestra vida o una ocasión de manifestar nuestra fe mas profunda. Para poder mantener la fe firme en los momentos de dolor, hay que hacer un largo camino en unión con Cristo Médico. Pero Cristo no es médico al uso común de la medicina. Para curarnos o aliviarnos, para consolarnos y animarnos, Él no nos habla desde fura, sentado en una silla junto a la cama, sino viniendo a alojarse en el corazón de quien está afligido, para hacer suya esa misma enfermedad y vivirla junto con el doliente. Así, por amor de Dios, sus hijos ya no están solos en sus tribulaciones, porque Cristo se hace víctima con ellos.

En este día, en que recordamos de un modo especial a los enfermos, vamos a presentar con todo nuestro cariño ante Jesús a nuestros enfermos, por intercesión de la Virgen de Lourdes, haciendo nuestras las expresiones con que sus contemporáneos le pedían por sus enfermos: “Señor, el que tú amas, está enfermo... “, “Señor, si quieres, puedes curarle... “ Señor, di una Palabra y quedará sano...”

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