Manuel Antonio Menchón
Vicario Episcopal de acción socio-caritativa

El religioso de los Hermanos de la Salle, Pedro Arrambide, ha recibido este año el premio a la persona cooperante del país Vasco, por su labor de promoción humana en el campo de la agricultura y su dedicación al cuidado de los enfermos de SIDA, especialmente en Eritrea.

Por supuesto que nos alegramos por este reconocimiento de la sociedad vasca a uno de sus hijos que está dedicando toda su vida al servicio de los más empobrecidos de la tierra.

Pero en ese reconocimiento, no hay ninguna mención – y así parece debe ser en una sociedad aconfesional- a su labor evangelizadora. Arrambide ha  trabajado desde PROYDE, una ONG, fundada por él mismo y de forma incansable por convertir la acción social y de promoción de la justicia de los misioneros en una verdadera cooperación al desarrollo con una raíz cristiana. El mismo afirma en una entrevista: “Lo que a mí me ata no es tanto Eritrea, ni otros países en concreto. Me ata la fe en Cristo y el servicio a los pobres”. Y más adelante añade: “La miseria en sí es una llamada de Dios a trabajar en favor de los pobres, no en favor de la miseria, que no es ninguna virtud… Yo creo que la misma eucaristía, el compartir el pan eucarístico, tiene poca razón de ser si no se comparte el pan de cada día con los hermanos. No somos una religión de ritos, de inciensos, sino, como bien ha dicho el Papa Benedicto XVI, «Dios es amor», y nosotros tenemos que encarnar este amor de Dios hacia los pobres. Esa es, a mi modo de ver, la verdadera evangelización”.

Creo que las acertadas palabras de este creyente, definen el perfil de lo que es un misionero cristiano. La acción del misionero no es el proselitismo, como algunos creen, sino manifestar el amor de Dios, manifestado en Jesucristo, a todos los hombres de todos los pueblos.

Esa es la diferencia entre un cooperante y un misionero. El misionero puede ser  y de hecho en la mayoría de los casos es un cooperante, pero no todo cooperante es misionero.

Las dos tareas son encomiables. La voluntad de entregar una parte  o toda la vida a los demás., intentando  cambiar las estructuras injustas y poniéndose del lado de los que más padecen, trabajar unos meses que otros dedican al ocio de las vacaciones, o por unos años o  durante toda la vida en esos países olvidados de la sociedad del bienestar, es una hermosa lección que nos dan los cerca de 15.500 españoles que despliegan diversas tareas de servicio a los pobres en África, América y Asia. En esta cifra están incluidos,  por supuesto, los cooperantes, que podríamos llamar profesionales como a los misioneros.

En esa tarea está la similitud entre cooperantes y misioneros. Pero hay también diferencias sobre las motivaciones que tienen cada uno para arriesgarse en es hermosa empresa.

La Asociación Profesional de Cooperantes  de España (APC)entiende por cooperante profesional a toda persona de nacionalidad española que trabaja en tareas de cooperación al desarrollo o ayuda humanitaria en Países Receptores de Ayuda”. Pero además deja claramente expresado que no pueden ser considerados “aquellos que trabajan en cooperación comercial o cultural, ni a los religiosos misioneros u otros expatriados que realizan funciones parcial o completamente diferentes de las de cooperación al desarrollo o de ayuda humanitaria”. Lo que no me parece justo, puesto que hoy día los misioneros también entrarían en la definición de cooperantes.

La única y gran diferencia entre unos y otros viene dada porque los misioneros realizan  un doble servicio: es cierto que promueven y colaboran en tareas de promoción, pero además se sienten enviados por el Señor, que dijo “Id al mundo entero y proclamad el evangelio”, a cumplir con esa misión evangelizadora. 

Este hecho provoca ciertas  críticas acaloradas en algunos sectores llamados progresistas, que confunden la misión evangelizadora con el proselitismo.

Tanto un colectivo como otro son dignos de nuestra admiración. O, mejor aún, de nuestra ayuda. Pero nunca las creyentes que llevan a cabo una labor misionera se merecen la minusvaloración o el desdeño por parte de sectores de la sociedad secularizadores o aconfesionales. No olvidemos además que los misioneros son muchos más que los cooperantes profesionales en número y están más extendidos por el mundo.

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