Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

La Historia de la Salvación, recogida, en sus raíces,  en la Sagrada Escritura, se puede considerar  la propia historia de Dios, en la que Dios mismo es  el “narrador del relato”.  Después Jesús se encargó de completar esa hermosa historia  de Dios, narrándonos con hechos y palabras quien es ese Dios a quien nadie ha visto, “sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Completada su narración, Jesús prometió, “el Abogado, el Espíritu Santo…, que os traerá a la memoria todo lo que os he dicho” Así el Espíritu Santo viene a  narrar la historia de Jesús a la Iglesia, continuamente, para que nunca olvide sus raíces.

Por tanto, desde la venida del Espíritu la misión de la Iglesia es la de escuchar  al Gran Narrador, al Espíritu Santo, y contar a las gentes lo que ha oído en esa atenta escucha. La Iglesia es, por así decirlo,  la narradora divina de Jesucristo, ya que escucha al Espíritu Santo.

La Iglesia, iluminada por las “lenguas de fuego” del Espíritu, cuenta, a lo largo de los siglos repetidamente  la historia de Jesús Pero relatar esta historia de Jesús es más efectivo si emerge  de la experiencia personal de su encuentro con Jesús del narrador. Ya el Papa Pablo VI nos recordaba en la  Evangelii Nuntiandi, que en este momento histórico  la gente deposita mayor creencia en los testigos que en los maestros.

Los primeros apóstoles, comentaban su experiencia- “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que han contemplado y palpado nuestras manos tocando al Verbo de Vida”.

No puede existir ningún mejor guión para narrar hoy a Jesús, que  una intensa experiencia de encuentro personal con Él en la oración, en el culto, en la proximidad con la gente, especialmente los pobres, y en los acontecimientos que constituyen los “signos de los tiempos."

Un testigo que narra la historia de su encuentro con Jesús no puede y no debe ocultar su identidad eclesial como discípulo del Salvador. La historia de Jesús tiene que ser narrada por los cristianos que están con y entre la gente, No puede haber nunca una auténtica misión hacia la gente sin que ésta sea al mismo tiempo una misión con y entre la gente.

La Iglesia mantiene activamente dinámicamente viva la memoria de Jesús. Proteger dicha memoria no significa, por supuesto,  guardarla bajo llave. Se conserva cuando la hacemos de nuevo nuestra y cuando la compartimos. La historia de Jesús, cuando se atesora como una pieza de museo, no es seductora.

No podemos olvidar que las historias también forman unas comunidades. En la experiencia y memoria compartidas, las comunidades encuentran una afinidad y un valor en común. La memoria común de la historia de Jesús engendrada por el Espíritu Santo debería ser la principal fuente de unidad e identidad en la fe de la Iglesia. Las Escrituras, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, las doctrinas, los rituales y toda la Tradición son modos de relatar constantemente la historia de Jesús para mantener su memoria. Por eso la historia de Jesús que hace que sea una comunidad cristiana es la misma historia que toda la comunidad debe compartir.

Las historias pueden contarse de diversos modos. Así también la historia de Jesús. La Iglesia puede ser creativa a la hora de relatar historia más hermosa del que “pasó haciendo el bien”. La vida de hombres y mujeres santos y de los mártires nos muestra de qué manera está asentada la historia de Jesús en las personas y en las comunidades.  Los hombres y mujeres que se dedican a atender al prójimo, son historias vivas que a las gentes les interesa oír.

Pero, sobre todo, la Iglesia debe ser la narración denunciadora ante el mundo de aquellas historias que se silencian: Los pobres, los refugiados, los inmigrantes, las minorías, las víctimas de diferentes tipos de violencia doméstica, política o étnica no son sino unos pocos de aquéllos cuyas historias son ahogadas en el silencio. Muchos tienen miedo de las historias que relatarán o ¿tienen miedo de oír la verdad y lo que les acusa? La Iglesia relata la historia de Jesús, a cuyas palabras muchos hicieron oídos sordos, y otros sintiéndose denunciado quisieron silenciarlo en la cruz., para que no siguiera contando su historia. De esta manera, la Iglesia será fiel a su Maestro si hace de narradora de los que no tienen voz para que la voz de Jesús pueda oírse en sus historias silenciadas.

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