Manuel Antonio Menchón Vicario Episcopal

Este treinta de Noviembre es el primer día del año. Sí, así como suena. No se trata de un cambio en el calendario oficial, se trata de otro tipo de año, que es el año litúrgico de los cristianos. Si un año es el tiempo que tarda la tierra en girar en torno al sol, nuestro año litúrgico gira, sin embargo, en torno a dos luminarias: la luz que iluminó de esperanza a la humanidad en la noche de Belén y la luz que sorprendió con optimismo a la humanidad en la mañana de la resurrección.

Pues este domingo comenzamos a girar en torno a la primera luz. Es el tiempo de Adviento. Este comienzo de año no estará en los medios de comunicación, porque se entiende que para la sociedad esto no es noticia, pero nosotros, los cristianos, que hemos entrado en un tiempo que huele a esperanza. Una vez más la esperanza puesta en la venida del Señor a este desastre que en hemos transformado el mundo los hombres, donde la esperanza sólo anida, o debe anidar, en los corazones de de los creyentes.

Pero la verdad, triste verdad del Adviento, es que este tiempo esperanzador, no termina en la fiesta de la luz de Belén, sino que para muchos –también muchos cristianos-, la luminosidad que esperan es la del metal del día veintidós, el día de la lotería. Acabado el sorteo, contemplamos en las imágenes la mayoría, como una minoría cree que se han cumplido todas sus esperanzas. Y no digamos este año en que la crisis ha hecho que muchos confíen sus sueños a un golpe de suerte, por eso se ve a tanta gente buscando en las administraciones el número de la fortuna. La crisis ha disparado las ventas de lotería hasta en un 25%, según los últimos sondeos. Una compra que ilusiona a muchos que sueñan con mejorar su futuro. Las cosas andan mal y -quien más, quien menos-todos andamos a la cuarta pregunta y esperamos la mágica solución de un “gordo” que nos saque de apuros.

Pero poner la esperanza en el azar es saber de antemano que tenemos muy pocas probabilidades de que se cumplan los sueños y las ilusiones, de que el dinero nos llene la vida de seguridad; es confundir la esperanza con la suerte. O, lo que es peor, volcarse en los sorteos de los juegos de azar y olvidarse que la esperanza no es una rifa, ni una suerte para unos pocos, por mucha lluvia de millones que anuncien, que ni moja ni empapa la vida de todos los hombres, sino que deja a la mayoría otra vez desilusionada y desesperanzada hasta el próximo sorteo.

Curiosamente al sorteo de lotería, después del de Navidad, le llaman el “sorteo del Niño”, como si el niño de Belén fuese también un premio, solo para algunos. ¡Qué manera de deformar la suerte de la humanidad! Porque la gran suerte que hemos tenido es que Dios – y con en el Niño nos lo recuerda-, ha derramado sobre la humanidad una lluvia de premios para todos. El primero el “premio gordo” de la vida. Desde aquel día en que la mano de Dios sacó la bolita de nuestra existencia, el simple hecho de vivir es el premio más maravilloso. Lo triste es que haya mucha gente todavía no se ha tomado la pequeña molestia para examinar si en esa lista de premiados están su nombre y apellidos.

Y, ¿qué decir del segundo premio de este sorteo, que es el premio del amor?

El amor es un gratificación doble, diríamos que nos toca el número y la serie: la posibilidad de amar y la de ser amado.

Estos premios están ahí y son un regalo, un regalo que se repite cada día, y que nos recuerda, de un modo especial, el Niño que vino a vivir y a vivir amando. Esta lotería no se rifa el día veintidós de Diciembre, ni siquiera el día veinticinco, fiesta de la Navidad. Esa fiesta es sólo para decirnos que Dios, en Jesucristo, está metido en las entrañas de nuestra vida y de nuestra historia y que cada día, sin pasar uno y para dar oportunidades a todos, abre su administración de regalos. Estos “premios gordos”, seguramente no resuelven la crisis ni nos ofrecen la oportunidad de abultar las cuentas corrientes. Pero si que dan fuerza para resolver problemas y para aparcar las ambiciones. Lo asombroso es que no hay cola ante la administración de Dios.. Este sorteo tiene, además, muchos reintegros. Hay una buena “pedrea” . Entre otros: el premio de la verdadera esperanza: Sin la que estaríamos condenados al desaliento y viviendo un fatalismo inmóvil.

Y luego está el premio de la fe. La gran suerte de creer en ALGUIEN. O, por lo menos, creer en algo, que merezca la pena: la solidaridad, la paz, la justicia..., pues todo esto termina por llevarnos a ese ALGUIEN, que es la verdadera luz que ilumina el camino del hombre, y que sigue encendiendo esperanza donde sólo hay desesperanza.

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