Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

En nuestra sociedad del bienestar, también en nuestro país, ante las noticias insistentes y su comprobación real sobre una crisis económica, que afecta a la globalidad del planeta, están aflorando, con un mayor énfasis, el miedo, la ansiedad y el estrés.

El miedo a empeorar la situación que hemos disfrutado hasta ahora, la ansiedad que produce no poder tener el control de la situación y no sabe cuándo va a acabar y el estrés que causa no disponer de los recursos precisos que nos permitan dar la cara a este horizonte... Los partidos políticos a su vez echan más leña al fuego, y olvidando, a veces, su responsabilidad sobre la seguridad y bienestar de los ciudadanos de su país, manipulan la situación para acopiar unos míseros tanteos favorables en la intención al voto.

Mientras tanto, a pesar de la crisis, se sigue hablando de la necesidad del progreso, que se entiende, únicamente, como exigencia de multiplicarlo todo. La urgencia de seguir fomentando el consumo, produciendo más y mejores alimentos, acrecentando el capital exageradamente, aumentando el confort de vida. La ciencia ha conseguido realizar el milagro de la multiplicación de los bienes de consumo. Nos podemos enorgullecer de ser capaces de que haya pan y alimentos básicos para todos los seres que habitan el planeta. Pero... algo falla, porque sigue habiendo hambrientos. ¡A lo mejor es que solo sabemos multiplicar y se nos ha olvidado dividir!

A esos hambrientos no les preocupa la crisis actual, les preocupa estar en crisis permanente, por eso no tienen miedo a lo que puedan perder, lo tienen todo perdido...; no tienen la ansiedad ante una situación que no controlan, sólo ansían sobrevivir ellos y los suyos...; no tiene tiempo de sentir estrés ante la falta de recursos, sólo están desesperados y desesperanzados...

Claro que, según las previsiones de futuro, si a nosotros las cosas se nos van a poner mal, para ellos, aunque creamos que ya no se le pueden poner peor, estoy seguro que seremos capaces de hacer el milagro de empeorar lo peor.

En estos días, a los cristianos, la organización “Manos Unidas”, con el lema de este año “Combatir el hambre, proyecto de todos”, nos invita a la reflexión y a la acción concreta y eficaz ante este grave problema de nuestro mundo, no el de la crisis, sino el del hambre, que es la verdadera crisis. La Campaña contra el hambre nos viene a decir que la solución no está sólo en el dinero, tan necesario para solucionar algunos problemas del mundo, sino en la solidaridad, que nosotros llamamos caridad o amor fraterno. Con solo el dinero, comen los que lo tienen. Para que todos coman es necesario compartir lo que hay.

Con demasiada frecuencia confundimos la caridad con un egoísmo vividor. Pensamos que amamos al prójimo simplemente porque no le hacemos nada especialmente malo, aunque luego vivamos despreocupados de todos, movidos únicamente por nuestros propios intereses.

En este mundo donde perecen de hambre millones de seres humanos, los cristianos de los países, aún ricos, tendríamos que vivir avergonzados porque con frecuencia miramos a otro lado, distraídos por nuestros intereses, crisis, ansiedades y estrés, como si el tema no fuera con nosotros... por si nos salpica.

Nosotros solemos decir que no tenemos prácticamente nada con lo que solucionar el problema del hambre; no somos ricos, no tenemos capacidad para influir en las grandes decisiones políticas, no podemos crear puestos de trabajo. Sin embargo, el Señor está dispuesto a hacer milagros de multiplicaciones y, sobre todo, divisiones, con tal de que pongamos simplemente lo poco que tenemos.

La solidaridad, la caridad, significa trabajar para que los que amamos sean felices, y según el evangelio nadie debe quedar excluido de nuestro amor. Y aunque el dinero no es la única solución, también hay que amar con el bolsillo para que el amor no quede reducido a un sentimiento más o menos romántico. No se trata de tranquilizar conciencias con limosnas. El amor cristiano es un amor ­también económicamente ­innovador.

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