Hoy, día 19 de octubre, celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (Domund), jornada que venimos celebrando en la Iglesia desde el año 1926, y que esta vez nos aparece enmarcada por dos acontecimientos que actualmente se están celebrando en la Iglesia universal cuales son el XII Sínodo ordinario de obispos que reflexiona sobre la palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia y el año jubilar paulino, con motivo de la celebración de los dos mil años del nacimiento del apóstol de los gentiles.

En su tradicional mensaje del Domund, el Papa afirma que “la humanidad sufre y espera la verdadera libertad, espera un mundo diferente, mejor; espera la redención”. Y añade un poco más adelante: “Ante este escenario nos preguntamos con preocupación: ¿qué será de la humanidad y de la creación?, ¿hay esperanza para el futuro, o mejor, hay futuro para la humanidad?”. En efecto, nuestro mundo, hastiado de tantas guerras y sufrimientos, de tantos atentados a la vida y al medio ambiente; dominado por la economía, el poder y la explotación de los más pobres por los más ricos, ansía una palabra de libertad, de justicia y de esperanza. Según el Papa, la respuesta se encuentra en el Evangelio, que es Palabra de Vida que viene de Dios. Los misioneros, por su carisma y su vocación, anunciadores de la palabra de Dios, muchas veces a costa de sus propias vidas, están gritando a la humanidad que hay lugar para la esperanza, que Dios no ha dejado a la deriva a las criaturas y al mundo que salieron de sus manos. El testimonio de San Pablo, primer gran misionero en la historia de la Iglesia, sigue siendo hoy un modelo de imitación para todos los bautizados cuanto más para aquellos que dejándolo todo son heraldos del Evangelio.

En estos días llegan a nuestras manos y leemos en la prensa datos sobre nuestra aportación a la obra misionera de la Iglesia y se nos ofrece el resumen ingente de acciones que se están llevando a cabo. El año pasado, nuestra Iglesia española, envió casi 19 millones de euros a las misiones, de los que algo más de la mitad fueron destinados a África, seguida de América y Asia. Fuimos el segundo país en aportaciones a las Obras Misionales Pontificias después de Estados Unidos con la insustituible aportación humana de cerca de dieciocho mil misioneros prestos a la evangelización y a la promoción y el desarrollo humano impulsando innumerables obras sociales y educativas. La memoria del pasado año en nuestra Diócesis recoge que la aportación en la campaña del Domund fue de 184.865,83 euros lo que equivale a que cada almeriense colaboró con una media de unos 3,50 euros, cifra que no está mal si se compara con la media española que no llega a un euro.

La campaña misionera de este año nos insiste en la necesaria vocación para ser testigo del Evangelio en momentos donde nuevas concepciones de la vida pareciera que han sofocado el ardor misionero en aras de un sincretismo religioso donde todo vale. Como Pablo hemos de seguir exclamando en la actualidad: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! La pasión por el Evangelio y su anuncio, a la postre, consiste de manera prioritaria en seguir los dictados y la dinámica del mismo amor que por esencia necesita ser comunicado y compartido.

Por suerte he conocido la actividad misionera en África e Iberoamérica y puedo dar testimonio de lo que he visto y oído. Hace ahora ocho años celebré la Santa Misa en El Cairo con unos quince mil refugiados y esclavos sudaneses en un campo de fútbol de un humilde colegio de los PP. Combonianos. La mayoría de los presentes eran jóvenes, por mucho que nos extrañe a los ciudadanos de occidente, comprados en los mercados de esclavos del Sudán. Es indescriptible la experiencia pero puedo dar testimonio del impacto que produjo en mi vida. Al finalizar el día pleno de trabajos y fuertes emociones, en torno a una frugal cena, hablamos del trabajo educativo que desarrollaba la comunidad en un colegio de titularidad católica en el que más del 90% de los alumnos eran musulmanes. En aquel clima de intimidad me atreví a preguntar al anciano P. Comboniano que presidía la mesa qué podría hacer al regreso a España para ayudar a aquellas gentes. Después de un silencio eterno, propio del sabio que ha tenido que responder muchas veces a esta pregunta de gentes que van de paso, me contestó: “haga usted bien en su parroquia la campaña del domingo mundial de las Misiones”. Desde entonces, de manera especial, intento actuar de acuerdo con aquella voluntad. A través de estas líneas, invito a los lectores a rezar por los misioneros y a ofrecer vuestros sacrificios y limosnas para que Jesucristo, el único salvador, sea conocido y amado.

MANUEL POZO OLLER, Vicario episcopal

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