Son un signo de identidad que emociona, no hay Iglesia que no lo luzca con más o menos belleza, con más o menos campanas, todas ellas repicando en los momentos oportunos para transmitirnos los distintos sentimientos de cada día y momentos que viven o se preparan para vivir los habitantes de nuestros pueblos.

Y son signo de identidad porque todos ellos están sustentados sobre una lglesia que lo muestra orgullosa, lo luce diría yo y sirve para mostrarnos la religiosidad de todos los pueblos y rincones de las distintas ciudades por muy antiguas o modernas que estas sean. No hay nada más que hacer un viaje en tren, para ir contemplando por la ventanilla como lo primero que se ve de un asentamiento poblacional es ese campanario que como un reto emerge por encima de sus casas. De esta forma hacen de testigos de lo que va sucediendo, o se adelantan para indicarnos lo que va a suceder. No son solo una parte de la obra arquitectónica, es algo más vivo, son un testimonio, un testigo y el centro de la vida en los momentos más importantes y trascendentes de la historia de nuestros pueblos.

Los Campanarios de nuestras Iglesias nos hablan, comunican y transmiten con su toque la gloria de lo que la comunidad celebra, o la tristeza cuando celebra la oración por un difunto que ha marchado llamado por el Padre. Otras veces nos llama con sus tres toques para anunciarnos como debemos ir preparándonos para participar en la Santa Misa. No hay hombre de Campo, de esos viejos cristianos, que no sepan interpretar estos toques, y así, saben cuando tocan a gloria, ha muerto o son llamados para celebrar algo grandioso.

Son también los que indican donde está la Iglesia, porque sabemos bien que donde hay un campanario hay una Iglesia que acoge, acompaña y ayuda. Una comunidad que se preocupa, y dirigida por su Párroco, desarrolla la labor pastoral de formación, apoyada en el conocimiento del evangelio, una Comunidad que prepara y ofrece el poder recibir los sacramentos; donde surgen los grupos pastorales de voluntarios que llevan consuelo a enfermos y necesitados, un lugar donde el que tiene da y el que necesita recibe para salir de una situación de inestabilidad, que ayuda al forastero también, al inmigrante en esta tierra nuestra y en este momento y una comunidad que comparte y que desea vivir siendo su meta Cristo y el cumplimiento de sus mandamientos; donde se vive la Fe, la Esperanza y el Amor. Una comunidad que reza, ora y sabe estar en la presencia del Santísimo.

Estamos viviendo momentos duros de fuerte crisis, esta la sufren, sobre todo, los que tienen una economía más modesta… son los primeros en sentir el zarpazo del paro…Quienes lo sufren saben que bajo el campanario hay una Iglesia, que los acoge y unos cristianos que son los que forman la comunidad Parroquial con su párroco a la cabeza, a la que pueden acudir con confianza. Cuando vean un campanario, recuerden que hay una Iglesia que es un lugar para orar, para visitar al Santísimo, en todas ellas está Dios esperándonos para que nos acerquemos a hablar con Él, que eso es orar, para acercarnos a recibirlo. Tanto en momentos tristes o dolorosos como en los felices con quien mejor podemos compartirlos es con Él. No lo dejemos solo, una sociedad que lo abandona no va por buen camino, no lo olvidemos, allí nos espera el Padre de todos.

Fdo. María Cassinello

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