La diócesis de Almería en Consejo diocesano de Pastoral presidido por nuestro Obispo el pasado día 27 de diciembre estudió la situación de los jóvenes en el momento actual. Éste no es un tema fácil ni las soluciones están al alcance de la mano. Mi reflexión en este artículo se deja llevar de la mano de los estudios recientes de la sociología descriptiva en un intento de comprender para acompañar a los jóvenes cristianos en su crecimiento armónico e integral.

Observo en la juventud actual un deseo grande de libertad («Be free»). Desde siempre, la juventud ha simbolizado el ímpetu de la libertad, pero también es cierto que los jóvenes de hoy ofrecen una característica peculiar de la que no podemos “pasar”: han nacido y crecido en la democracia, (los que nacieron en 1975 tienen ya 33 años). No conocen otro horizonte político ni otro entorno cultural. y como, además, viven sin las penurias económicas de décadas pasadas, su libertad implica también la posibilidad de ejercer el consumo con bastante eficiencia. Valoran profundamente la libertad, hasta el punto de no poder imaginar una vida en la que ella esté ausente.

La ambigüedad en el modo juvenil de situarse ante la libertad es clara: una libertad a la carta, sin compromisos estables y desvinculada, en muchos casos, del bien común. Una libertad-de, pero no una libertad-para. Una libertad sin proyecto propio, víctima fácil de todo tipo de manipulación. Pero el reto está ahí. Nunca la Iglesia podrá acercarse a los jóvenes si no mira de frente sus ansias de libertad, aunque necesariamente sea para purificarlas y hacerlas más auténticas, encarnadas y radicales. A este propósito recuerdo un conocido, al tiempo demoledor, chiste de Forges, en el que un joven reflexiona en solitario: «Soy libre... puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red de telefonía que me time; el informador que me desinforme y la opción política que me desilusione. Insisto: soy libre».

Otro valor esencial de nuestra juventud actual es el deseo de tener experiencias («puenting»). Romper el aburrimiento, hacer algo, vivir lo instintivo, hacer caso a los impulsos inmediatos, disfrutar, no tener que dar razones para hacer lo que me apetece. Todo eso es un valor hoy para los jóvenes por mucho que a los adultos nos pueda desconcertar o molestar. Ahí están los deportes de riesgo o de aventura, la pluralidad de experiencias, el interés por experiencias religiosas diferentes, los nuevos juegos animados por ordenador.

Alguien ha dicho que la juventud actual no se orienta por brújula, sino por radar. Es decir, que no tiene un norte fijo al que seguir, sino que más bien experimenta distintas cosas, prueba, recibe estímulos diversos y, a partir de ahí, intenta sacar sus propias conclusiones provisionales para seguir avanzando. Podrá gustar más o menos, pero es un dato incontestable que está ahí y que no debemos olvidar. Y es, además, un reto permanente para la Iglesia, que deberá ofrecer a los jóvenes algo que experimentar y no meramente ideas, historias pasadas o buenos deseos.

Obviamente, este hecho tiene también unas consecuencias dramáticas para los propios jóvenes, pues al verse sometidos aun nivel tal de excitación (sobreexcitación), encuentran cada vez más difícil acceder a alguna experiencia gratificante. La dinámica de buscar experiencias siempre nuevas y cada vez más llamativas corre veloz, de la mano acechante del desencanto. Ahí tenemos otro desafío para hacer personas libres y responsables.

Quizá el símbolo juvenil por excelencia de este momento sea el teléfono móvil («Connecting people»). Desde siempre los adolescentes y jóvenes se han mandado mensajes en el colegio a espaldas de los profesores. Pero, con la ayuda de la técnica, la cosa ahora es mucho más eficaz: se ofrece al joven la oportunidad de estar conectado con sus amigos, de mandarles un mensaje, de «darles un toque» que, como sabemos, aunque el contenido sea en sí insustancial, lo importante es la sensación de saberse conectados.

En medio del anonimato y de la soledad, el teléfono móvil, las macrofiestas, Internet, el correo electrónico, los conciertos de música y, especialmente, los macrofestivales, el botellón o los programas interactivos de televisión ofrecen otras tantas oportunidades de encontrarse con otros que son iguales, de sentirse acompañado, de experimentar vínculos aunque sólo sean virtuales.

Después de esta breve descripción del mundo juvenil concluyo que si necesaria y útil es la reflexión sobre los jóvenes desde todos los campos del saber es prioritario en la acción pastoral dejar hablar a los jóvenes para que éstos verdaderamente sean los constructores de su historia personal y colectiva. Un reto para el mundo de los adultos.

ManuelPozo Oller
Vicario Episcopal
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