En estos momentos de la historia en los que tanto se habla de crisis económica y de crisis de valores tenemos que recordarnos los unos a los otros que la aspiración primera del ser humano, aun a pesar de las dificultades, no es otra que la conquista de la felicidad. Con la confianza de que estas líneas puedan ser de ayuda para caminantes les voy a confiar algunas convicciones para esta conquista de la felicidad que ocupa toda nuestra vida.  

La primer convicción para divisar la meta de la felicidad es reconocer que ésta no la encontramos fuera de nosotros sino que tiene su asiento en nuestro interior. Es un engaño distraerse con ocupaciones que no plenifican huyendo de nosotros mismos. Un psiquiatra chileno amigo me decía en una reunión de sacerdotes en Innsbruck que el gran problema del hombre de hoy es que no “escucha sus tripas”. Con el paso del tiempo uno se convence de esta gran verdad. El ruido y la prisa en verdad matan el espíritu y son las mayores causantes de infelicidad y desdicha. Así, con más frecuencia de lo que quisiéramos, nos encontramos con personas crispadas que contagian tensión y nos provocan crispación robándonos la paz.

Esta mirada a nuestro interior se complementa con el ejercicio de la virtud de la humildad y el disfrute de las cosas sencillas. Nadie, y es opinión personal, es más sabio que aquél que sabe convertir lo difícil en fácil y lo complejo en sencillo. Recuerdo con gratitud el pequeño librito del difunto Hermano Rogers de la comunidad ecuménica de Taizé que llevaba por título “Vivir el hoy de Dios” en cuanto era una invitación a vivir centrados en el presente y al tiempo que una invitación al gozo de sentirnos amados por Dios y aquellos que nos quieren bien. Me llama poderosamente la atención las diversas y numerosas ofertas que recibimos a diario desde distintas instancias para encontrar la felicidad y que son síntoma inequívoco de nuestras carencias. El autor sagrado, con menos prisas y menos cosas, antes que la actual ciencia holística, escribió en el salterio su experiencia de hombre reconciliado reconociendo que  “en paz me acuesto y en seguida me duermo” añadiendo la razón de su contento y felicidad, “porque Tú, Señor, estás conmigo”.

Vivir el presente “a tope” no es una invitación de manera alguna a ser indolentes. Todo lo contrario. Nada ayuda más a encontrar la felicidad que saber qué se quiere conseguir en esta vida y, en consecuencia, tener un proyecto personal de vida en los que se cuente como objetivos prioritarios la práctica del bien, la generosidad, el servicio a los demás y el ejercicio del perdón. El hombre egoísta, por definición, no puede ser jamás feliz. Tampoco para este empeño en ser felices no hemos de olvidar de perdonarnos, de tratarnos con ternura, de valorarnos, de ser nosotros nuestros mejores amigos y de aceptarnos como somos sin dejar de aspirar a ser más humanos.

La felicidad se aprende y en esta tarea hemos de entrenarnos físicamente controlando nuestros nervios, aprendiendo a respirar bien, a dormir lo suficiente, a gozar del deporte y de la naturaleza, en definitiva, a sentirnos vivos. También hemos de entrenar nuestra mente y  espíritu en un ejercicio de higiene mental aceptando lo bueno y lo malo de nuestro  pasado sin dejar que el futuro nos agobie y poniendo en forma nuestro corazón para cicatrizar las heridas de la vida.

Es cierto que la felicidad siempre camina de la mano de la verdad. La mentira y la falsedad, antes o después, acabarán por llevarnos a la ruina física y moral. Hemos de disfrutar, sin doblez, cada día de lo que somos y de lo que tenemos, pero sobre todo, hemos de disfrutar sabiendo que con nuestro proyecto de vida y nuestro trabajo contribuimos a que otros sean menos desgraciados o un poco más felices. No perdamos el tiempo tampoco haciendo depender nuestra felicidad de lo que los demás piensen y digan de nosotros.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal
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