A los seis días de su nacimiento recibió las aguas bautismales en la Iglesia Parroquial de santa Cruz de su alpujarreño pueblo natal. Criado piadosamente por su familia, que se mantenía por el trabajo de guardia de su padre, ingresó en el Seminario de Almería en 1909.

El Obispo don Vicente Casanova y Marzol le cobró gran afecto y pasó a vivir en el Palacio Episcopal como paje. En la capilla de san Indalecio de la Catedral almeriense fue ordenado presbítero el veintiocho de febrero de 1920. Desde entonces impartió clases en el Seminario. En 1923 fue nombrado Coadjutor de la Parroquia del Sagrario de Almería y, cuatro años después, el Rey don Alfonso XIII lo nombró Beneficiado de la Catedral de la Encarnación de Almería. Durante el Sínodo Diocesano de 1929 ejerció de Notario.

El presbítero don José Sirvent Marín escribió: «Martín era de buen carácter abierto y expansivo, buen amigo, caritativo y devotísimo de la Santísima Virgen. Yo lo quería con toda mi alma y sentí grandemente su martirio. Era alto, huesudo y lleno de carnes, color blanco, de andares ligeros y viriles, habla bronca y siempre risueño, el labio de abajo partido por cicatriz, no usaba gafas y era bien parecido, de cara y frente anchas.»

El veintidós de julio de 1936, a pesar de la violencia de la Persecución Religiosa, no dudó en presentarse en el Colegio de la Salle para salvar el Santísimo. Ante los milicianos, que lo maltrataron, se identificó como capellán. El primero de septiembre un miliciano, al que otras veces había ayudado el siervo de Dios, se presentó de malos modos en su hogar y lo registró por dos horas. Finalmente, fue detenido y sufrió prisión en Comisaría y en el barco Astoy Mendi.

Al quejarse por la fuerza con que lo amarraban, uno de sus verdugos le espetó: «No te preocupes, que es para poco tiempo.» Poco después lo llevaron al pozo de la Lagarta y murió mártir a los cuarenta y un años de edad.