Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal

El poeta granadino Luis Rosales, titulaba uno de sus poemas: “La espera forma parte de la alegría”. La frase viene que ni pintada, para este tiempo litúrgico que estamos viviendo – o deberíamos estarlo- los cristianos. Estamos en tiempo de “espera” y por lo tanto debemos estar en tiempo de alegría.

Muchos pensarán que no hace falta insistir en esto del tiempo de la alegría, pues nos esperan unos días festivos, que precisamente se caracterizan por ser de los más alegres del año. El problema, por lo tanto,  no es la alegría en sí, sino el motivo de esa alegría.

El poeta se refiere a  la “espera” de la mujer amada. Y para  nosotros... ¿cuál es la espera?

Yo diría que para nosotros la espera es vislumbrar ya la sonrisa de Dios, porque la sonrisa  nos muestra el rostro fidedigno de la alegría.

Hay muchos cristianos que necesitan cambiar su imaginación acerca de la personalidad de Dios. Creen que El es un Dios gruñón y regañón, cascarrabias y enjuiciador. Pero ya desde antiguo, el profeta Sofonías decía que Dios se alegra de contento por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo,  como en los días de fiesta”. ¿Qué hará Dios en Navidad? Estará sonriendo fuertemente con alegría, por que si, como afirma del Papa Benedicto XVI “cada niño que nace nos trae la sonrisa de Dios y nos invita a reconocer que la vida es un don suyo”, cuanto más sonreirá Dios en ese “Niño” que es la alegría para la humanidad; porque la sonrisa del Niño de Belén es la verdadera sonrisa de Dios.

Pero Dios no solamente sonríe en los labios y el rostro de su Hijo-Niño, sino que nos muestra también su alegría a través de la Madre. Virgilio, el gran poeta latino, dice que el “niño comienza a conocer a su madre por la sonrisa”. Si saberlo el poeta anunciaba proféticamente que la sonrisa de Dios es también  la sonrisa de María, una vez que ella aceptó convertirse en la Madre de su Hijo, proporcionándole su cuerpo necesario para realizar en los hombres y para los hombres la gran promesa de Dios: traer la verdadera alegría al mundo, porque somos nosotros, los seres humanos, el gran motivo de la alegría y felicidad de Dios, porque somos  su obra maestra, su poema, su gozo... Dios se goza y regocija al vernos cada día y cada noche. Dios sonríe por nosotros en el Niño, en María y en José, en los pastores y Magos,  porque es un Dios feliz, alegre y así, cada uno de nosotros, somos también –o  podemos ser-  la sonrisa de Dios

Pero el Niño y sus padres no solo reflejan la alegría, la sonrisa de Dios, sino que – en palabra inventada por Juan Ramón Jiménez- también sonllora. No son cosas opuestas, el Niño ríe y llora, María y José se alegran y lloran, porque la alegría también se baña de lágrimas. Sonrisas y lágrimas en Belén salvan a los hombres de la tragedia de perder las razones para la alegría.

Hay lágrimas en nosotros y en nuestro mundo que no son de júbilo, pero  por encima de las contradicciones y del dolor, la alegría  verdadera perdura en quienes se  han encontrado con Dios, como el cántico alegre de María: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra  en Dios, mi Salvador”

Como nuestro Dios, como el Niño de Belén y sus padres, quien sabe sonreír, sabe sonllorar, también, cuando las lágrimas son amargas. Pero sin olvidar que desde la alegría de Belén, el llanto amargo de los hombres se reduce a un gesto pasajero, porque nunca, para el creyente,  estalla  la tragedia,  sino un simple drama esperanzado, porque la alegría habita dentro, en el espacio interior, cuna de los grandes sentimientos.

En la cueva de Belén resaltará una vez más  la sonrisa. No es posible entrar allí de otra manera. O se cruza el porche sonriendo o no se entra. El Niño es una encanto, tanto si duerme sonriente como si se aferra a su Madre, llorando de frío. José, el hombre fiel, y María, las mujer creyente, sonríen. Los Ángeles cantan, los pastores caminan contentos, lo Magos vienen con la esperanza optimista de encontrar al Niño.

Este año, una vez más, en Belén nos espera a todos un regalo maravilloso, que se ofrece gratuita y generosamente, y que brota, precisamente, del amor y de la paz,; es un regalo gratuito de Dios, para que nosotros lo trasplantemos a los demás; es la sonrisa de Dios.  

La sonrisa es un regalo barato, aunque no sea época de crisis. No cuesta nada y produce mucho; no nos empobrece cuando lo damos  y sí  enriquece a quienes lo reciben; puede que no dure  más que un instante, pero  su recuerdo perdura eternamente. Nadie es tan rico que pueda vivir sin ella, y nadie tan pobre que no la merezca.

Este gesto tan sencillo, de verdadera alegría y de amor, puede ser también un hermoso regalo de Navidad. ¡Sonríe, descubre a los demás que ellos también son la causa de la alegría de Dios!

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