Hace unas semanas pudimos seguir la entrega de los Premios Goya a través de la principal cadena pública y, en verdad, es digno de elogio que unos profesionales se reúnan para valorar su trabajo y homenajear a las personas. En este particular, por mi parte, no cabe nada más que la felicitación y enhorabuena a cuantos hacen posibles estos eventos culturales. Al tiempo, como todo en la vida, también en la gala de los premios Goya, hay cosas que son manifiestamente mejorables y que deseamos se subsanen en próximas ediciones.

Sería de desear que en lo sucesivo no se emplee un medio público, financiado con los impuestos de todos los españoles, para provocar, insultar y dividir por motivos de religión y creencias. En efecto, reconociendo sin reservas la libertad de expresión amparada por nuestra Constitución española, no es lo más adecuado hacer uso de la televisión pública para atacar o ridiculizar a quienes no creen o piensan como nosotros. No es propio de un estado democrático estas actuaciones que parecieran más adecuadas a otras latitudes del planeta.

De este modo, no es de extrañar que me impactara escuchar en un medio público al director y al empresario productor de la película “Camino” cuando, ante los invitados allí presentes en la gala y ante millones de televidentes, no se “cortaron un pelo” a la hora de dejar claro en sus intervenciones protocolarias de agradecimiento que el objetivo primero de la película era atacar al Opus Dei disipando con sus palabras directas y autorizadas cualquier otra interpretación más benévola. No merece aprecio quien piensa como el productor Roures que la película es un alegato a la felicidad y señala sin complejos quien se la quita por este señalando por este orden “el matrimonio, los hijos adolescentes y el Opus Dei”. ¡Menudo cacao!

Precisamente acogiéndome a esa misma libertad de expresión que suponemos reivindica Javier Fresser, el director de la película, le contesto reprobando la manipulación sin escrúpulos de un drama familiar con el único fin de atacar al Opus Dei y, en consecuencia, seamos claros y sin tapujos, atacar a toda la Iglesia en su conjunto sin recato ni disimulo. Tampoco se quedó atrás Jordi Dauder, galardonado como mejor actor de reparto, cuando dijo que la película “es una crítica contra los fundamentalismos, muy presentes en nuestro país todavía”. Ellos sabrán las razones por las que así se pronuncian o acaso sus traumas pero no es normal que cada tres frases dos sean para atacar a la Iglesia católica. El asunto es de psiquiatra.

Lo cierto es que so capa de libertad de expresión se pisotea y airea el dolor de una familia ante la enfermedad mortal de una adolescente y se ridiculiza su intimidad usando como método la mala intención y la mentira. No estaría de más que ante estos dictadores del pensamiento único hiciéramos campaña de objeción evitando sus obras y apagando o cambiando de canal la televisión para no financiar su trabajo con nuestras entradas a cines y espectáculos.

La manipulación es mayor en cuanto a la película se le han concedido en la gala a la que hacemos referencia seis estatuillas del Goya cuando bien sabemos que ha sido un fracaso de público y su permanencia en cartelera ha sido fugaz. Una obra millonaria no ha conseguido superar los doscientos mil espectadores cifra ridícula a pesar del patrocinio y subvenciones del Ministerio de Cultura, que también mantenemos todos con nuestros impuestos, y la coproducción de la todopoderosa Televisión Española.

En esta obra de teatro total que son actualmente los premios Goya no extrañan los aplausos ni el tenor de las intervenciones en la gala. Una obra en ruina intenta ser levantada a base de premios y estatuillas. No es extraño este proceder en sociedades como la Academia de Cine que bien podemos definir como Academia de “bombos mutuos” y que ampara a un buen número de titiriteros y saltibamquis iluminados preocupados por la felicidad universal y manifiestamente incoherentes en sus vidas y haciendas. Con cierta guasa escribía estos días Cristina López Schichting que “la tolerancia de los tolerantes es escasita”.

Desde nuestra impotencia ante tanta manipulación no cabe más que la denuncia del engaño, la oración por el eterno descanso de Alexia González Barros, y la oración por los que ofenden creyendo que hacen gracia.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal
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