Manuel Antonio Mechón Vicario Episcopal

El juez malagueño Carlos Divar fue nombrado por unanimidad Presidente el Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, por votación unánime de los vocales, aunque se sabe que previamente había un consenso político entre PSOE y PP. No entro ahora a hacerme eco del tema en discusión sobre la independencia del poder judicial, que algunos consideran mermada por esa injerencia de los partidos políticos del gobierno y la oposición.

Mi reflexión, al hilo del nombramiento de este Magistrado, es sobre el hecho de que en algunos periódicos, incluso en portada, y desde la asociación de Jueces para la Democracia y parte de algunos de los vocales progresistas recientemente nombrados al mismo CGPJ, se ha criticado que este Magistrado sea una persona con convicciones religiosas, como si creer, y especialmente creer con convicción, le hiciera menos apto para el cargo Así sin más. Y dan a entender que por tener tales convicciones se encuentra en un supuesto de incompatibilidad profesional para el ejercicio de un cargo público, el que sea. Lo que de ser cierto, también serían incompatibles para estos cargos los ateos, porque si piensan que las creencias influyen en las decisiones del magistrado, porque no pueden influir en otro magistrado su increencia. O ¿es que las creencias son partidistas y las increencias son neutras? En el supuesto que hubiera contradicción entre su ser creyente y su actuación como juez, el mismo Carlos Divar, responde en una entrevista en el semanario ALBA, ”Yo tengo que actuar conforme a mi conciencia. No puedo dejar de creer por tener un cargo público. Mi vida es una unidad. Antes de abandonar a Dios, abandonaría mi trabajo, sin hacer ningún ruido.” Pero lo que más nos interesa a los creyentes es lo que nos dice a la constatación de que hay personajes públicos y no tan públicos a los que les da vergüenza hablar de Dios: “Dios está tanto en mi vida pública como en la privada y yo no puedo renunciar a Él ni en una ni en otra. Jesús dijo: “Quien se avergüence de mí yo me avergonzaré de él delante de mi Padre[...] Además, ¿cómo voy a avergonzarme de Aquel al que amo sobre todas las cosas?” Nos están demás estas palabras para muchos cristianos, porque no es raro en esta sociedad en que en ocasiones nos podemos acomplejar y sentir vergüenza de lo que somos. Ya se encargan de hacérnoslo sentir buen número de los que salen, hablan o escriben en los medios de comunicación, en los que se nos mira como representantes de un mundo en vías de extinción, se nos incrimina de los trances turbios de la historia de la Iglesia, se nos difama de intolerantes, y así repetidamente de una manera cansina. Pero, lo que es peor, hay otras ocasiones en puede vencernos el miedo. Aquí y ahora, en nuestro país no estamos ciertamente ante ninguna amenaza de persecución física, aunque no faltan voces hostiles contra la Iglesia o contra los cristianos; pero sabemos bien que otros hermanos nuestros han pasado en otro tiempo y pasan ahora por situaciones de verdadero riesgo, lo que sigue sucediendo hoy en otros lugares del planeta: muerte encarnizada de misioneros y misioneras en territorios marcados la violencia; atentados contra cristianos reunidos en los templos, actos de sabotaje contra edificios cristianos. Creo que a todos los cristianos nos gustaría ser más valientes, pero somos espíritu mezclado con barro quebradizo, y nos inmoviliza demasiado el miedo. Dicen que los primeros pilotos aéreos que trataron de atravesar la barrera del sonido perdieron la vida

porque, al tener la impresión de topar con una superficie dura, de chocar contra una montaña, les sobrevino la reacción natural de frenar. Hubo uno más intrépido que, en lugar de frenar, aceleró, y pasó. Es una intrepidez que quizá necesitamos aprender. El miedo es, claro está, un aviso que nos advierte de un peligro cercano; pero no puede erigirse en el propietario de nuestra existencia, porque entonces no sólo nos somete como cautivos, sino que además nos despoja del mismo bien que mas deseamos cuidar, nuestra propia vida y nunca daríamos un paso, en la vida, para realizar aquellas cosas que dignifican nuestra realidad humana, lo que la hace verdaderamente valiosa y la convierte también en fuente de gozo, como puede ser la fe. La actitud de Carlos Divar, es reflejo de la puesta en práctica del consejo evangélico: “No tengáis miedo”. No tener miedo para el creyente no en creer que se nos está prometiendo que no me pasará nada desagradable, o de que si algo malo nos sucede, Dios nos sacará “las castañas del fuego”. Se trata de una certeza que permanece cabal en medio de las peligros. Dios no es la garantía de que todo va a ir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso.

Pin It

728x90ES2

BANNER02

728x90