Manuel Antonio Menchón Vicario Episcopal

El escritor peruano Mario Vargas Llosa en su obra El lenguaje de la pasión, una selección de artículos, publicados en el diario El país entre los años 1992 y 2000, en su columna Piedra de Toque, nos ofrece su visión y análisis de la agitada sociedad de fin del siglo XX, abordando diversos temas de actualidad, entre ellos, la cuestión de las emigraciones y afirma: “La inmigración se reducirá, cuando los países que la atraen dejen de ser atractivos”.

En nuestra época, no es nada raro ser inmigrante, es decir ser un extranjero, alguien extraño, desconocido, nuevo, diferente, alguien llegado de otro país... Hoy día casi todos los países o tienen migrantes o tienen inmigrantes, no por diferentes, sino por muy parecidas razones. En muchos países, llamados del tercer mundo, el trabajo es escaso o de nula rentabilidad, el hambre arrasa con incontables víctimas, lo que allí progresa es la pobreza, las enfermedades y dolencias se acentúan, la desesperanza y la cruel violencia se expanden y muchos de sus ciudadanos, aunque enamorados de su tierra y de sus gentes y orgullosos de su ascendencia, han tenido que tomar la decisión de buscar la su subsistencia y la de los suyos, convirtiéndose en desterrados, unas veces forzados por las situaciones políticas de su patria y otras de forma voluntaria, lo que les convierte en inmigrantes.

Siempre, en la historia de la humanidad, ha habido migraciones motivadas por hambrunas, guerras o persecuciones. Así ha continuado las gentes, en mayor o menor grado, emigrando según las circunstancias.

En nuestro tiempo, aunque existen, trágicamente, bastantes casos de inmigración forzada por causas políticas, ésta suele estar amparada por acuerdos sobre refugiados políticos entre gobiernos. Pero no así tanto, la emigración motivada por el hambre y la miseria. Para la que las leyes se esfuerzan en buscar, cada vez más, normativas restrictivas.

Es cierto que muchos inmigrantes llegan a Occidente, ofuscados por un espejismo paradisíaco, que choca a la postre con dolorosas experiencias: separación de la familia ­uno de las cálices más amargos de la emigración­, oferta de trabajos despreciados por los autóctonos, los que la consiguen, ser percibidos como ciudadanos de segunda categoría, ser culpables del incremento de la delincuencia, ser considerados como ladrones de unos trabajos y unos espacios que pertenecen a los autóctonos. Con ese panorama se encuentran, no todos, pero si bastantes de los que arriesgan su vida y su pobre hacienda, atravesando los mares cercanos o lejanos, a la búsqueda de ese falso edén o huyendo para salvar la vida o la libertad.

También es verdad que en todas partes, hay personas sensibles y honestas que atienden con afecto a los emigrantes con un trato respetuoso y los ayudan materialmente, cuando es necesario. A las pruebas me remito en nuestra misma tierra de Almería, pero es una lástima que este grupo de ciudadanos no coincida con la totalidad.

La Jornada que la Iglesia dedica este domingo a la reflexión sobre las Migraciones, tiene como lema “En tiempo de crisis, comunidades fraternas”. Y es que da la impresión que el sabio escritor peruano, escribió aquella frase con una visión profética. Porque la crisis económica está consiguiendo que los países de Occidente dejen de ser ya tan atractivos y está siendo, a su vez, causa de un mayor sufrimiento para los inmigrantes, que son los primeros en quedarse sin trabajo y que no tienen aquí el consuelo y la ayuda de sus familias.

Por eso este lema nos invita a los cristianos a ser esa familia de la que carecen y que cada una de nuestras comunidades sea un hogar que ofrezca, si no puede otra cosa, cariño y cercanía a estos hermanos más desfavorecidos, intentado hacer visible así ese anuncio gozoso del Reino de Dios, que John Lennon, sin saber que era esa esperanza la que ponía en su canción “Imagine”, cantaba: “ Mi propio sueño político es el de un mundo en el que las fronteras entren en un irreversible proceso de declinación, que a todos los pasaportes se los coman las polillas...”. Es otra forma de decir la expresión evangélica: “...porque era extranjero y me acogisteis”

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