En estos días pasados he leído en una hoja informativa de la vecina diócesis de Málaga que una asociación humanista americana ha decidido gastarse 40.000 dólares para desacralizar la Navidad. La noticia me ha traído a la memoria las tesis que defienden en nuestro país instituciones como la Liga española de educación popular, la Fundación CIVES o la más cercana Andalucía laica. No es momento ahora de exponer y rebatir sus tesis pero si de afirmar que este fenómeno relativamente nuevo tiene un carácter universal con el objetivo claro de “desacralizar” la sociedad. La página web de Andalucía laica, al menos hace un tiempo, proponía a sus lectores cincuenta cosas sencillas para avanzar en el laicismo entre las que incluía, entre otros asuntos, “ir confeccionando un calendario laicista” o “promover en los colegios una reinterpretación laica de las fiestas”. En consecuencia, reconociendo expresamente las dificultades para erradicar una fiesta tan popular y arraigada como la Navidad, proponen ir, poco a poco, cambiando la mentalidad con el cambio de denominación introduciendo  nuevos valores. Así la Navidad quedaría con el paso del tiempo sólo como una fiesta familiar entrañable o como una exaltación de los valores ecológicos y naturales con la fiesta del sol invicto que vuelve cíclicamente a recuperar su juventud y vigor primero.

Esta situación de rechazo evidente de la fe y la cultura cristiana, por otra parte descarada y abierta, debe despertar en los católicos, la necesidad de volver al Evangelio, a la práctica de la fe y, por qué no decirlo, a recuperar la importancia de los signos externos que, aunque denodados en estas últimas décadas en aras de una búsqueda de mayor autenticidad, son en la actualidad muy necesarios en la civilización de la imagen en la que nos hallamos.

Un signo sencillo que visualiza la alegría cristiana por el nacimiento de Jesucristo viene siendo en estos últimos años la colocación en los balcones de una banderola con la imagen del niño Jesús. La Navidad pasada pudimos ver muchos balcones adornados de esta manera y este año esperamos que esta iniciativa se difunda aún más. Prácticamente todas las parroquias de la diócesis ofrecen la posibilidad de adquirir la colgadura que, además de ser bella, nos ayuda a recuperar el único espíritu de la Navidad llenado de color nuestras calles y plazas.

Otro signo sencillo de la Navidad es el tradicional y franciscano belén que debe ocupar lugar privilegiado en nuestro hogar en estas fechas y que una ocasión espléndida para implicar en su construcción a toda la familia y, de manera especial a los adultos, al tiempo que facilita de manera espontánea una buena catequesis a los niños y jóvenes respondiendo a las preguntas que van surgiendo en la tarea común de recreación de las bellas páginas evangélicas. En efecto, la preparación y construcción del belén son ocasión para responder a preguntas como ¿quiénes son María y José?, ¿quién es el niño que nace?, ¿por qué nació en Belén, fuera de su casa como tantos otros de ayer y de hoy?, ¿por qué no acogieron a la Sagrada Familia cuando buscaban casa y cobijo?, ¿por qué le adoran ángeles, reyes y pastores?

Construir el belén también supone recrear a los personajes que tenemos en figura poniéndole nombres de actualidad. Así, ¿quiénes son los que cierran hoy las puertas a sus semejantes?, ¿quién es Herodes hoy?,  ¿quién iría hoy a adorar?, ¿por qué los que viven fuera de la ciudad son los primeros en acudir para atender a los necesitados? El primer belén fue un acontecimiento que levantó la esperanza de los pobres, la persecución de los poderosos, el olvido y desinterés de los cultos.

En consecuencia, dada la importancia de los signos que visualizan nuestra fe, no debemos permanecer pasivos ante los que tratan de convertir la Navidad en la fiesta del consumo o del solsticio de invierno “descafeinando” el misterio de la Navidad. Ahora que las calles se visten de árboles y bombillas, muchas veces con nula referencia a la celebración del nacimiento de Jesús, les invito cordialmente a completar la decoración de nuestras calles y casas con la imagen del niño Jesús hermoseando cada balcón y a “poner el belén” en nuestro hogar. Estos pequeños signos, sin duda, nos ayudarán a vivir la Navidad que no es otra cosa que la acogida en el portal de nuestro corazón al Hijo de Dios y a los hombres nuestros hermanos.

Manuel Pozo Oller,
Vicario Episcopal
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